188. Mercedes Molina en Gualaquiza

La viuda de Lorenzo Molina había tomado el estado religioso con el nombre de Sor Juana María y en 1866 llamó a su sobrina Mercedes de Jesús para que la ayudara a administrar una casa para niños huérfanos que tenía funcionando en su hogar de la calle Chimborazo entre Clemente Ballen y Diez de Agosto.

Mercedes contaba 39 años de edad y ayudó a su tía política en la dirección de dicha Casa de Beneficencia, en esas labores fue secundada por Francisca Vera de Ron,  noble y abnegada dama babieca a quien la posteridad ha olvidado y que falleció a principios de siglo en casa de sus deudos los Elizalde Vera; vida de sacrificios, que colmaba el tiempo de ambas mujeres, proporcionándoles la paz y alegría que tanto habían deseado sus corazones: Contemplación interior y servicio a la comunidad. Parecía que nada nublaba el panorama espiritual de ambas cuando el Padre García, que conocía de sus sacrificios, mandó recado escrito al Padre Segura, confesor de Sor Mercedes, en que la solicitaba para la Misión del Río Gualaquiza en nuestro oriente, donde tenía urgencia de profesoras para trabajar con los indios jíbaros de la región, que se mantenían independientes y rebeldes a todo contacto.

El día de la partida las huerfanitas de la Casa lloraron amargamente pero fueron consoladas por Mercedes con dulces palabras. Francisca Vera de Ron contaba que ella había sido una de las consoladas, con las siguientes frases: «Panchita, cuando Dios pide un sacrificio y se conoce la voluntad divina, se lo ha de hacer con gusto y alegría y si conociera que su voluntad es que me quedase, lo haría con el mayor agrado …»

GUALAQUIZA

La Misión del Río Gualaquiza se fundó a instancias de un modesto sacerdote español llamado Fray Antonio José Prieto, quien, deseoso de colonizar y evangelizar la región, se estableció a principios del Siglo XIX en tan inhóspitos parajes, descubriendo las ruinas de la Ciudad de  Logroño, fundada por los conquistadores en el Siglo XVI y desbastada por los jíbaros poco tiempo después. En tales trabajos el Padre Prieto fue ayudado por el Dr. José Ignacio de Cortázar y Requena, Obispo de Cuenca,  que lo auxilió con vituallas y hombres; pero, todo esfuerzo resultó vano, tragándose la selva sus trabajos y fue necesario que transcurrieran 50 años para que los Padres de la Compañía de Jesús se interesaran en el asunto, merced a repetidas súplicas del I y II Concilios Lateranenses Quitenses.

Hacia 1869 tres honestos y sacrificados pioneros habían refundado la Misión; se trataba de los Padres Domingo García – Bovo y Luis Pozzi, Italianos, y del Hermano Coadjutor Ramón García, ecuatoriano y hacia esos inhóspitos parajes se encaminó Mercedes Molina, quijote femenino de nuestra historia, decidida a pacificar a indios que ni siquiera conocía, sólo por el afán de convertirlos a la región de Cristo y una vez llegada en unión de dos huérfanas ayudantes, se instaló en una chocita que les tenían preparada y empezó a desempeñarse en la durísima tarea que el destino le ofrecía. Entenderse con indios salvajes no es labor de principiantes, pero ningún pan es duro y merced a las buenas maneras, un mundo de paciencia y algunos regalos, pobres pero atractivos, que habían llevado, pudo convencer a algunos. Pocos días después y previo el correspondiente bautizo comenzó la instrucción de la jibaría.

La Misión se componía por dicha época de seis soldados armados y un oficial de baja graduación que los comandaba, 15 jíbaros del sexo masculino, 21 del femenino y 32 niños. Las tribus de los alrededores se podían calificar de amistosas, eran de los ríos Chicano, Zamora, Pachicosa y Pachucuma, afluentes del Gualaquiza. La de Pachucuma, la más numerosa, estaba asentada cerca del famoso Pongo de Manseriche -pequeñas cascadas de aguas turbulentas donde dice la tradición que se hundieron las dos barcazas llenas de botín que traía de regreso a Sevilla de Oro el famosísimo Capitán Juan de Salinas- allí habitaban unos 400 jíbaros, las otras tres tribus eran menores y su población de ambos sexos no pasaba de 60 miembros cada. Todas muy celosas de su independencia y por la falta de caminos y lo tupido de la selva no tenían contacto entre sí, aunque estaban en guerra con los jíbaros del río Napo.

Pocos meses pudo permanecer Mercedes al frente de la escuelita que había fundado para los jíbaros. A mediados de 1872 y cuando la labor estaba rindiendo sus primeros frutos una terrible epidemia de viruela empezó a diezmar a los colonos de Gualaquiza haciendo fácil presa de los indios que no tenían defensas naturales contra la enfermedad. El Obispo Remigio Estevez de Toral, de la Diócesis de Cuenca, sabedor del peligro en que se hallaba Gualaquiza, ordenó sin pérdida de tiempo que los pobladores se trasladen a Cuenca, donde podrían curarse con mayor facilidad.

PRIMEROS AÑOS DE LA ROSA DEL GUAYAS

Mercedes Molina nació en 1828 en Baba. Su hogar no era pobre en bienes de fortuna, pues poseía las comodidades necesarias para vivir con arreglo a la decencia y a la posición social que ocupaban. La desgracia, que nunca deja de acechar, vino a ponerle crespones de luto pocos meses después y a causa de repentina enfermedad moría el jefe de la familia dejando a sus hijos en la orfandad. Trasladados a Guayaquil, donde la vida era menos ruda que en el campo, la viuda compró solar y casa frente a la Iglesia de San Alejo en el Barrio del Conchero.

Tres eran los hermanos Molina y Ayala: Miguel, el mayor, fue agricultor, poseyó la hacienda «La Delicia», fue Síndico de la Iglesia de Yaguachi y falleció de avanzada edad el 4 de mayo de 1898. En su juventud tuvo una hija llamada Delfina Adriana de la que no se conocen mayores datos y luego contrajo nupcias con Gregoria Coronado, sin descendencia.

María, la segunda, falleció en Guayaquil en 1900; primero casó con Francisco Xavier del Castillo y luego con el Dr. Juan de Dios Castro. Con numerosos descendientes de estos dos matrimonios y de otra unión que también tuvo.

PRIMEROS AVATARES

Mercedes de Jesús crecía al cuidado de su madre que le enseñó lo concerniente a su sexo y condición. Entendía de bordado, costura y cocina, sabía leer y escribir, algo de gramática, las 4 reglas de aritmética, religión, urbanidad y sanas costumbres, sin descuidar la higiene. Era la época en que las mujeres solo aspiraban a ser hacendosas y serviciales.

La madre tampoco debía durar mucho en este mundo pues falleció en Guayaquil en 1837 dejando a sus hijos al cuidado de una hermana. Con este motivo los huérfanos y la tía Ayala regresaron a Baba donde ella vivía, pues solo había venido a Guayaquil a acompañar a la enferma.

Hacia 1844 Mercedes decidió volver a la ciudad, tenía 16 años cumplidos y una recia personalidad fraguada en la soledad y el dolor. Era toda una señorita y quería ver mundo y gentes. Con tal motivo escribió a Rosalía Aguirre de Olmos, señora muy amiga de la casa, para que la recibiera en su domicilio de Guayaquil. Vivieron cinco años en compañía y durante ese lapso Mercedes fue activa, diligente y dio ejemplo de conducta a los demás.

En 1849 y casi de 21 años abandonó a Doña Rosalía para vivir con su hermana María, que había comprado casa en la calle Chile, entre las de Clemente Ballen y 10 de Agosto, donde después se hospedarían dos flores de santidad: Narcisa de Jesús Martillo Moran y Jesús Caballero, vivían en el cañón del edificio; el vulgo, que raras veces se equivoca, decía que era «La casa de las Beatas».

Hacia1849 Mercedes era una «bella y gentil damita» de21 años y cómo su virtud se apreciaba y su familia también, no le faltaban pretendientes que aspiraban su mano y uno de los Aguirre acercóse a la casa con halagos y promesas y fue bien recibido. En tal trance Mercedes iba a aceptarlo cuando sintió el llamado que la alejaba del matrimonio, sufrió una crisis moral y decidió abandonar el mundo de gala que la rodeaba para servir únicamente a Dios. Eso le sucedió un día cuando arrodillada frente a un crucifijo de madera que tenía en su dormitorio, “vio” en trance místico “la candente mirada de Cristo que la incitaba al sacrificio de su persona».

Estaba en tal indecisión cuando tuvo que viajar a la hacienda materna por asuntos de negocios. Allí le ocurrió la segunda experiencia mística de su vida; pues en unión de su hermana y de la señora que iba a ser su suegra, cabalgaban junto a otras damas por las orillas del río y en un instante cayó al suelo sufriendo la rotura del brazo izquierdo. Largos fueron los días de convalecencia en cama y en esas horas de tedio hizo varios exámenes de conciencia y resolvió romper su compromiso ante las miraditas maliciosas de sus amigas que imaginaban otros motivos.

Sola y sin compromiso Mercedes optó por recluirse en un alejado cuarto de la casa .del que solo salía a oír misa. Su tiempo lo dedicaba a sus sobrinitas las Vergara Molina, hijas de Ramón Vergara y de su hermana María. Una de ellas: Virginia, entrará en Cuenca a la orden del Carmelo y recién falleció hace poco.

Mercedes sufría ardientes arrebatos de misticismo y hasta dicen que después su cuerpo se suspendía en el aire emanando una luz embriagadora. Tenía continuas visiones y éxtasis que la alejaban del mundo y de la agitación política que reinaba en el ambiente ecuatoriano. Recibía diariamente la comunión y sus pasos eran guiados por sacerdotes como el Canónigo Pedro Pablo Carbó y Briones, al que abandonó porque la trataba con suma delicadeza sin permitirle hacer penitencias rigurosas, luego tuvo al Padre Vicente Pastor que al poco tiempo viajó a cumplir funciones a Cuenca, después pasó a cargo del Padre Amadeo Millán y por último trató como confesor y guía espiritual al Padre Domingo García Bovo, de la Orden de los Jesuitas.

Por aquel tiempo Mercedes se sentía tan ligada a Jesús que empezó a usar su nombre unido al de ella. Mercedes de Jesús fue el resultado. Una niña contaba que a pedido de Mercedes tuvo que grabar (tatuar propiamente) en medio del pecho desnudo de la Sierva de Dios, el santo nombre del Salvador y que la aguja que le rasgaba las carnes producíale tal dolor, que no se explica cómo soportaba la experiencia.

El tatuaje le duró toda la vida porque fue hecho con tinta de la China y ha pasado a ser el distintivo de la Congregación que fundó en Riobamba, dedicada al servicio de la niñez por medio de la educación y bajo la advocación de la primera santa ecuatoriana: Mariana de Jesús Paredes y Flores.

También practicaba ciertas costumbres hoy en desuso y que los modernos estudios de psiquiatría mencionan como estados primarios en las neurosis avanzadas. El caso era que, cuando se encontraba en la soledad de su cuarto, se infligía terribles tormentos, pero dejemos que ella misma nos refiera este capítulo de su vida: «Yo Mercedes del Corazón de Jesús, sometiéndome a la obediencia de mi Director P. García, practicaré lo siguiente:  Domingo, usaré dos cilicios en  los muslos;  Lues,dos cilicios en las piernas; Martes, dos cilicios en los brazos. Miércoles, dos en las piernas; Jueves, dos cilicios en la cintura; Viernes dos en los pies, dos en los brazos; Sábado, dos silicios en los brazos. Estos cilicios diarios los usaré desde que me levante hasta que me acueste. En las horas de oración en la casa, aumentaré los siguientes: Domingo, en las rodillas; Lunes, una corona en la cabeza; Martes, en las corvas; Miércoles, en las caderas; Jueves, en los muslos; Viernes, una cruz de cuido en la espalda, una corona en la cabeza, y la oración de la tarde la haré media hora crucificada. Primero disciplina, en todo el cuerpo, además de la corona y cruz usaré un silicio en las caderas que llegue hasta los muslos; en las manos, unos clavos y guantes que abracen por dentro y fuera. Para ir a comulgar añadiré los silicios siguientes: Domingo, en la cintura; Lunes, una chaquetilla con tachuelas. Martes, en las piernas; Miércoles, en los brazos; Jueves, unas pulseras; Viernes, las chaquetillas, silicios en los brazos y en los pies; los primeros Viernes, una túnica de jerga con tachuelas; Sábado, el de las cadenas. Dormiré: Los Viernes, en filos de tabla; los Lunes, con la túnica de jerga con tachuelas, los demás días, en el duro suelo. Tendré disciplina de sangre todos los días».

También sufría de tentaciones y súbitos accesos de locura que ella atribuía al cerco con que la mantenía en constante agitación el demonio. El Padre Fajardo, autor de una muy completa biografía de Mercedes, explica estas situaciones con ejemplos históricos de otras almas que sufrieron iguales tentaciones para terminar afirmando que Mercedes también fue una Santa; pero, esos arrebatos de tontería o confusión en nada menguaban la bondad de su alma y su fervoroso deseo de servicio; pues, por aquellos días de juventud, era ejemplarizador el denuedo con que atendía a las huérfanas de la ciudad.

Mas, el feroz dictador,,mirándole seriamente, le dijo que conque se llamara García a secas era suficiente, lo cual fue aceptado por el sumiso jesuita, que desde ese día pas6 a ser conocido en toda la ciudad con el nombre de Domingo García, pero el caso se supo enseguida y se presto a risas. El cura de San Alejo, queriendo hacerle una gentileza le invito a cantar la primera misa en su parroquia y demás está decir que ese día se llenó el templo de beatas y curiosos, entre los que se mezclaron algunos mozalbetes malcriados y divertidos. I cuando el padre García salió de la Sacristía al altar, paróse delante de la concurrencia y cantó con entonación gregoriana «Dominus Vobiscum», siendo respondido a gritos con un «Que el culo te peñizco», también con la misma entonación. Entonces no faltaron los buenos que se exasperaron con dicha falta de respeto y hasta amenazaron con sus bastones a los malcriados, que callaron. El sacerdote como que algo notó de raro y muy amoscado siguió cantando su misa hasta llegar a la parte final donde volvió a gritar: «Amen», siendo coreado con un estrepitoso: «Nos cagamos en Ud. también» con igual cantito, pero a gritos. Allí se armé Troya y comenzaron a llover golpes y mojicones, así como algunos sombrillazos de las beatas presentes, pues jamás se había presenciado un acto de tal malacrianza, que hasta rayaba en sacrilegio, según apunto un Canonista dias después. A consecuencia de ello el padre García se recluyó a aprender el español rápidamente y solo dio misa en el templo de San José, que por ser propio de los jesuita,creyó mas tranquilo y seguro.