166. La momia del padre Vicente Solano

Sic Transit Gloria Mundi» reza el viejo proverbio latino que nos enseñaron en el Colegio para indicar cuan tornadizas son las glorias de esta vida y cuan poco valen a la hora de la muerte. Tal vez en esto pensaba fray Vicente Solano y Vargas – Machuca, conocido escritor perteneciente al Convento franciscano de Cuenca en los albores del siglo XIX, cuando, sintiendo cercana su hora, escribió en latín el epitafio de su losa sepulcral, que traducido, dice así:

«Aquí yace fray Vicente Solano del orden de los menores, que vivió, pensó y escribió bastante, ojalá bien. Y convertido hoy en polvo pide perdón y no alabanza».

Años antes el Coronel Francisco Eugenio Tamariz y Gordillo, español avecindado en Cuenca, poeta también y no de los malos, en una polémica periodística que mantuvo con Solano, le cantó el siguiente epitafio cómico – satírico, muy propio de su genio andaluz

«No yace aquí el cazador

ni el Ministro, que leal

procuró que el Ecuador

saliera del hospital;

si no un fraile deslenguado

que, por ser vil y atrevido,

cayó aquí precipitado

cual lo tuvo merecido «.

Al propio tiempo otro enemigo político y periodista por antonomasia, el cuencano doctor José Manuel Rodríguez – Parra, le lanzó otro epitafio, como queriendo desearle una pronta muerte y es el siguiente:

«Bajo de este montón de cieno y lodo,

aplastadito yace un vocinglero

llamado fray Gargajo el Majadero

que a morir, por fin, llegó del todo».

«Fue erudito, pedante, chocarrero,

de hereje contumaz llevó el apodo

gran teologuillo de la mano al codo

copiador de Jansenio y de Lutero».

«Murió con escopeta fray Gargajo

Fue pájaro murciélago en el mundo

y por predestinante está aquí abajo (1)

«Huye, pues, caminante vagabundo,

huye de este miserable escarabajo

que del abismo yace en lo profundo».

Se refiere a «La Predestinación», obra primeriza de Solano que fue puesta en el Indice de los libros prohibidos por la curia romana debido a que contenía una serie de teorías absurdas sobre la venida del Mesías en gloria y majestad al final de los tiempos.

Así eran los primeros tiempos de la imprenta en el Ecuador, pletóricos de polémicas y sátiras de subido tono como la de apostrofar con un apodo tan grosero «Fray Gargajo”, nada menos que al entonces Superior de la Orden Franciscana; pero, éste, ni corto ni perezoso, abandonando las prédicas del «poverello de Asís», tomó las armas de la inteligencia que como todos sabemos es la pluma y el papel y entró con renovados bríos al combate, preparando aquella «tintilla»como solía llamar a la que fabricaba él mismo, con infusión de las vainas del guarango que abunda en ácido a gállico y con sulfato de hierro, que antaño era conocido como «caparrosa».

Pero ese fray Vicente Solano, genio diabólico del insulto, fraile delgado y chiquito,  que toda su vida se debatió en la más completa pobreza, al extremo de alimentarse únicamente con una agua de papas comúnmente denominada «locro aguado»; que no tenía dinero ni para enviar sus cartas a Quito y Guayaquil por lo que  rogaba que se las pasaran botando; que a duras penaspodía aconsejar a su sobrino preferido Tomás Rendón y Solano, cuando éste, además de palabras, requería algo en metálico para salir de la dura situación en que le había dejado un padre que abandonó el hogar; este fray Vicente, protector de la juventud cuencana que declaraba sin eufemismos que era el padre espiritual de las tres primeras imprentas que hubo en el austro ecuatoriano que por su interés se adquirieron; y en fin, que, durante más de treinta años fustigó a los tiranos de su tierra con escritos llenos de sabiduría, tuvo mal fin, porquecasi veinte años sufrió de incontenibles dolores provocados por algún morbo patológico, hoy tal vez conocido por la ciencia pero en aquellos tiempos ignorado.

¿Quizá sufriría de amebas? ¿O posiblemente de tenia o solitaria? Ahora se diría que tenía el cólon irritable… Estas y otras preguntas se han formulado los médicos frente al cuadro clínico de un enfermo que no se alimentaba, sufría diarreas sanguinolentas, que casi no podía más con su flacura y esquelética contextura, como el mismo anunció jocosamente al decir: «Algún día, el Ecuador no sabrá qué hacer con mis huesos, porque son tantos y tan exentos de carnes, que sólo servirán de estorbo al país».

Lo cierto es que en el primer día de abril de 1.864, cuando fray Vicente atravesaba los setenta y tres años de edad, comenzó su vida a apagarse, vida que había comenzado en Cuenca el 16 de Octubre de 1.791, cuando fue bautizado en El Sagrario por el doctor Tomás Landívar y Centeno, Cura Rector, con el nombre de DOMINGO, siendo sus padres legítimos Tomás Solano y Gutiérrez del Tejo y María Vargas – Machuca y Cardoso.

Fray Vicente se moría a ojos vista como todo mortal que día a día pierde fuerzas, él lo sabía; pero no tenía miedo pues conocía que había llegado su hora y estaba en paz con Dios, de manera que cuando le dieron la extremaunción y numerosos sacerdotes rodearon su lecho ayudándole a bien morir, ni se inmutó.

El ilustre Cabildo de la ciudad decidió invitar al pueblo al sepelio, costeando todos los gastos y designando al orador oficial para que llevara la palabra a nombre de la Corporación en las exequias que el día 3 de abril de 1.864 se oficiaron en la Iglesia Catedral. El doctor Miguel León Garrido resultó electo y su discurso fúnebre tiene por título: «Donde está el espíritu del Señor allí está la Libertad» (San Pablo)

También se le quiso levantar un Mausoleo digno de sus muchos méritos y el propio Cabildo comisionó a varios vecinos de Cuenca para que recogieran óbolos de «entre el pueblo, los caballeros, las damas y los religiosos de la ciudad», pero tal iniciativa se estrelló ante la notoria pobreza lugareña.

Al día siguiente de la muerte, o sea, el 2 de abril, varios admiradores del polemista opinaron que debía ser embalsamado su cadáver para que lo contemplaran las nuevas generaciones de la Patria. Llevado, pues, el franciscano, a la recámara que previamente el farmaceuta cuencano Mariano Abad Estrella había preparado cerca del lecho mortuorio, lo sumergieron desnudo y sin vísceras en un gran barril lleno de agua y cal batida. Las vísceras habían sido sacadas con cuchillos y punzones, en una verdadera carnicería criolla.

Una multitud de curiosos repletaba la recámara cuando horas más tarde se extrajo la «momia de Solano» del barril de cal y gritos de angustia se escucharon por doquier. Otros gemían y algunos hasta se horrorizaron porque en lugar de sacar a un fray Vicente hermosamente momificado, como pensaban los cándidos de la recámara, sacaron un cuerpo totalmente hinchado y deforme con las facciones quemadas por acción de la lejía, administrada sin cálculo preciso y en forma por demás generosa. El pobre farmaceuta se «mató” explicando que eso era asimismo, que luego la lejía dejaría de ejercer sus propiedades cáusticas y alcalinas y convertiría las facciones del franciscano en lo que antes eran, pero nadie le creyó.

Pocos días después, cuando el 6 de abril, por fin, tras muchos discursos, exposiciones al público, lectura de acuerdos y gimoteos de los ex – enemigos reconciliados después de su muerte, porque el hombre es animal nocturno, dice el poeta,  que sólo ve méritos en la obscuridad del sepulcro; se le volvió a colocar y esta vez en el sepulcro, todos notaron con satisfacción que se había secado su piel, el cadáver tenía sus antiguas facciones y que parecía según un gacetillero local, un viejo patriarca cuencano plácidamente dormido en sus laureles de victoria y santidad y quedó reposando en una bóveda del cementerio, expuesto a la vista de todos y separado únicamente del mundo exterior por un doble vidrio que le protegía en su tumba.

¿Hasta cuándo duró este espectáculo fúnebre? Nadie lo recuerda. Se afirma que su sobrino Tomás, no pudiendo tolerar por más tiempo que el cadáver de su tío repose en público dentro del cementerio, expuesto a cualquier malacrianza de muchacho de los que nunca faltan en todo pueblo, visitó en cierta ocasión al doctor Benigno Palacios Correa, Administrador Apostólico de Cuenca, rogándole que diera cristiana sepultura a los restos en uno cualquiera de los nichos vacíos que se encontraban construyendo en el interior de la Catedral. Así se hizo una noche y nadie lo notó.

I pasaron los años. Estamos en 1.915 y monseñor Manuel María Pólit Lazo decidió investigar dónde se hallaba la momia. El doctor Palacios había fallecido en 1.912 y sólo quedaba vivo el doctor Tomás Rendón; se le visitó y encontró casi ciego, al punto que no pudo indicar el sitio exacto de la tumba en la Catedral, pero dijo que en el pueblo de «El Valle» vivía uno de los dos hombres que ayudaron a enterrarlo en aquella noche misteriosa en que se le sacó del cementerio para llevarlo a los subterráneos de la Catedral. Corrió presuroso monseñor Pólit y lo encontró, se llamaba Manuel María Vintimilla y había ayudado a la traslación de los restos junto con su hermano Miguel y un muchacho de nombre Manuel González.

Entonces todos se trasladaron a la Catedral. El ambiente era de misterio pues se iba a descubrir una momia como en el antiguo Egipto. Vintimilla hizo retirar una gran piedra que cerraba la entrada de una Cripta llamada de San Pedro y hoy conocida como «Del Santísimo» porque en ella se le rinde adoración. Penetró primero con una lámpara que alumbró las tinieblas y gritó. Todos se asustaron y también entraron presurosos, sin encontrar nada. Alguien había robado el cofre, algún enemigo de ultratumba. «El Diablo», se aventuró a decir uno de ellos, porque fray Vicente insultaba mucho en vida ¡Se lo llevó el Patica, el Corcovado!

A las pocas horas la ciudad entera hervía de curiosidad. Nadie sabía cómo, pero la noticia se había regado como pólvora. ¡Se han robado la momia de fray Vicente Solano! anunció un Diario al día siguiente y cada quien daba una explicación distinta y más antojadiza que la de su vecino.

Reunióse el Cabildo Eclesiástico de Cuenca el 25 de noviembre. monseñor Pólit arengó a sus miembros con un Auto de Visita Pastoral, el tercero de su gobierno y sólo consiguió que el Cabildo «deplore la pérdida del cofre mortuorio conteniendo la momia del esclarecido sacerdote franciscano y gran patriota…» indicando que posiblemente el hecho ocurrió por filtración de agua. Pero ¿Será posible que simplemente unas filtraciones destruyan un cofre de madera conteniendo huesos humanos? La respuesta no se dejó esperar. Eso era imposible en solo medio siglo que llevaba de muerto y menos aún, de enterrado en la cripta.

I pasaron los años. Muchos pensaban que Solano se hallaba momificado en algún otro sitio de la Catedral. En 1.965 subió a la Sede el Arzobispo Manuel de Jesús Serrano y ordenó que se le busque en toda la Catedral. Se abrieron muchas bóvedas sin encontrarle y pronto recibieron una misteriosa carta, enviada por el doctor Miguel Cordero Crespo, quien dijo: » hace aproximadamente treinta y dos años se le presento a mi  tío el doctor Luís Cordero Dávila un hombre llamado Ramón, de baja clase social, que dijo conocer el sitio dónde reposaba la momia de Solano. Ante el interés demostrado, le confesó que luego de enterrar al franciscano en la Cripta, le sacaron por razones desconocidas y le pusieron en otro sitio de la Catedral, bajo tierra. Juntos fueron a dicha iglesia y Ramón… señaló un sitio junto a la pared occidental del templo, a sólo seis metros de la Cripta original». Esto había referido el difunto doctor Cordero Dávila a su sobrino el doctor Cordero Crespo yfue lo que éste contó a Monseñor Serrano Abad.

Nuevas búsquedas y nuevo hallazgo. Se encontró un cráneo y muchos huesos. ¿Será el cráneo de Fray Vicente? se preguntaron algunos ¿Aquel cráneo gótico y molondrón por el que tanto se le satirizó en vida? Puede ser y para corroborar lo dicho, el Arzobispo ordenó que por cumplirse el centenario del nacimiento del ilustre decesado se colocaran los huesos en un elegante cofre, se expusieran al público y guardaran de nuevo en la Catedral. Poco antes, el Cabildo Cuencano había dispuesto un monumento en la Avenida de su nombre, la mejor por más ancha de la ciudad y con eso se cerró – por ahora o para siempre – el misterio que rodeaba a la momia de fray Vicente Solano, que ya no lo es, pues ha quedado reducida a simple cráneo.