156. La antigua Semana Santa Quiteña

Por los años de 1835 a las seis de la tarde anterior al Domingo de Ramos, numerosos niños se reunían en la Catedral de Quito para iniciar los festejos de la Semana Santa. A los pocos minutos y en grupos de doce se distribuían por las calles entonando canciones religiosas y portando maniquíes de a cuatro metros, vestidos con tela de basquiña blanca, amarrada en los tobillos con un cinturón. Tienen enormes cucuruchos por sombreros, de los que penden hacia atrás dos cintas de tela que se agitan y flotan: son las «Almas Santas» que pasean una vez al año alegrando la tristeza crepuscular andina y asustando a los pocos afuereños que no se explican qué son aquellos bultos blancos que han visto desfilar ante sus ventanas.

DOMINGO DE RAMOS

En los templos se bendecían palmas y ramos con mucha solemnidad y boato. En el de San Francisco era famosa la procesión interior de la misa de diez de la mañana, a la que concurrían las más adineradas familias quiteñas portando largos palos que sostenían racimos de cocos, troncos de caña y de banano, cuyas hojas se habían trenzado en forma original y formando diversas figuras y alegorías. Por la nave central pasaba la procesión de Ramos en memoria de la entrada de Nuestro Señor en Jerusalén montado en el asno bíblico y no faltaba el pobre animal sobre el que habían colocado un gran Cristo de madera, que desde lejos parece moverse, debido a las sacudidas del irreverente jumento.

A sus lados caminan dos legos del convento que lo sostienen con un brazo y con el otro agitan palmas. Luego vienen los demás miembros de la comunidad, formando parejas, con palmas y cánticos que la muchedumbre corea.

Todo era incienso y alegría porque al final aparecía el superior bendiciendo a los presentes con agua y no había quien no quiera una gota aunque sea y se aplastan unos con otros para alcanzar tan loable objetivo. Al fin y después de varias vueltas por los costados del templo, termina la ceremonia, la comunidad vuelve al claustro y se desbandan los mojados presentes por la plaza, a realizar sus compras de feria, pues es domingo.

BENDICION DEL ASNO PASCUAL

En otros conventos como en el de Sta. Clara, las monjas realizan una ceremonia previa de bendición del asno que llevaría Nuestro Señor. Se reunían en el patio interior y ante el público pronunciaban una larga letanía. Enseguida lo ensillaban y sacaban con cuidado para que en el templo fueren los fieles quienes colocaran al Cristo y religiosas y muchedumbre recorrían las calles adyacentes cantando loas de alegría porque se conmemoraba un hecho glorioso. De las ventanas   arrojaban flores y no faltaban los buenos cristianos que alimentaban al pollino durante el recorrido.

PROCESION DE DAMAS Y BARBEROS

La tarde del domingo y a eso de las seis salian las más emperifolladas damas quiteñas acompañadas del gremio de barberos.

Abría la marcha un grupo de gentes del lugar con antorchas encendidas en las puntas de largos palos, habiendo dos más largos que los demás, que terminaban en forma de estrella. Después seguían dos maniquíes altos, uno masculino y otro femenino, que representan a San Juan y Santa Magdalena, seguidos de Tres Almas Santas, la del medio era mayor y su traje terminaba en punta que sostenía un niño vestido de blanco, con alas de ángel y corona sobre la cabeza. El conjunto de figuras y personas agitaban sonajas y matracas produciendo un ruido fenomenal.

Enseguida avanzaban las damas vestidas de negro, con cirios encendidos en las manos y en grupos de dos, pudiendo contarse unas sesenta. Atrás venían tres almas Santas, pero las de los lados iban de negro y portando grandes espadas; enseguida aparecía el gremio de Barberos vestidos con su tradicional uniforme; poncho estrecho, calzón blanco hasta la rodilla y camisa con mangas, descalzos y sin medias…que en parejas sostenían incensarios de plata y presidían las dos parihuelas costeadas para el efecto.

NUESTRO SEÑOR Y DON SIMON CIRINEO

Los grupos escultóricos estaban bajo palio y guarnecidos con lamparillas y espejuelos, el conjunto dorado al fuego con pan de oro de 24 kilates, constituían una obra de artesanía colonial quiteña de indiscutible valor. En la primera anda iba Cristo vestido de terciopelo morado con finos adornos tejidos con hilos de plata y oro. Después llegaba «Don Simón Cirineo», representado por un caballero vestido a la moda, con casaca de terciopelo negro, corbatón grande que alcanza hasta las orejas, bigotazos impresionantes y para completar tan vistoso monigote le colocaban medias blancas de seda y zapatos de hule con hebillas de oro. ¡Este don Simón fue un gran hombre! – Dicen los presentes – entre dientes, al verle pasar, y no es para menos, porque tiene apariencia de autoridad con tanto lujo que gasta. ¡Si hasta podría pasar por un majo sacado de la misma España, por el sombrero ladeado que altivamente lleva en la frente!

Finalizaba este grupo con numerosas mujeres del pueblo cantando música sacramental y con enormes cirios encendidos para alumbrar el paso al Juez Subdelegado de Policía que traía un farol enorme y precedía a la imagen de Nuestra Señora de los Dolores del Convento de San Francisco, vestida de terciopelo morado en señal de luto, con hermosas estrellas de hilo de oro que centellaban a cada movimiento. Músicos y danzantes mezclados con la procesión y dos Marías Magdalenas que lloraban a moco tendido y presagiaban lo peor para el jueves y viernes Santo ¡La gente tiembla y se horroriza por el próximo fin de Jesús!

LUNES SANTO DIA DE LOS INDIOS QUITEÑOS

Al día siguiente y muy por la tarde se realiza la procesión de Indios que abarca de tres a cuatro cuadras. No hay sacerdotes entre los presentes, que caminan callados por varias calles hasta perderse en la catedral donde se oficia el ritual de Semana Santa.

Por la noche los «Penitentes» visitaban casas y posadas de la urbe causando sustos y sobresaltos. Los más importantes caballeros de Quito vistiendo largas túnicas y cucuruchos de color violeta y con un platillo en mano, ocultos enteramente de pies a cabeza, pedían limosna en las puertas sin proferir una sola sílaba. Estas dádivas servirán para los festejos del jueves y viernes y era fama que el dinero recolectado jamás se extraviaba en manos de los penitentes ¡Tanta la honradez!

MIERCOLES SANTO: PROCESION DEL OBISPO

El martes se descansaba; pero, el miércoles a las diez de la mañana, se iniciaba la marcha con numerosos «penitentes» del pueblo, con soga al cuello y corona de espinas, caminando descalzos sobre el duro empedrado. Luego desfilan profesores y alumnos del Real Convictorio de San Fernando, uniformados de terciopelo negro con distintivos bordados en hilos de plata. Continuaba una «Alma Santa» con la cruz a cuesta y dos santos en parihuelas; después llegaba el Colegio de San Luis formando por profesores y alumnos vestidos mitad de morado y mitad de amarillo; continuaba una escena bíblica – igualmente sobre parihuela – que representaba al huerto de los Olivos: un ángel consolando a Nuestro Señor, que llora de rodillas; desfilaban Funcionarios y Oficiales de la administración pública, varias damas devotas y otra parihuela con la escena del huerto con un San Pedro arrodillado y pidiendo perdón al Ecce Homo; enseguida algunos caballeros cargando un enorme crucifijo; varias damas devotas y otras parihuela con la escena del descendimiento con Cristo, la Virgen, San Juan y dos discípulos y al fin, los siete Canónigos de la Catedral, cubiertas las cabezas con capuchas de tafetán negro y sotanas de la misma tela y color que terminan en larga cola en punta de no menos de cinco metros de largo. A esto se llamaba Caudas.

Luego de un buen trecho aparecían cuatro honrados vecinos portando otras tantas banderas de tela negra con cruces bordadas de rojo, que hacían flamear al viento y el Obispo Dr. Nicolás Joaquín de Arteta y Calisto, que siempre tuvo fama de ignorante y fanático, con el santo sacramento cubierto con un velo y numerosos policías que le abrían campo a tiempo que la muchedumbre de curiosos que observa desde ventanas y aceras, se arrodillaba en señal de respeto y devoción. Pasado el viático volvía la gente a encresparse y eran muchos los contusos y heridos que resultaban del apretujamiento en las estrechas callejuelas del Quito colonial.

JUVES SANTO: RECOGIMIENTO Y ORACION

A las sietede la mañana se celebraba misa en las iglesias, siendo las únicas del día. Al fin de cada sacrificio se abrían las urnas funerarias en espera de la muerte del Salvador. Los monumentos se cubrían y alhajaban con espejuelos y lámparas; hay estatuas de santos y vírgenes a profusión; el grupo escultórico más famoso es el de Jesús y los Doce Apóstoles que existe en el Convento de San Agustín, por ser las figuras de tamaño natural y maderas incorruptibles y estar vestidas con mucho gusto.

VIERNES SANTO: SERMONES Y GRAN PROCESION

En horas de la mañana comenzaba el ceremonial con una procesión interior de caballeros que llevaban banderas rojas, entregaban la hostia consagrada para la comunión del sacerdote y luego regresaban a los asientos; todos en silencio absoluto pues los asistentes se recogían a orar. A las doce del día comienzan las “Tres Horas» o el Sermón de las siete palabras, a cargo de varios sacerdotes con fama de oradores sacros, sermones que concluyen con la muerte de Cristo a las tres de la tarde, hora en que no quedaba un alma en las calles y todo se detenía y enmudecía.

A las seis volvía el concurso de gentes a salir, para concurrir a la mejor y más solemne procesión de Semana Santa que arrancaba desde el templo de Santo Domingo, donde se realizaba una pintoresca ceremonia llamada del «Descendimiento».

CACHETADAS AL GRANEL Y MIL PERIPECIAS EN EL DESCENDIMIENTO

El Altar Mayor se prendía con profusión de velas y al fondo y lentamente aparecían tres cruces, siendo mayor la del medio, que estaba vacía. A los lados yacían colgados con sogas, un indio a la izquierda y un blanco a la derecha, en paños menores, simbolizando a los dos ladrones. Un predicador rememoraba la llegada de Nuestro Señor al Calvario y entonces se oían martillazos y dos legos clavaban un Cristo de madera de tamaño natural en la cruz vacía. Los ruidos retumbaban en el templo y la gente sollozaba humildemente. Luego se hablaba de la muerte de Cristo, estruendosos sonidos simulan truenos y los dos legos trepaban a la cruz para bajar el crucifijo clavado; el sacerdote volvía a hablar, indicando la hora del descendimiento. Ya los legos bajaban el crucifijo y lo enseñaban al público, que gritaba jadeando de angustia, oportunidad que aprovechaban las mujeres para cruzarse el rostro con despiadadas bofetadas, a cuál más fuerte, provocándose un tumulto de feria, realmente impresionante.

Terminada una segunda exposición se ponía a Jesús muerto en una parihuela y todos abandonaban el templo pues afuera esperaban mil «Almas Santas» con gorros mucho más elevados que los que usaron días antes y de los cuales caían multitud de «cintas de colores. Las mujeres iban adoloridas y contusas y con los rostros enrojecidos por los golpes que se acababan de propinar en honor a Dios.

La marcha arrancaba con el Cristo, las almas Santas y una parihuela en la que aparecía un grupo escultórico formado por Cristo victorioso sobre un esqueleto horripilante que simbolizaba a la Muerte, seguido de varios sacerdotes vestidos con ornamento y portando emblemas de la pasión dibujados en cartulinas de colores, luego un largo cuchillo con la oreja del soldado, cortada por San Pedro. Un gallo trepado en un palo con el pico abierto en señal de estar cantando. La bandeja de plata con las treinta monedas de Judas. Los clavos, la corona de espinas y un látigo, todo encima de un palo a guisa de bandera; en fin, sería largo enumerar tantos por menores que lucía este grupo de clérigos, acompañados de músicos indígenas con vestidos y máscaras moradas, cuyos instrumentos estaban cruzados de cintas de lutoy tocando sones andinos, de preferencia,  música triste y del lugar.

Entonces volvía a desfilar Jesús y Don Simón Cirineo sobre parihuelas. Detrás caminaba el Alcalde de Primer Voto del Cabildo, todo de terciopelo negro y con sombrero de plumas, con una bandera negra con cruz roja que arrastra por el suelo en señal de duelo. Enseguida sus esclavos negros, vestidos con traje azul de cuello y puños amarillos, pantalón celeste con raya amarilla y una escarapela al pecho de este mismo color. También caminaban sacerdotes con crucifijos en las manos y los alumnos de los Colegios, para dar paso al Alcalde de Segundo Voto con bandera arrastrando; enseguida desfilaban numerosas personas vestidas con profusión de colorines, con palos, sables, espadas y cachiporras y para finalizar un gran concurso de hombres del pueblo, casi todos indios con faroles, simbolizando los soldados que apresaron a Jesús en el Huerto de los Olivos y que, al pasar por una calle que tiene la zanja abierta, se caían estrepitosamente al fondo, ensuciándose con aguas servidas, mientras el populacho reía a mandíbula batiente de este «justo castigo».

El ejército, la milicia y la policía en correcta formación y con uniformes de gala. Los Oficiales con sombreros bicornios con plumas, charreteras y chaquetas entorchadas, así como pantalones de fantasía y botas.

Los Canónigos, el Obispo Arteta y Calisto, y una parihuela con la Santa Virgen cerraban la noche. Todo era silencio, nadie hablaba, la procesión era muda. Se calcula que desfilaban más de cinco mil cirios en tres horas, de a dos en fila.

DOMINGO DE PASCUA: PROCESION DE LA RESURRECCIÓN

Se iniciaba a las cuatro de la mañana y salía de la Catedral. A las cinco era el vuelo de campanas que anunciaban a Nuestro Señor, que había revivido y salido del sepulcro, ascendiendo en cuerpo y alma a los cielos. Este día se realizaba la feria y no había quidam que permaneciera en casa. A las once se bebía colada morada de maíz y se probaba el rico pan de pascua, dulce, con «toctes», (1) frutas secas confitadas y una que otra uva pasa. ¡La Semana Santa quiteña había concluido!

(1) Toctes son las nueces silvestres que se producen en la sierra del Ecuador. Su cáscara es durísima de romper, pero el interior tiene un fruto cuya forma y sabor son muy semejantes al de las nueces europeas. Nota del Autor.