122. Olmedo y la revolución de octubre

El doctor Silva murió en el Perú en 1.816 de Obispo electo de Huamanga, por designación de las Cortes de Cádiz y con apoyo de su primo Olmedo, que de protegido  pasó a la categoría de protector ¡Así es la vida!

Desde ese año Olmedo vivió en Guayaquil y pasó largos períodos en su hacienda cercana a Babahoyo dedicado al estudio literario y a la vida campestre porque el desempeño profesional no le atraía lo suficiente como para retenerlo en el puerto. Había contraído matrimonio de treinta y siete años de edad con su sobrina tercera Rosa de Ycaza Silva, hija de su prima segunda Rosa de Silva y Olave, hermana del protector de antaño. De este matrimonio nacerán tres hijos ¿En qué momento cambiará sus ideas políticas y se transformará en un insurgente americano?

Y así llegó el 9 de octubre de 1.820 que a muchos tomó por sorpresa y entre ellos a Olmedo, porque aunque ya se veía venir la revolución a estas tierras calientes, nadie se imaginaba que sería tan rápida su llegada. Al ser designado en el Cabildo Abierto de ese día para las funciones de Jefe Politico de la provincia, se posesiono al dia siguiente y convoco al Colegio Electoral para el 11 de noviembre, con tal motivo elaboró con José de Antepara «el Estatuto Provisorio» o Constitución de Guayaquil; oficializó la bandera celeste y blanca, tomada de la  de las Provincias Unidas del Río de la Plata, organizó la administración, pidió auxilio al norte y sur y puso en su sitio al revoltoso Gregorio Escobedo, que alzado a mayores pretendía impedir la instalación del Colegio Electoral instalando el día de la inauguración unas culebrinas o cañoncitos en el malecón con frente al edificio del Cabildo. Esta sola actitud, una de las más audaces de su trayectoria política, le sitúa a la altura de los primeros demócratas de América pues impidió que nuestra revolución fuese traicionada al mes de su nacimiento por un militar mediocre y corrupto. Ese día destituyó a Escobedo de la jefatura Militar de la Plaza, medida que asumió sin mayores tropiezos porque le apoyaba el pueblo.

OLMEDO Y BOLIVAR

Mientras tanto dio inicio a la campaña libertadora que finalizó en Pichincha el 24 de mayo de 1.822.  Guayaquil quedó empobrecida con la guerra. Bolívar y San Martín vinieron a anexar esta provincia, arribando primero Bolívar que fue recibido por la Junta de Gobierno compuesta por Olmedo, Francisco María Roca y Rafael de la Cruz Jimena.

El Procurador Síndico del Cabildo y prominente miembro del partido «colombiano» Leocadio de Llona y Rivera le dio la bienvenida con efusivas frases y pidió la inmediata anexión de Guayaquil a Colombia. Bolívar contestó con palabras duras y pasó por alto a los miembros de la Junta que se retiraron indignados a sus domicilios por las veladas acusaciones de querer dividir a la Patria. Bolívar envió a su Edecán a visitar a Olmedo y le expresó su sentimiento por la falta involuntaria que había cometido al no mencionar a los miembros, debido a que no conocía a Roca ni a Jimena y estos no llevaban en sus trajes los distintivos especiales que los diferenciase. Había dicho Bolívar. Esta explicación es para Olmedo solamente; en quien respeto su genio y no su empleo ¡Mayor grosería para los demás!… Y claro, la frase se conoció en la ciudad y obligó a Roca y a Jimena a tomar rumbo hacia Puna, pero Olmedo se quedó algunos días más tratando que el Colegio Electoral se enfrentara a Bolívar y revocara la forzada anección pero no encontró el ambiente propicio para una medida de esta naturaleza y solo se alejó de Guayaquil el 29 de Julio.

Así terminó la Provincia por obra del genio unitario de Bolívar que no aceptaba federalismos, por la demora de San Martín en llegar a nuestro puerto y por las frases del Procurador Llona, que se salió con las suyas después de todo, y hasta tuvo la bajeza de solicitar un juicio de residencia contra los tres miembros de la Junta de Gobierno.

Olmedo jamás quiso anexar Guayaquil a ningún estado limítrofe como se le ha querido imputar, siempre pensó en una Provincia libre, fuerte y soberana, capaz de abastecerse a sí misma sin necesidad de contar con sus vecinos.

EL CANTO A JUNIN Y EXALTACION DE AMBOS

En 1.823 el Perú le designó diputado por el departamento de Puno y como tal firmó la primera Constitución peruana, de donde viene el equívoco de creerlo nacionalizado, lo que jamás aconteció.

Poco después viajó como delegado del Perú a Quito a fin de entrevistarse con Bolívar y pedirle auxilios para continuar la campaña libertadora en el sur. Ambos se abrazaron, olvidaron antiguas rencillas y para rubricar esta nueva amistad, cuando triunfaron las armas patriotas en las llanuras de Junín, Olmedo sintió que su dormida musa despertaba a los sones épicos de la batalla y compuso su célebre «Canto a Bolívar, La Victoria de Junín» que “ha unido sus nombres para la eternidad.”

Este Canto épico, quizá el más grande que se ha escrito en América por la perfección y belleza literaria de sus imágenes, enlaza las batallas cumbres de Junín y Ayacucho mediante la aparición del Inca Huayna Capac, arbitrio que según Andrés Bello fue felizmente logrado y con habilidad consumada; pues, con esa ficción, se logra la unidad de la obra, a pesar de que tratade dos acontecimientos militares distintos.

OLMEDO Y LORD BYRON

Se ha venido discutiendo nuevamente sobre si la estatua que esta frente al Club de la Unión representa a José Joaquín de Olmedo o si es Lord Byron.

El supuesto parecido con Byron nunca ha sido demostrado a pesar que sería sencillo tomar una fotografía de algún óleo del poeta inglés y compararla con el rostro de la estatua. Entonces surge la pregunta siguiente: ¿De dónde se origina la conseja de afirmar que la estatua es de Lord Byron? ¿Será porque el inglés era cojo y el personaje de la estatua está cómodamente sentado y leyendo unos papeles? Argumento tan deleznable no es suficiente para una afirmación tan rotunda… ¿Quizá porque siendo Olmedo poeta y no pareciéndose esta estatua al retrato tradicional que de él tenemos los guayaquileños, alguien dijo y luego se ha repetido constantemente, que la estatua representa a otro poeta y por estar sentado el personaje se la encajaron al único poeta cojo del mundo? Esto es más increíble, sin embargo, un asunto tan nimio y que nunca debió tener importancia, ahora viene a ser artículo de fe de algunos escritores y periodistas que hasta se han vuelto intransigentes.

LOS RETRATOS DE OLMEDO

Los retratos que se conservan de Olmedo son dos fundamentalmente. El uno de juventud cuando solo tenía alrededor de diecisiete años y vivía en Lima y el otro de vejez y enfermedad, aunque debieron existir algunos intermedios, pero el Incendio grande que todo lo quemó en Guayaquil el 5 y el 6 de octubre de 1986 nos ha dejado este vacío iconográfico, y es una lástima porque de tener a mano más retratos no estaríamos discutiendo.

Los retratos: Juan Alfredo lllingworth Baquerizo poseía en su hogar un medallón con la efigie de Olmedo joven. Es una miniatura con marco metálico de color dorado. Su interior está pintado al óleo y contiene el rostro agradable de un joven inteligente con pelo rizado y a la moda, tal como debió ser Olmedo en sus años de estudiante en Lima, cuando era invitado a banquetes, bodas y agasajos para que deleitase a la concurrencia con brindis y poesías, muy al gusto de la época.

Este medallón tiene grabado en el anverso el nombre de Virginia y perteneció a Virginia de Olmedo Ycaza, la hija del poeta, quien falleció soltera y sin descendencia. Posteriormente el medallón pasó a poder de Ana Luz Ycaza de lllingworth, luego fue de Roberto lllingworth Ycaza. Se conoce otro medallón igual que perteneció a Rosa Perpetua de Olmedo Ycaza, la otra hija del poeta, llamada cariñosamente por él «Mi Rosita de Ayacucho» en memoria de esa batalla; y que ambos fueron mandados a pintar por Olmedo, copiados posiblemente del retrato que él envió a su hermana Magdalena de Olmedo Maruri, después señora de Paredes, cuando le remitió el poema «Mi retrato», donde se describe en los siguientes términos que concuerdan en todo con el medallón:

… mi cabello no es rubio

pero tampoco es negro

la frente es espaciosa

las cejas bien pobladas

y debajo unos ojos

que es lo mejor que tengo

ni muy grandes ni muy chicos

ni azules ni negros

son grandes las narices

y a mucho honor lo tengo

la boca no es pequeña

ni muy grande en extremo

el labio no es delgado

los dientes son muy blancos

cabales y parejos

y de todo me río

para que puedan verlos

la barba es algo aguda

pero con poco pelo.

Es un Olmedo gracioso, diáfano, alegre y juvenil el que se retrata en el poema y en las miniaturas y como ambos concuerdan perfectamente en la descripción, debemos aceptar que Olmedo fue un joven culto y simpático en extremo, que cuando maduró bien pudo tener el rostro de la estatua que está frente al club de la Unión, donde aparece cuarentón, algo entrado en carnes, de porte distinguido y bien acicalado, etc., justo el Olmedo que debió encarnar la revolución del 9 de Octubre de 1820, año en que nuestro poeta acababa de cumplir sus treinta y nueve abriles bien vividos y viajados. La moda, el ropaje del poeta, igualmente son los que se usaban en América por esa época. A mayores datos sabemos por cartas que a Ballén no le agradaba el rostro de la estatua por su “poco parecido” y al escultor Falguieres que la hizo por ser un personaje sedente, cuando él hubiera querido modelar un Olmedo de pié.

Aparte de este medallón y de la estatua frente al Club de la Unión ya descritos, existen otras efigies de Olmedo en Guayaquil. Veámoslos: Hay en el Museo Municipal un busto en bronce; y en la columna del centenario de la independencia una estatua de cuerpo entero igual de bronce. Entre ambas existe un enorme parecido, de donde supongo que pueden tener un mismo origen. También varios retratos al óleo. Hacia 1955 el maestro Mario Kirby pintó por encargo de la Municipalidad un óleo que el Alcalde Guevara Moreno envió de regalo al Cabildo de Quito. Kirby volvió a pintar a Olmedo a pedido de dicho Alcalde para tenerlo en su despacho, pero poco después se obsequió ese cuadro y cuando la Municipalidad de Guayaquil quiso honrar a los triunviros el 6 de marzo (Olmedo, Roca y Noboa) también le encomendaron esos óleos a Kirby, de suerte que es autor de lo menos tres óleos de Olmedo. En 1976, a mi paso por la concejalía del Cantón, hice colocar los óleos de los triunviros en la llamada sala de sesiones, desde entonces conocida como «Salón de los Triunviros» por resolución municipal; hubo que reponer el óleo de Olmedo que había estado en la Alcaldía y se contrató a Vicente Ortega Herrera, quien copió la obra de Kirby con enorme éxito, a decir de personas entendidas en la materia. Tanto los retratos como las estatuas se han inspirado en una vieja fotografía de Olmedo, uno de cuyos ejemplares se conserva en él Museo Municipal y otro debió servir en 1848 al célebre polígrafo argentino Juan María Gutiérrez para la primera edición de las obras poéticas de Olmedo que imprimió ese año en Valparaíso, donde se reproduce dicha foto, en la que el poeta aparece demacrado y macilento. Este Olmedo enfermo y avejentado, de no más de ciento diez libras de peso, es el que ha pasado a la posteridad, puesto que la fotografía de 1847, reproducida en Valparaíso para Gutiérrez, dio la vuelta al mundo en las siguientes ediciones que fueron: la segunda en París 1853; la tercera de 1862 impresa en México por el poeta peruano Manuel Nicolás Corpancho; la cuarta, de París, 1896, con prólogo de Clemente Ballén y Millán y costeada por su cuñado Crisanto Medina. Para finalizar, hay que añadir que la traducción de las poesías al francés efectuado en 1904 por Víctor Manuel Rendón Pérez, igualmente se reproduce dicha fotografía. ¿Entonces qué nos puede admirar, si al ver a un Olmedo joven, dudamos que sea el mismo viejo, flaco y enfermo al que nos han acostumbrado?

Entre la inauguración de ambas estatuas (la que está frente al Club de la Unión y la de la Columna del Centenario) transcurrieron casi cuarenta años, la primera en 1892 y la del centenario en 1920, mientras tanto hubo el incendio grande (1896) que casi todo lo quemó. Por ello fue que los miembros del Comité de la Columna del Centenario, al no tener a mano algún óleo de Olmedo joven, tuvieron que enviar a París la clásica litografía tomada de sus obras poéticas. Cosa muy explicable y comprensible.