126. El bello sexo guayaquileño

El 25 de Julio de 1822 el Libertador San Martín desembarcó en nuestro puerto y fue aclamado por el pueblo. Un batallón le rindió honores en el malecón. Bolívar lo esperaba al pie del Cabildo, de gran uniforme, rodeado de lo más brillante de su Estado Mayor, se acercó y le abrazó, exclamando:

—»Al fin se cumplen mis deseos de ver y estrechar en mis brazos al Gran General San Martín. «

—»Igualmente», replicó el argentino, que siempre fue parco al hablar.

Ambos subieron las gradas y pasaron al salón de recepciones acompañados por numerosos civiles, militares y religiosos. Un grupo de matronas aplaudieron lucidamente y Carmen Garaycoa Llaguno, joven de escasos años, muy amiga de Bolívar y a petición de éste, ciñó la frente de San Martín con una corona de laurel, de oro esmaltado.

—»No lo merezco señorita», contestó él, ruborizado, por el honor que le dispensaba el bello sexo porteño. «Otros le merecen más que yo. Creo; (se quedó mirando fijamente un momento a Bolívar, que nunca esperó tal contestación y se volvió intensamente pálido) pero, en honor vuestro, la guardaré por el sentimiento patriótico que la inspira y por las manos que me la ofrecen, como recuerdo de uno de mis días más felices». Y con este corto discurso terminó el acto, pasando ambos líderes al corredor, lejos de los edecanes, donde tomaron el fresco de la mañana y dijeron cosas sin importancia, porque fue después del almuerzo cuando se inició la discusión. 

 

ALGUNAS RELIGIOSAS PORTEÑAS

Muchas han sido las damas del Guayas que buscaron la paz espiritual en la vida religiosa. Quizá la más antigua que se conoce fue Antonia Maldonado Verdugo y Gaitán, llamada en religión María del Espíritu Santo. Dicen las crónicas que después de muchos años de vivir en Lima murió con fama de santa el día 17 de agosto de 1.709. Otra fue Catalina de Jesús Herrera – Campuzano profesó en el Coro del Monasterio de Santa Catalina en Quito y dejó escrita una rara obra titulada «Secretos entre el alma y Dios», donde relata su vida rica en experiencias imaginativamente sobrenaturales.

Años después y ya en la república, Mercedes de Jesús Molina y Ayala, natural de Baba, hoy conocida como «La Rosa del Guayas», viajó al Oriente ecuatoriano. Antes había llevado en Guayaquil una vida de oración y caridad para los pobres y después fundó la Orden de las Madres Marianas. Narcisa de Jesús Martillo Moran frecuentaba la Iglesia de San José de los padres jesuitas y tras una existencia intachable entró de simple seglar en el convento del Patrocinio de Lima donde murió joven y en olor de santidad a causa de “fiebres” por sus fuerzas muy disminuídas.

Otras monjas célebres fueron Inés Murillo y Virginia Vergara y Molina; ésta última sobrina de la Rosa del Guayas: Ambas profesaron en Cuenca, en el Convento de las Carmelitas Descalzas donde fueron abadesas. Juana del Carmen Roca e Ignacia Molestina, primas entre sí, ingresaron en Lima y Santiago respectiva.

DAMAS DE MUCHA FILANTROPIA

Josefa Anzoátegui y Anzoátegui legó una fuerte cantidad para la fundación de un Instituto de enseñanza artesanal que aún funciona bajo los auspicios de la Sociedad Filantrópica del Guayas.

Baltazara Calderón de Rocafuerte legó en su testamento una más que considerable suma para escuelas y obras pías.

Angelina Matheus mejoró el templo de San Francisco y María Natividad Murillo construyó dicho convento y lo entregó a la comunidad franciscana pero ambas obras se quemaron para el Incendio Grande en octubre de 1.896.

Mercedes Calderón de Ayluardo dejó dos casas y una hacienda para el Asilo que lleva su nombre y la educación de jovencitas pobres de Guayaquil. Clementina Roca Marcos de Peña entregó su cofre de joyas al Obispo Heredia (incluyendo su valiosísimo rosario de rubíes) para que lo venda y con su producto haga caridades.

Jesús Pereira de Galecio obsequió el reloj de la torre de la Iglesia de San Alejo con su correspondiente campana y dotó de camas y su consiguiente menaje a la primera sala de maternidad que tuvo la ciudad y funcionó en el interior del Hospital General. Con su esposo Manuel Galecio Ligero donaron una fuerte cantidad para que la Beneficencia construyera y administree una escuela para huérfanos.

Josefa Vivero de González regaló al Cuerpo de Bomberos una bomba a vapor y mandó a construir el edificio del depósito frente al malecón. Benigna Pareja de Macías socorría a numerosos necesitados.

Rafaela Valdez Concha entregó millones a la Orden salesiana para la construcción de un Instituto de enseñanza técnica y artesanal hoy conocido como la Universidad Salesiana.