16. Los Caballeros Incas

En 1.533 Atahualpa se encontraba prisionero de sus captores en Cajamarca y después que éstos habían recibido parte del tesoro ofrecido por su rescate se convirtió en un estorbo. Los conquistadores temían su ira si lo liberaban, así es que decidieron sacrificarlo. Al comunicarle la inicua sentencia de muerte, con lágrimas en los ojos les preguntó el Inca en qué había delinquido él, sus mujeres o sus hijos y por supuesto nadie le pudo responder.

La sentencia debía cumplirse en la hoguera, muerte por fuego, por ser hereje o no bautizado, lo cual no se acostumbraba entre los Incas del antiguo Perú que creían que el espíritu del sol transmitido de padres a hijos desde Manco Cápac y Mama Ocllo, escapaba del cuerpo del Inca difunto al tocar la tierra con su cabeza y solo entonces iba posesionarse en el heredero.

Esto no lo sabían los españoles y al ser requeridos por Atahualpa con el bautizo, optaron por concederle esta gracia y cambiaron la sentencia de muerte por asfixia pues ya no sería hereje, mediante la aplicación del llamado garrote vil. De esta sutil manera se preservó la divinidad de los Incas a sus descendientes.

En sus momentos finales, colocado de pie teniendo a sus espaldas un tronco de madera que tenía una soga o dogal a la altura del cuello. Se cree que estaba desnudo para mayor afrenta y al aplicarle por la nuca el garrote vil o máquina que desnucaba a la víctima moviendo una palanca de hierro, el Inca tuvo tiempo para tratar de sujetar la cuerda enrollada a su cuello que accionaba una soga, en su desesperación manoteó con tanta fuerza que se arañó el rostro, sangró por esas heridas y se le saltaron los ojos. Todo un macabro espectáculo tuvo pues una muerte horrible, propia de esos atrasados tiempos. Al día siguiente del suplicio se esparció la mala nueva.

          En Cajamarca los orejones y las mujeres lloraron tendidos en el suelo, las ropas desgarradas y los cabellos sueltos en señal de luto. Pizarro había decidido avanzar al Cusco con sus cuatrocientos ochenta castellanos, perros, caballos, corazas, mosquetes, culebrinas y se movilizó haciendo el mayor ruido posible como signo de poder pues dejaba atrás a los del bando quiteño e iba a enfrentar a los del cusco. Con él iba también varios guerreros de Arahualpa, el recio Calicuchima recostado en hamaca dorada y sobre los hombros de sus faquines y un joven de no más de quince años, de aspecto tonto yesmirriado llamado Toparca, de los últimos hijos de Huayna Cápac, a quien Pizarro – por esas razones – acababa de proclamar Inca, imponiéndole las insignias de su rango para continuar con la ficción y evitar una confrontación armada, que le hubiera sido desastrosa.

Primero atravesaron la provincia de Huamachuco y llegaron a Andamarca donde sostuvieron las primeras guazabarasen plena serranía. En Jauja el pobrecillo de Toparca murió a manos de sus súbditos, que no quisieron reconocerlo y le asesinaron.  Así y todo, la marcha continuó. Poco después supieron que el indómito Quisquís los esperaba con sus hombres para tomar venganza por lo de Atahualpa y decidieron desprenderse de Calicuchima al que hicieron arder en las llamas pues ya no lo necesitaban y prosiguieron su camino para encontrar al ejército de Quisquís. En el interim recibieron la sorpresa de saber que otro hijo de Huayna Cápac, llamado Manco, había resuelto pasarse a los cristianos, al saber que su medio hermano Túpac Hualpa había sido envenenado por Calicuchima.

Este nuevo personaje – Manco Inca – a veces parecía tímido y en otras audaz, era dúctil y político. Pizarro pensó que podría ser utilizado mientras no constituyera un peligro.

En esas cavilaciones se encontraba   cuando se enteró que los soldados de Quisquís habían regresado al Cusco y estaban desvalijando templos y palacios de sus planchas de oro y plata y que existía el pillaje por toda esa región; entonces ordenó a Hernando de Soto avanzar a marchas forzadas, y acompañado por Manco Inca ocupó la vieja capital que encontró parcialmente destruida y “en medio de un silencio solemne, apenas turbado por el vuelo de ciertas aves nocturnas y agoreras.”

 “I vinieron días de quietud, de transformación de templos del sol en iglesias del Cristo, los indios de los contornos “dejaban hacer como bestias perezosas incapaces de reaccionar.”

Mientras tanto se había fundado la ciudad de los Reyes, actual capital de Perú, a la vera del pequeñito río Rimac o Limac, donde Pizarro colocó el llauto imperial en la frente de Manco, que ha pasado a la historia con los nombres de Manco Inca II, a quien mandó al Cusco para que gobierne sobre unos cuantos de sus vasallos bien cuidado por soldados españoles que no le dejarían obrar en libertad. 

Ni bien llegado a la capital imperial andina Manco Inca II comenzó a conspirar y hasta se fugó por tres veces, siendo aprendido otras tantas y puesto en prisión, pero como no era tonto logró convencer a Hernando Pizarro que sólo él sabía el sitio exacto donde se encontraba una estatua gigantesca de oro y que si lo dejaba salir se la traería  y con esta infantil treta logró fugarse a Yurcay en 1.536 donde se hizo fuerte por mucho tiempo sin que pudieran sus enemigos capturarlo; después se lanzaría contra el Cusco pero no pudo tomarlo y retirado a los bosques empezó a vagar por entre los roquedos sin punto fijo ni acción concreta, hasta que un día recibió una misiva de Diego de Almagro el Mozo, ofreciéndole su espada contra Pizarro y se unieron en el odio al Marqués, pero el 26 de Abril de 1.538 perdieron la batalla de Salinas, que significó la muerte para Almagro.

Manco Inca II quien estaba casado con su hermana la Colla Rabba Ocllo se retiró a la región de Vilcabamba donde formó su reino y  siguió siendo un peligro pero tuvo una oscura muerte a manos de un español mientras jugaba al ajedrez en 1.544.

Su hijo Sairy Túpac, bautizado con el nombre de Diego, al llegar a la pubertad casó con la Colla  Cusí Huarcay bautizada como doña Beatriz Clara Colla Inca, hija de Huáscar y de su hermana Mama Huarcay, siendo sucedidos por su hija Beatriz Clara Colla que recibió del Rey Felipe III de España el señorío del Valle del Yurcay en el Perú y llegada a la pubertad fue casada en el Cusco por mandato del Virrey Toledo con un sobrino nieto de San Ignacio de Loyola, llamado Martín García Oñez de Loyola, Caballero de la Orden de Santiago y Capitán General del Reino de Chile.. En la Catedral del Cusco existe un gigantesco cuadro pintado al óleo donde aparecen ambas familias – la imperial Inca y la española de Loyola – ataviadas de elegantes vestiduras y en el momento de la solemne ceremonia. Loyola murió en Chile peleando valientemente contra los indios Mapuches quienes le cortaron el cuello aunque años después devolvieron el cráneo.

 La viuda crió a la única hija de esta unión llamada doña Ana María Colla Inca de Loyola, a quien el Rey Felipe IV en 1.614 confirmó en el título de pariente mayor de los caballeros Incas del Perú con el marquesado de Santiago de Oropesa y  casó con don Juan Francisco de Borja y Enríquez de Almansa, hijo del Marqués de Alcañices, perpetuando en su descendencia el Marquesado de Oropesa, el señorío del Valle del Yurcay y la primogenitura de los Incas peruanos; sin embargo, al morir en España su nieta doña Teresa Enríquez de Almansa sin sucesión, recayeron los derechos sobre el Imperio del Tahuantinsuyo  en los descendientes  en el Perú del Inca Tupac Amaru, también hijo de Manco Inca II, que vivía en las altas serranías andinas y se apellidaban Condorcanqui. A este real linaje perteneció en el siglo XVIII el Cacique don José Gabriel Condorcanqui, que ha pasado a la historia de América como Tupac- Amaru, quien hizo la guerra a las autoridades españolas, perdió y fue martirizado pues le amarraron las extremidades a cuatro caballos y les dieron látigo para que salgan corriendo, de manera que destrozaran el cuerpo de la víctima dislocando sus coyunturas y provocando la muerte con terribles dolores y hemorragias.