160. Nos llegó la peste, sálvese el que pueda (1842)

Las estadísticas criollas demostraban a finales de 1842 que los varones de edad mediana eran los más atacados, bajando el índice de enfermedad en las mujeres, ancianos y niños. Ahora se sabe que el agente transmisor del mal es el mosquito que incuba sus huevos en las aguas pantanosas y estancadas, alimentando a sus larvas por espacio de algunos meses hasta el arribo de las lluvias que les obliga a salir y succionar sangre entre las 6 y 9 de la noche justamente a la hora en que transitaban hombres de edad mediana.

En diciembre los muertos ya eran tres mil sólo en Guayaquil y muchas familias emigraban a los pueblos de los alrededores llevando sin querer el contagio. Lo asombroso es que en la sierra pocos se enfermaban y si esto ocurría les daba con tal benignidad que sanaban en menos de siete días.

Los empleados públicos de Guayaquil dejaron las oficinas y algunos se tomaron el trabajo de excusar su inasistencia con esquelas corteses y mentirosas, cada carta más falsa que la anterior. Rocafuerte, no era lelo y multaba a diestra y siniestra, amenazando a unos y conminando a otros para que regresen, pero pocos le obedecían y fueron los que ayudaron a conservar el orden. En cambio, otros, como mi tatarabuelo Mariano Pérez de la Rúa, casado con Carmen Antepara y Bejarano prima hermana de Rocafuerte, aceptó ser Jefe de Rondines de la Calle del Senado y hacía sus guardias a caballo hasta la madrugada, pero por dicha causa se apestó y falleció el 9 de octubre de 1.842.

En Quito y en Cuenca las gentes realizaron erogaciones, los miembros del clero de la capital presididos por el Arzobispo Nicolás Joaquín de Arteta y Calisto. Los empleados y obreros de la Casa de la Moneda donaron un día de sueldos dando ejemplo al resto de la República. Flores también contribuyó y ordenó a los Gobernadores de Provincia que abrieran suscripciones públicas para auxiliar a los apestados. Francisca Cernadas de Santa Cruz. ex-primera dama de la Confederación peruano-boliviana, que residía provisionalmente en Quito, erogó ocho pesos.

En noviembre la fiebre siguió como en octubre diezmando personas con igual intensidad. Mataba un promedio de cuarenta y cinco por día. Se habilitó un nuevo hospital en la Cárcel Pública y los médicos ya no sabían qué hacer para atender tantos febricitantes. El 8 de ese mes falleció el Dr. Ramón María Bravo en plena faena profesional. El 24 lo acompañó a la tumba el querido galeno Dr. Juan María Bernal. Después de la peste el Concejo guayaquileño ordenó que sobre su lápida se grabara: «Director del Hospital de la Caridad, falleció gloriosamente en servicio de su patria. Por su piedad es acreedor a la memoria eterna».

LOS SINTOMAS

Alineados en doble fila y a los lados del corredor central de cada sala del hospital, se hallaban acomodados en colchones los enfermos. Unos estaban en período inicial del mal, sudorosos y febriles, la piel áspera se tornaba a veces reseca y con un color rojizo característico en esta etapa. La respiración fatigosa y los ojos inyectados y lacrimosos y casi cerrados por el dolor que se experimenta cuando abiertos. Hay angustia y el cuerpo se contrae con escalofríos. Otros ya han pasado esa etapa y se encuentran peor —si esto es posible— El vientre hinchado y adolorido, la lengua tumefacta y enrojecida, así como el resto de la cara, que ha adquirido un color violáceo. Los peores han sido colocados al fondo; están amarillos por el derrame interno de bilis, el rostro tiene la mirada perdida y posiblemente quizá ya no haya conciencia en esos organismos marchitos que despiden un «ay» de vez en cuando. A veces deliran por la fiebre y entonces se convierten en seres peligrosos porque atacan a los presentes y gritan sin cesar. Al final, en el décimo día, puede presentarse el fatídico vómito prieto que por lo general no perdona; pero si no viene, el enfermo mejorará paulatinamente hasta salir del hospital, al mes, más flaco y cansado que nunca y tendrá que sobrealimentarse dos o tres meses con dietas blandas para caminar normalmente.

El vómito prieto es mal oliente y dicen que al que le cae encima una gota siquiera, también contrae la enfermedad, lo cual no es verdad. Sólo unos cuantos espíritus superiores se atreven a limpiar los pisos, recogiendo tal inmundicia en baldes que luego echarán al río. El vómito está compuesto de sangre digerida y bilis. El Dr. José Mascote contó en sus Memorias que de más de cuatro mil apestados que trató en Guayaquil, sólo veinte y dos se salvaron tras sufrir el mortal vómito, quedando algunos inválidos y otros muy desmejorados para el resto de la vida, con escalofríos intermitentes y pérdida parcial de los sentidos.

NUEVAS DEFUNCIONES EN LA REINA VICTORIA

Mientras estos trágicos sucesos ocurrían, el «Reina Victoria» permanecía en Puna a buen recaudo de la ira de los guayaquileños. El 3 de abril de 1843, cuando la peste estaba desapareciendo, zarpó con rumbo a Tumaco y en alta mar, con fecha 11, enfermó el marinero inglés Thomas Toppan y murió, siendo su cadáver arrojado al mar.

Las autoridades colombianas le impidieron el arribo y fue a cuarentena; a poco enfermó y murió un pasajero llamado Robert Davis y también fue arrojado al mar. En este estado de cosas, el bergantín — que había cambiado nuevamente de nombre llamándose ahora «Empresa»— se hizo a la mar y se presentó el tercer caso, esta vez el Práctico, de posible procedencia nacional, que falleció trágicamente según relata el Capitán Mr. Hazard, ya que atacado de accesos furiosos sembró el pánico por la cubierta de la embarcación y cayó de cabeza al fondo de la bodega, muriendo de contado. Sacado su cadáver con la columna vertebral rota y los ojos salidos por la fuerza del impacto, fue a parar al océano frente a las costas de Esmeraldas. Entonces el Capitán optó por regresar a Puna Vieja y envió una comunicación al Gobernador de Guayaquil y ahí permaneció la nave por espacio de algunas semanas, ¿Qué se hizo al fin? es posible que continuara su viaje al norte con otro nombre para desembarcar a su numerosa tripulación.

No se había vuelto a repetir otra peste tan maligna en Guayaquil pues los estragos ocasionados por la bubónica a principios del siglo XX – 1.907-1.908 –  no fueron comparables a los de la fiebre amarilla y en cuanto a la llamada peste blanca o tuberculosis, endémica en el litoral hasta el advenimiento de los antibióticos en 1.947, nunca alcanzó la calidad de pandemia;  pero como nada es definitivo ahora se está viviendo la infección mundial del terrorífico Coronavirus ¿Provocada en experimentos en los laboratorios o por los  consumidores de murciélagos infectados? Nunca se sabrá a ciencia cierta a menos que China quiera decir la verdad.