125. Las Guayaquileñas

  1. ISABELITA MORLÁS QUIERE BAILAR

La tarde del domingo 1 de octubre de 1820, José Villamil y José de Antepara fueron a visitar a Pedro Morlás, tesorero de las Reales Cajas de Guayaquil, cuyo domicilio era antiguo al de Villamil, en el malecón. Serían como las tres, cuando apareció en la sala de la joven Isabelita Morlás Tinoco, hija del dueño de casa, quejándose porque no tenía que hacer, oportunidad que aprovechó Villamil para decirle:”Esta noche bailará Ud.” y dirigiéndoselo a Antepara le pidió que fuera a decirle a su esposa, Ana Garaycoa de Villamil, que invitará a unas cuantas parejas y preparará la sala pues a las ocho comenzaría la fiesta con violines y mandolinas. Y por mucho que el amoscado don Pedro quiso zafar a su vecino del compromiso, no lo consiguió. Cuando al poco rato Villamil llegó a su domicilio, vio que Antepara tenía preparada una salita en el fondo o canon de la casa, con una mesita llena de bebidas excitantes. ¿Y esto qué es? Esto se convertirá en la fragua de Vulcano, fue la respuesta. Efectivamente, esa noche los conjurados juraron vencer o morir pues la empresa de hacer la revolución para dar independencia a la ciudad se presentaba asaz difícil y del todo arriesgada. Ajena a estas preocupaciones, esa noche la inocente Isabelita bailó y fue enamorada por el joven capitán León Febres-Cordero, recién llegado de Lima, que al triunfo de la revolución se hizo cargo de las Milicias Disciplinadas. Véase la Reseña de José de Villamil.

  1. LA “CHINITA“ MORA Y LA REVOLUCIÓN DE LAS LANCHAS CAÑONERAS

En 1821 la joven Jacinta Mora arrendaba un departamento bajo en el cañón de la casa de la familia Elizalde (malecón y Elizalde esquina). José de Villamil y los suyos vivían al lado, por el malecón. El jefe militar de la plaza, Col. José Antonio Morales y Galavís, todo fue conocerla y prendó de ella, la cortejó y vivieron un cálido romance durante varias semanas, hasta que la Chinta se le escapó con el joven y guapo Tte. Ramón Oyague, miembro de la Marina y dies años menor que Morales, qué la escondió en un departamentito de la calle del comercio, convertido en nidito de amor para la luna de miel. Pero Morales los descubrió y como estaba enamoradísimo no tuvo empacho en ir donde su amigo Manuel Antonio de Luzárraga, jefe de Oyague, para que interviniera y le devolviera la muchacha. Luzárraga cometió el error de aceptar el encarguito, llamó al joven a su presencia y lo conminó a devolver a la Chinta, pero como este estaba belicoso le contestó con insolencia, ganándose una sonora bofetada veinte días de arresto. Entonces la Chinta, para escapar de Morales, que la perseguía con insistencia, cambio de escondite. El Col. López de Aparicio aprovechó el resentimiento de Oyague y muy hábilmente lo conquistó para una contrarrevolución realista. .La revolución de las lanchas cañoneras en la ría, con Oyague a la cabeza, dejó varios muertos y heridos en el malecón de Guayaquil. La Chinta fugó a Panamá con Oyague, contrajeron matrimonio, tuvieron hijos y fueron felices. Véase la obra de José el Gabriel Pino Roca.

  1. TOMASA BRAVO Y SU HIJA SIMONA SUCRE.

Frente a los Elizalde -ese año 1821- alquilaba un departamento abajo en la casa de los Bernal, la joven Tomasa Bravo, natural del partido de Yaguachi, viuda y madre de un niño de tres añitos, llamado Manuel Castillo Bravo. El vecindario jamás había dudado de su virtud hasta que cierta tarde el general Antonio José de Sucre -bajando de la casa de sus amigos, los Elizalde, para dirigirse a la botica del frente, del Dr. Mariano Arcia, en cuya vereda funcionaba un mentidero de todo el barrio se la encontró a Tomasita y quedó flechado. El héroe la cortejó y fue correspondido. En agosto viajó a la campaña de la sierra, que terminó con la derrota del segundo Huachi por culpa de un error táctico del general Mires, dejando a Tomasita embarazada de la niña Simona Sucre, criada por su madrina de bautizo, Angelita Elizalde Lamar, con mucho afecto. Existen cartas de Sucre rogándole al general Vicente Aguirre Mendoza, su amigo de años, que se hiciera cargo de la niña, la cual fue llevada a Quito y entregada a un convento para su educación, pero nada más se conoce. Se dice, sin prueba alguna, que murió anciana y monja sin haber salido nunca del claustro. Tomado de Angel Grisanti.

LA INDEPENDENCIA

PRIMERA PARTE

  1. ANGELITA ELIZALDE, LA VIUDA VIRGEN

En la misma casa de la calle Elizalde, vivía soltera Angelita Elizalde La Mar, con sus padres y hermanos. Diez años más tarde de la revolución de Oyague, su tío carnal, el gran Mariscal y José de La Mar y Cortázar, la pidió en matrimonio pues estaba viudo y sin hijos de Gregoria Rocafuerte y Bejarano. La boda se realizó en Guayaquil por poder y hasta con copita de champán. La Mar acababa de ser de depuesto de la presidencia del Perú y permanecía desterrado en Costa Rica. Su sobrina y esposa lo fue a buscar, con tan mala suerte para ambos, que cuando arribó a centro América el gran Mariscal acababa de fallecer a consecuencia de un mal del hígado. Angelita regresó a Guayaquil cariacontecida y sin el cadáver. Muchos años después, cuando ella falleció, fue vestida de blanco, con corona de azahares en la frente y una palma de virtud en las manos, a la usanza de las vírgenes y mártires romanas durante las persecuciones a los cristianos. Éstos amores castos han sido recordados relatados por José Gabriel Pino Roca.

  1. CARMENCITA ARBELÁEZ Y LOS VELOS DE LA VIUDEZ

En la noche del 9 de octubre los próceres se tomaron los cuarteles de la ciudad. De la caballería era jefe el teniente Coronel Joaquín Magallar, español de nacimiento y próximo a contraer matrimonio con Carmencita Arbeláez y Morillo, del señorío guayaquileño. Al escuchar ruidos en el patio comprendió que eran asaltados y bajo gritando: “A las armas muchachos”, pero fue muerto de un pistoletazo en el pecho, que le disparó el capitán Luis Urdaneta, acompañado de los sargentos José Vargas e Isidro Pavón. Al siguiente día cuando en las calles todo era algarabía, los gritos de contentamiento, vivas a la patria y las campanas echadas al vuelo anunciaban la libertad, personas caritativas recogieron el cadáver del desventurado joven y lo llevaron a la casa de su novia Carmencita, donde se veló casi en secreto, con las ventanas cerradas y sollozos quedos. Demás está decir que Carmencita se pasmó para el amor pues no se le conoció un nuevo nuevo romance y en las madrugadas se le veía triste y desmañada para ir a misa, con la mirada baja y siempre vestida de luto hasta que murió casi centenaria. Tomado de Camilo Destruge y Archivo Robles.

  1. “MI BELLA ESPOSA ANITA” Y LA BANDERA DE GUAYAQUIL

Junto a los Elizalde para el lado del malecón, como ya se dijo vivía la familia Villamil, compuesta del prócer, “su bella esposa Anita” -como él solía llamarla— sus hijos. Pero desde el baile del 2 de octubre de 1820, programado para llevar a cabo la revolución, todos andaban nerviosos. En la misma salita donde José de Antepara fundó lautarina Estrella de Guayaquil con el nombre simbólico de “La Fragua de Vulcano” febrilmente cortaba doña Anita las telas de colores celeste y blanco, las cosía, y pegaba las estrellas blancas en la franja celeste del medio, que sería bandera revolucionaria. Y cuando triunfó la revolución y el pueblo se dirigía en bulliciosa manifestación hacia la Municipalidad, ella se asomó al corredor y les arrojó el lábaro, que fue la primera bandera que tuvo la provincia Libre de Guayaquil. Véase la historia de JLR.