154. Los demagogos del Doctor Clavijo

En 1.832 crecía en el país el descontento nacional contra el gobierno personalista y despótico del General Juan José Flores. Varios jóvenes comenzaran a reunirse en casa de José Miguel Murgeitio, uno de los más conspicuos intelectuales ecuatorianos de esos días, donde alternaban la lectura de los clásicos griegos y latinos con las más fervorosas discusiones políticas que se pueda imaginar. Flores conocía la existencia de esta «peña» o «sociedad política» donde se hablaba de él y de su gobierno y socarronamente se burlaba diciendo que la componían los «Demagogos del Doctor Clavijo». Apodo con el que había bautizado al franciscano Francisco Clavijo que hacía de mentor en casa de Murgueitio.         

Pocos meses después, estos »demagogos» encontraron en Francisco Hall el líder que necesitaban. Hall había venido a América con recomendación del filósofo Jeremías Bentham para su amigo Simón Bolívar; aquí hizo carrera en la Independencia, llegó a Coronel del ejército y hacia 1833, fecha en que inició sus actividades políticas en Quito, vivía en las afueras de la ciudad como un filósofo, retirado del mundanal ruido que todo lo ensucia.

Con ese jefe los «demagogos del Doctor Clavijo» decidieron no sólo discutir temas políticos sino también atacar al régimen y se denominaron «Sociedad del Quiteño Libre «en recuerdo a la labor desplegada por Espejo años antes. Este grupo lo componía Manuel Matheu y Herrera, el General José María Sáenz del Campo, Ignacio Zaldumbide, Roberto Ascázubi Matheu y Manuel Ontaneda. entre otros. Pedro Moncayo, al referirse al Coronel Hall dice: inglés liberal en toda la palabra, vino a América recomendado a Bolívar y se retiró del ejército cuando éste proclamó la dictadura. Su libro favorito era «Las Cartas de Junius». ¡Qué temple – decía – qué vigor, qué fuerza hay en esa obra! Tal era el hombre que creó el Partido Nacional.

SE ABREN LAS OPERACIONES POLITICAS

La primera reunión del nuevo Partido tuvo lugar en casa del General Matheu y se designó Presidente al General Sáenz y Secretario a Murgueitio. Se acordó la fundación de un Periódico llamado «El Quiteño Libre» nombrándose redactor a Hall y editor responsable a Moncayo. El primer número apareció el 12 de mayo de 1833 y causó enorme sorpresa por las tremendas verdades que decía y muchos patriotas sinceros se suscribieron a él para evitar que la asfixia económica lo terminara.

Uno de los temas que más vuelo tuvo en «El Quiteño Libre» fue la separación del Ministro de Hacienda del Régimen José Félix Valdivieso, acusado por Flores de tener cuño propio para fabricar monedas en su casa. Valdivieso se defendió como pudo, sindicando al Presidente de malos manejos en los fondos de la Tesorería y Aduanas de Guayaquil y mostrando una carta muy comprometedora de Olmedo a Flores, en que se daba estricta cuenta de los intereses usurarios, ganancias ilícitas de algunos prestamistas, colaboradores cercanos del régimen.

LA DEUDA ANZOATEGUI

Por esos días, dicho escabroso asunto se ventilaba en Guayaquil. Se trataba de un fabuloso empréstito de trescientos mil pesos que Flores había solicitado a ciertos agiotistas ofreciendo en garantía algunas rentas de la República, por varios años. Los agiotiotistas no quisieron las rentas, pero propusieron otras condiciones, que aceptó el presidente:

1) Que el contrato se celebre por Escritura Pública.

2) El interés al 3 o/o mensual.

3) Una firma responsable como garante.

4) El interés se capitalizaría cada tres meses.

Para garante escogió Flores a Miguel de Anzoátegui y Cossio, de los más ricos negociantes guayaquileños, hombre de su confianza, que le había prometido vender su hacienda «La Elvira» en Babahoyo. Anzoátegui dio la garantía creyendo en la seriedad del gobierno y por cuanto,  una parte  de los trescientos mil pesos, se los entregó Flores por «La Elvira» y el molino de la Chima, cerca de Babahoyo; pero, cuando ocurrió el primer vencimiento y se dio cuenta que el gobierno ni tenía intenciones ni pagaría jamás el empréstito, comprendió la magnitud de su error y poco después los prestamistas Espantoso, Armero, Mandracha, Pereira e Ibañez lo demandaron y hasta le sacaron boleta de captura pues en ese tiempo existía la prisión por deudas y Anzoátegui, para librarse, terminó por entregar su hacienda «La Atarazana» al norte de Guayaquil y quedó arruinado, porque los agiotistas, no pudiendo cobrarle al gobierno, lo llevaron a él a la quiebra.

EL GOBIERNO PREPARA SUS EFECTIVOS

«El Quiteño Libre» en cada número interrogaba a Flores sobre la deuda ¿Con qué facultad se firmó el empréstito? ¿Existía autorización del Congreso? ¿Qué sabía de ello el Ministro de Hacienda? etc. Por supuesto que el autor de tan desaguisado empréstito fue Flores y nadie más que él. ¿Qué giro se le dio al dinero? Años después Moncayo acusó abiertamente a Flores indicando que entre otras propiedades adquirió la hacienda «La Elvira» y que subió «desnudo» a la presidencia y bajó con cuatrocientos mil pesos.

Pero el gobierno no era manco y contaba en Guayaquil con la ayuda de una de las más esclarecidas plumas del continente americano. Se trataba de Antonio José de Irizarri, notable por sus conocimientos, brillantes ideas y magnífico estilo, quien aconsejó a Flores que funde periódicos gobiernistas que lo respalden en su función pública. Así nacieron «La Gaceta del Gobierno del Ecuador», «La Gaceta del Orden», «Las Armas de la Razón», «El Nueve de Octubre», «El Investigador» y «El Trece de Febrero».

LLEGADA DE ROCAFUERTE

En febrero de 1833 arribó de Europa el Dr. Vicente Rocafuerte. Su fama era continental porque había servido a varias naciones con vida y hacienda, como se hacía antes, cuando los hombres eran desprendidos en extremo. «El Quiteño Libre» anunció su llegada con bombos y platillos y lo saludó como a futuro presidente de los ecuatorianos. Un numeroso grupo lo candidatizó para Diputado del Congreso que se reuniría en Quito, sacándole representante por la Provincia de Pichincha. ¡Oh paradoja! Rocafuerte, guayaquileño, representaría a Quito, pero así eran esos días en que no había aún el malsano regionalismo que unido al centralismo nos ha oprimido después, con tenazas de hierro candente.

Apenas llegado Rocafuerte abrió su bufete de abogado e intervino en un proceso penal, defendiendo a un anciano que había sido demandado en juicio de imprenta por un militar venezolano, que lo acusaba de calumnia. La cosa se presentaba seria porque la hija del anciano, una menor de edad, había sido raptada, violada y luego abandonada por el extranjero que, no contento con ello, cuando el padre de la víctima lo denunció por la prensa, tuvo el atrevimiento de iniciarle acción de calumnia.

El día del juicio un público numeroso pero tímido, se reunió en la judicatura a presenciar este raro acontecimiento; sin duda los jueces floreanos darían la razón al que no la tenía, condenando a un inocente en detrimento de la justicia y el derecho.

Preguntado el acusado quién era su defensor, dijo que no tenía más defensor que Dios. » ¡Y YO!, fue el grito que se oyó desde la puerta y entró Rocafuerte, dispuesto a defenderlo contra viento y marea.

Durante el proceso el acusador Coronel Casanova las pasó muy mal, porque de acusador pasó a acusado, teniendo que oír frases tan duras como estas: «Crímenes como el que aquí se discute ocasionaron la libertad en Roma y no sería extraño que en la actualidad dé la libertad a este pueblo y sirva para levantar el edificio de un nuevo orden en nuestra Patria».

El acusado fue absuelto, el pueblo casi linchó a Casanova y sacó vitoreado al gran abogado que defendía gratuitamente y sin temor. Rocafuerte preparaba su plataforma política con buenas obras, sin abusar ni perjudicar a nadie.

EL CONGRESO NACIONAL DE 1833

Reunidos los congresistas fueron felicitados por Flores que en su Mensaje habló de paz y justicia. El nuevo Ministro de Hacienda, Doctor José García del Río, de conocida trayectoria política en América por sus ideas absolutistas y por ser enemigo jurado de Rocafuerte en México donde habían sostenido una ardua polémica por intereses políticos, expresó en su mensaje al Congreso respaldó la posición del presidente en el empréstito de trescientos mil pesos realizado en Guayaquil, expresando que él lo había autorizado.

Días después volvió a presentarse García del Río en las Cámaras y Rocafuerte le armó un escándalo gritando: «¿Cómo puede la Cámara aceptar la intervención oficial extranjera, o mejor dicho, la de un pícaro aventurero que vende sus servicios a cualquier déspota que se le presenta? En México se vendió a Iturbide y luego de su caída pasó a Colombia donde se vendió a Bolívar, que ya era usurpador. Demás está que se diga que la sesión se terminó a capazos  .

Al día siguiente Rocafuerte enfermó de colerín, como se llamaba entonces al derrame biliar. ¡A tanto había llegado su exaltación de la víspera! Algunos aprovecharon su ausencia y pidieron las Facultades Extraordinarias para impedir el desorden.  El Obispo de Botren, Doctor José Miguel de Carrión y Valdivieso, argumentó en contra, con claras palabras que llamaron la atención de los presentes: «Ayer no más se dijo que había paz; hoy se nos quiere engañar con lo contrario. ¿En qué quedamos, señores? Poneos de acuerdo y tened más seriedad; no somos muñecos vuestros ni de nadie, somos Diputados electos en una república de orden, con tradición de honor. Basta de mentir y a trabajar por este país, que es de todo hombre que ame a la humanidad y quiera servirla».

El Ministro García del Río, más ducho que el novel tribuno Carrión, jactándose de tener dotes de orador replicó con insolencia no exenta de sabiduría: «La Paz de ayer no es la de hoy; el mundo cambia como la verdad también, al paso del acontecer cotidiano. Mañana será tarde, porque las aguas de los ríos pasan y mueren muy lejos; detengamos la corriente a tiempo y seremos hombres de previsión. La vejez no se cuenta con las muelas de un individuo, sino por sus ideas …..» Y se remontó a las más lejanas regiones imaginarias, donde su loca fantasía jugó con las figuras del Parnaso y del Olímpo en arranque de erudición; luego, bajó a la tierra y viajó por diferentes países, conversando a los pobres diputados que no habían salido nunca del Ecuador, sobre cómo vivían las gentes de otros sitios ….. Al fin, terminó burlándose muy socarronamente de todos, sin que lo notaran, por supuesto, con la siguiente frase:

Vosotros, nobles tribunos de Grecia y Roma, tomad la balanza de la justicia y poned el fiel en su legítimo lugar; dad lo que se os pide y como dice la Biblia recibiréis centuplicado. ¡Y así fue, efectivamente, porque a poco, fueron más de cien los muertos, fueron ochocientos los de Miñarica.

LOS TRES PRESBITEROS

El Presbítero José Antonio Marcos y Crespo había sido el primero en proponer las facultades extraordinarias; otro presbítero, el Diputado Peñafiel, pidió que la resolución se dicte al momento, sin mayores discusiones ni rodeos (temían que Rocafuerte mejore y regresa a las Cámaras; allí hubieran perdido la moción porque conocían el fuego de la palabra de ilustre tribuno guayaquileño).

La Cámara pasó a conocer la moción en sesión secreta y en sólo veinte minutos, a petición de otro Presbítero, el Diputado Beltrán, se la aprobó, concediendo a Flores la facultad de ser el primer dictador que ha tenido nuestra patria.

El iluso Beltrán al finalizar su intervención tuvo la torpeza de gritar «Es obligación del Congreso cortar un miembro gangrenado para salvar la salud del cuerpo político del país, así como se practica con el cuerpo humano». El Obispo Carrión, lo miró fijamente y le dijo: «A veces, el cortar un miembro en el cuerpo humano, provoca la gangrena, señor mío…”  Pero todo fue inútil; el partido gobiernista tenía mayoría y triunfó.

FLORES COBRA LAS PRESAS

Esto había sucedido el 14 de septiembre, a escasos cuatro días de la instalación del Congreso. ¿Qué se podía esperar para el futuro? Rocafuerte, el 16, dirigió una fuerte misiva a las Cámaras, donde insultó a García del Río: «Godo hipócrita, esclavo de Fernando VII, siempre vendido al poder infamante, letrado tachado de venal, verdugo de la libertad ecuatoriana… «El Congreso respaldó al Ministro en contra de Rocafuerte, mostrando tener poco espíritu de cuerpo y dio un permiso tácito a Flores para que tome venganza contra él.

Por esos días ya la Sociedad de «El Quiteño Libre» estaba dispersa. Los agentes del ejecutivo habían allanado los domicilios particulares de sus principales miembros, arrestando a otros. Hall pudo escapar de la imprenta, pero no Moncayo, que tomado prisionero fue trasladado a Guayaquil con cadenas, acompañado de sus compañeros Roberto Ascázubi, Doctor Landa Ramírez, Coronel Alejandro Vargas Machuca y Comandante Muñiz. Iban al destierro.

El 28 de septiembre fue arrestado Rocafuerte en Quito y a pesar de su estado precario, se lo envió a Guayaquil por la vía a Cuenca y Naranjal.

Así terminaba la oposición a Flores o por lo menos, así lo pensaron muchos, pero estaban equivocados. Poco después ocurrió la conspiración de » El Quiteño Libre» y algo más tarde se inició la revolución de los Chihuahuas.