159. La Fiebre Amarilla

«El que ha visto la máscara amarilla, aunque sólo sea una vez, no lo olvida nunca».  Dr. José Mascote (Memorias)

En 1.842 se registró uno de los más terribles flagelos que ha soportado Guayaquil a través de su historia. La fiebre amarilla hizo su entrada y pronto cobró ingentes tributos en vidas.

UN FATIDICO BERGANTIN

En 1.841 el Mariscal Andrés de Santa Cruz. ex-presidente de la Confederación Peruano boliviana, derrocado por sus enemigos huyó de Lima con dirección al Norte, en el antiguo Bergantín «Eudomilia» entonces conocido como «Reina Victoria”. En noviembre de ese año y desde Ballenita, escribió al General Flores Presidente del Ecuador, pidiéndole autorización para viajar a Quito.

Santa Cruz quería seguir rumbo hacia el norte y sólo esperaba la contestación de Flores para viajar a Montecristi; pero no lo hizo accediendo a la gentil invitación que se le formuló para que conociera la capital, donde fue recibido el bizarro Mariscal.

El «Reina Victoria» se perdió por algunos meses en nuestras pesquisas y solo lo volvemos a hallar fondeado al sur de la ciudad en enero de 1.842, levando anclas con dirección a las costas del Chocó y Panamá. Para marzo estaba de vuelta con mercaderías consignadas a la Casa Industrial Pohlemmus y Mickle. El l de Julio volvía al norte y regresó portando el espantoso mal el 31 de agosto. Un anónimo viajero de los muchos que compraron pasaje en Panamá se enfermó durante el trayecto y murió en alta mar contagiando a los demás.

DESESPERADA CARRERA POR LA SALUD

Un barco ballenero norteamericano de paso por las islas Galápagos avisó al entonces Coronel José María Villamil de la presencia de la peste en las costas mexicanas y centroamericanas. El intrépido prócer sin perder un minuto viajó a Guayaquil y arribó a escasos dos días de diferencia con el «Reina Victoria», que ya había fondeado.

La noticia se propagó entre el vecindario y llegó a oídos del Cabildo, que en sesión del 5 de septiembre discutió el punto y solicitó al Gobernador que todo buque procedente del norte fondee en la puntilla de Santa Elena, en espera de la visita sanitaria para casos de emergencia. Pero como las cosas marchaban lentamente, recién el día 9 se ofició la petición y la recibió Angel Tola, que se desempeñaba interinamente y por ausencia del titular Vicente Rocafuerte, a la sazón en Quito por asuntos políticos.

Por estos días comenzaron algunos guayaquileños a enfermar del hígado, pero el Médico de Sanidad Dr. Juan Francisco Arcia Isusi, negó al Cabildo que la fiebre amarilla se estuviera introduciendo en el puerto, que el mal que padecían dichos vecinos era común y corriente en la estación invernal y que se trataba de un nuevo tipo de fiebre icteroide no contagiosa, por eso no valía la pena que cundiera la alarma entre los pobladores, pues era una dolencia considerada normal para nuestro clima tropical; pero no todos pensaban como él, los Dres. Juan Bautista Destruge y Juan Esteban Pisis afirmaban lo contrario. Destruge llegó a decir en público que había encontrado dos casos de fiebre amarilla en el «Reina Victoria» y que ambos pacientes habían fallecido. Pisis reconocía que jamás había tratado un solo caso de tan rara enfermedad en toda su carrera; pero aún así, creía que el mal que abatía a los guayaquileños no era otro que la fiebre amarilla.

Las opiniones estaban divididas, pero nadie se preocupaba del asunto. No obstante, Destruge creyó cumplir con su deber buscando al Regidor Maldonado, al que encontró en los bajos del edificio de las Aduanas, hoy bocacalles de Malecón y Pichincha, y le explicó de buenas a primeras la grave noticia que le preocupaba.

-Señor Corregidor, en Guayaquil hay tifus icteroide.

– Mi querido Doctor. Ud. siempre tan bromista. No le creo ¿No ve que el Dr. Arcia ya la ha estudiado y dice que no es? Y la enfermedad seguía.

ERA TARDE, YA ESTABA DENTRO

A mediados de ese mes de septiembre ya la peste estaba en Guayaquil. Los primeros en fallecer, lógicamente, fueron los pasajeros del barco infectado que tomaron el mal en plena travesía. En Guayaquil se registró el deceso del Capitán, el Práctico y tres marineros aquejados de un mal difícil de diagnosticar que presentaba síntomas diversos en cada caso.

Casi siempre la enfermedad atacaba con fiebre alta de 42 grados, a ratos bajaba y luego volvía a subir. El enfermo decaía notablemente debilitándose por no poder ingerir alimentos; la garganta enrojecía con ardores terribles. Luego, a los ocho días se entraba en la fase definitiva porque si no ocurría el «vómito negro», del que nadie se salvaba, el enfermo mejoraba y al mes estaba curado.

Recién el 5 de octubre y con la llegada de Rocafuerte a Guayaquil, las autoridades se movilizaron contra el azote que mataba sin respetar edad, sexo o condición. En carta al General Flores, el Gobernador relató la triste situación de la urbe «a consecuencia de una fiebre biliosa de carácter maligno que unos facultativos han calificado de contagiosa y otros no, muy parecida a la fiebre amarilla que tantos estragos ha causado en Filadelfia y Baltimore en el norte»….

El Dr. Juan María Bernal, del cuerpo médico del Hospital de Caridad, apodado «El Padre de los Pobres» por su generosidad para con todos, en un Aviso dirigido al público anunció con grandes caracteres que la fiebre que mataba a los vecinos era la conocida con el nombre de amarilla, vómito negro o fiebre tifo y recomendaba mucho cuidado porque era contagiosa, aunque no indicaba cómo se contagiaba o propagaba el mal.   

Ese fatídico día 9 murió mi tatarabuelo paterno Mariano Pérez de la Rúa en la casa que alquilaba en la calle del Comercio, ubicada en el centro de la ciudad. Se inauguró el reloj público recién llegado de Europa, con seis vibrantes campanadas que anunciaron el vigésimo segundo aniversario de la revolución de octubre, que nos dio libertad. Poco después los Aserríos de Pohlemmus y Mickle iniciaron su actividad con un potente chirrido, transformando las alfajías en tablas para construcción; luego, recepción de exámenes de las alumnas de la escuela de Juana de la Cruz Andrade Fuentefría de Drinot, distinguida maestra que después viajó a Chile donde radicó. En dicho acto el gobernador tuvo la oportunidad de hablar sobre las mejoras que había introducido en Guayaquil……….

En febrero de 1.842 había fundado el Colegio de San Vicente. Por ese mes vino el primer fotógrafo, quien tomó un precioso daguerrotipo al Gobernador, cuyo original se conserva en el archivo del Vicente, Celosamente guardado.

Nada trató sobre la peste, pero en los ojos de los asistentes se reflejaba un no se qué de angustia y la peculiar preocupación de los que conocen la verdad acerca de una grave situación.

Por las calles las hamacas transportaban suspendidos entre dos cañas a numerosos apestados. Los hospitales de La Caridad y Militar estaban atestados y ya no podían recibir más enfermos. En la Sabana Grande o de San Pedro se había instalado otro, llamado de San Vicente, en honor a Rocafuerte, pero tampoco abastecía.

El Obispo Francisco Xavier Garaycoa estaba recién convaleciendo de la fiebre que no lo respetó a pesar de su casi ancianidad. Fue uno de los pocos que logró superar la crisis de fiebre y hasta el vómito negro, aunque tan mal parado, que por muchas semanas no pudo ni hablar, por los dolores que le producía cualquier movimiento.

SALVESE EL QUE PUEDA

Las estadísticas criollas demostraban que los individuos varones y de edad mediana eran los más atacados, bajando el índice de enfermedad en las mujeres, ancianos y niños de ambos sexos. Ahora se sabe que el agente transmisor del mal es el mosquito que incuba sus huevos en las aguas pantanosas y estancadas, alimentando las larvas por espacio de algunos meses. Cuando llegan las lluvias salen a succionar sangre entre las 6 y 9 de la noche, justamente la hora en que en las calles transitan hombres de edad mediana.

Los muertos llegaron a tres mil sólo en Guayaquil y muchas familias emigraban a los pueblos de los alrededores llevando el contagio y la muerte. Lo asombroso de todo esto es que en la sierra pocos padecían la fiebre y si esto ocurría, les daba con tal benignidad que sanaban en menos de siete días.

Los empleados públicos de Guayaquil dejaron las oficinas y algunos se tomaron el trabajo de excusar su inasistencia con esquelas corteses y mentirosas «Que tengo que irme de vacaciones porque me siento enfermo y dbilitado» y así por el estilo, cada carta más falsa que la anterior. Rocafuerte, que no era lelo, multaba a diestra y siniestra, amenazando a unos y conminando a otros, que regresaran, pero pocos le obedecían.

En Quito y en Cuenca las gentes ayudaron con erogaciones económicas y lo mismo hicieron los miembros del Clero de la capital presididos por el Arzobispo Nicolás de Arteta y Calisto. Los empleados y obreros de la Casa de la Moneda donaron un día de sueldos y salarios, dando ejemplo al resto de la República. Flores también contribuyó y ordenó a los Gobernadores de Provincia que abrieran suscripciones públicas para auxiliar a los apestados. Francisca Cernadas de Santa Cruz., ex primera dama de la Confederación peruano – boliviana, que residía provisionalmente en Quito, erogó 8 pesos.

En noviembre la fiebre siguió diezmando con mayor intensidad. Mataba un promedio de cuarenta y cinco personas al día, suma grande para la población del puerto. Se habilitó un nuevo hospital en la Cárcel Pública y los médicos ya no sabían qué hacer para atender tantos febricitantes. El 8 de ese mes falleció el Dr. Ramón María Bravo, en plena faena profesional. El 24 lo acompañó a la tumba el querido galeno Dr. Juan María Bernal con tan buena fama que después de la peste el Concejo guayaquileño ordenó que sobre su lápida se grabe las siguientes frases: «Director del Hospital de la Caridad, falleció gloriosamente en servicio de su patria. Por su piedad es acreedor a la memoria eterna».

LOS SINTOMAS DEL MORBO

Alineados en doble fila y a los lados del corredor central de cada sala del hospital se hallaban numerosos enfermos. Unos estaban en período inicial del mal, sudorosos y febriles, la piel áspera se tornaba a veces reseca y con un color rojizo característico en esta etapa. La respiración fatigosa y los ojos inyectados, lacrimosos y casi cerrados por el dolor que se experimenta cuando abiertos. Hay angustia y el cuerpo se contrae con escalofríos. Otros ya han pasado esa etapa y se encuentran peor – si esto es posible. El vientre hinchado y adolorido, la lengua tumefacta y enrojecida así como el resto de la cara, que ha adquirido un color violáceo. Los peores han sido colocados al fondo; están amarillos por el derrame interno de bilis, el rostro tiene la mirada perdida y posiblemente no haya conciencia en esos organismos marchitos que despiden un «ay» de vez en cuando. A veces deliran por la fiebre y entonces se convierten en seres peligrosos, porque atacan a los presentes y gritan sin cesar. Al final, al décimo día, se presentaba el fatídico vómito prieto que no perdona; pero si no viene, el enfermo mejorará paulatinamente hasta salir del hospital, al mes, más flaco y cansado que nunca en su vida y tendrá que sobrealimentarse dos o tres meses para poder andar normalmente.

El vómito prieto es mal oliente y dicen que al que le cae encima una gota siquiera, también contrae la enfermedad. Sólo unos cuantos espíritus superiores se atreven a limpiar los pisos, recogiendo tal inmundicia en baldes que luego echarán al río. El vómito está compuesto de sangre digerida y bilis.

El Dr. Mascote contó en sus Memorias que de más de 4.000 apestados que trató en Guayaquil sólo 22 se salvaron del mortal vómito, quedando algunos inválidos y otros muy desmejorados para el resto de la vida, con escalofríos intermitentes y pérdida parcial de los sentidos.

 

NUEVAS DEFUNCIONES EN LA REINA VICTORIA

Mientras estos trágicos sucesos ocurrían, el «Reina Victoria» permanecía en Puna a buen recaudo de la ira de los guayaquileños. El 3 de abril de 1.843, cuando la peste estaba desapareciendo, zarpó con rumbo a Tumaco y en alta mar, con fecha 11, enfermó el marinero inglés Thomas Toppan y murió, siendo su cadáver arrojado al mar.

Las autoridades colombianas le impidieron el arribo y fue a cuarentena; a poco enfermó y murió un pasajero llamado Robert Davis y también fue arrojado al mar. En este estado de cosas, el bergantín – que había cambiado nuevamente de nombre llamándose ahora «Empresa»- se hizo a la mar y presentó el tercer caso, esta vez el Práctico, de posible procedencia nacional, que falleció trágicamente según relata el Capitán Mr. Hazard, ya que atacado de accesos furiosos sembró el pánico por la cubierta de la embarcación y falleció cuando cayó de cabeza al fondo de la bodega. Fue sacado su cadáver con la columna vertebral rota y los ojos salidos por la fuerza del impacto, el cadáver fue a parar al océano frente a las costas de Esmeraldas.

Entonces el Capitán optó por regresar a Puna Vieja y envió una comunicación al Gobernador de Guayaquil. Allí permaneció la nave por espacio de algunas semanas ¿Qué se hizo al fin? pero se desconoce a ciencia cierta su suerte, posiblemente siguió viaje al norte con otro nombre, tratando de tocar algún puerto para despistar a las autoridades que tenían un estricto cordón sanitario y así poder desembarcar su numerosa tripulación.

De las poblaciones aledañas a Guayaquil, las más afectadas fueron en orden de importancia: Milagro, Balao, Machala, Yaguachi. Naranjal, Pasaje y Chongón. En las demás las muertes fueron menos.

No se ha vuelto a repetir otra peste tan maligna en Guayaquil, ya que los estragos ocasionados por la bubónica a principios de este siglo, no fueron comparables a los de la fiebre amarilla de 1842.