YEROVI PINTADO JOSE MARIA

ARZOBISPO DE QUITO.- Nació en Quito y fue bautizado el 12 de Abril de 1819, hijo de Joaquín Yerovi y Camacho, agricultor y de Josefa Pintado y Fajardo, miembros de la clase media de la capital.
En 1825 ingresó a la escuela que regentaban los padres mercedarios. En 1830 pasó al Convictorio de San Fernando y cuando cursaba el tercer año de secundaria intervino en un certamen literario junto a Lorenzo Espinosa – escogidos por ser los mejores estudiantes de la clase – En 1.835 rindió el grado de Maestro de Filosofía y por sus altas calificaciones fue exonerado del pago de derechos. En la Universidad siguió la carrera de abogado. En 1840 fue Bachiller en Jurisprudencia y se matriculó en la secretaría de la Corte Suprema para iniciar la práctica forense. En 1843 se doctoró en ambos derechos -.civil y canónico.- y el criterio que obtuvo dice: “el Dr. José María Yerovi es un joven de conducta bien arreglada, por cuya recomendación goza del mejor concepto público”.
Uno de sus biógrafos comenta: “leía alguna obra de Voltaire, tocaba la vihuela, pero la desencordó por creerlo un instrumento profano, siendo la música una de sus distracciones predilectas. Era un espíritu alegre y regocijado, con tal cual dejo de melancolía en ocasiones”.
Terminados los estudios se dio a una vida un tanto disipada de paseos, bailes y licores. Un día fue invitado a conocer el lago de Cuicocha en la provincia de Imbabura, hasta donde viajó con algunos compañeros; llegaron “algo chispos,” encontrando dos balsas, una vieja y otra nueva, esta última fue tomada por la mayoría que se lanzó a atravesarlo para llegar hasta una islita que está al medio. Yerovi y un compañero se quedaron en la orilla pero arrepentidos tomaron la balsa vieja y consiguieron llegar a la isla. Su compañero saltó primero y sin querer la empujó, haciéndola zozobrar. Yerovi cayó al agua y al ver las aguas teñidas de rojo por los rayos de sol del ocaso y creyéndose en el infierno, se espantó y tembló, no pudiendo volver a la balsa por más esfuerzos que hacía, hasta que lo rescataban aterrado con el rostro desencajado y sin poder articular palabra. Bien se ve que no sabía nadar y estaría algo tragueado.
Al día siguiente dio por terminado el paseo y regresó a Quito “decidido a abrazar el estado religioso para salvar su alma”. El padre se opuso pero no le importó porque encontró apoyo en la madre “que convino gustosamente en su ordenación”, por aquello que se ha dado llamar a las mujeres como “El sexo devoto”.
En 1845 pidió al Arzobispo Arteta y Calisto el ingreso al sacerdocio y éste le contestó que “sería de insigne beneficio a la iglesia.” Hechos los ejercicios espirituales y rendido el examen sinodal fue ordenado en Quito y enviado en Enero de 1846 de Cura interino de Guano y allí permaneció hasta Diciembre, que se trasladó al Curato de Pomasqui, más cercano a la capital, donde colaboró con el Dr. José Chica en la fundación del periódico de la Curia quítense llamado “El Monitor Eclesiástico”.
Dos meses después fue designado Capellán de las monjas Conceptas de Ibarra y en 1850, en calidad de Diputado suplente por Imbabura, asistió al Congreso, pero no sobresalió porque su timidez se lo impedía. En 1853 el nuevo Arzobispo Francisco Javier Garaycoa comentó que Yerovi era un “eclesiástico muy conocido por su moderación, tino y circunspección en el manejo del servicio de la Iglesia” y en el informe a monseñor Lorenzo Barili, Delegado Apostólico en Bogotá, afirmó “Eclesiástico digno de toda confianza por su saber y notorias virtudes”.
Por todo ello le nombró Vicario Apostólico de Guayaquil, hasta tanto fuere designado el nuevo Obispo pero Yerovi no estaba feliz pues aspiraba a un retiro espiritual y corporal más acorde con “su vocación al silencio” e hizo un solemne pacto con su amigo el Dr. Tomás Iturralde y Suarez de ingresar a la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri en Pasto; mientras tanto y solo por obediencia viajó a Guayaquil, donde le recibieron con mucho cariño, se alojó en el convento de los padres Agustinos, allí amistó con el padre Miguel Izurieta que hacía de Superior y actuó por espacio de algunos meses, enfermando por lo insalubre del clima. Repuesto de sus dolencias y sin despedirse de nadie una madrugada huyó silenciosamente dejando una carta en la que encargaba sus funciones. Esta decisión ha sido muy criticada pero se explica dada su vocación al ascetismo y porque siempre fue muy poquita cosa para el mundo por demasiado humilde y falto de carácter.
Como esto de la vocación al silencio iba acompañado del retiro de sus semejantes, desembocó como tenía que ser en un aislamiento casi continuo y en largos períodos depresivos que poco a poco fueron contaminando su ser pues dejó de alimentarse lo suficiente, rehuía toda comodidad corporal, hasta la más elemental como es la de tener un lecho para descansar por las noches prefiriendo el duro suelo, no reía, no comentaba los sucesos del momento, ni gozaba sanamente de los placeres del mundo ni de la naturaleza, prefería las celdas cerradas.
Sus biógrafos señalan que se alejó silenciosamente por barco a Tumaco para seguir a pie hasta Pasto y se hospedó en el Oratorio “cuatro meses en calidad de huésped,” aprendiendo el arte de la predicación apostólica, no encaminada a agradar sino a transformar e ilustrar las almas, profundizó sus conocimientos sobre Sagradas Escrituras y comenzó a martirizarse con silicio y disciplinas de hierro. De estos ocho meses en Pasto no se tienen mayores datos a no ser su ascetismo y misantropía neurótica.
En 1852 salió para una Misión y no volvió a Pasto donde las gentes le tenían por santo cosa que no le agradaba, pidiendo asilo en el Colegio misionero de San Joaquín de Cali; allí recibirá el hábito de novicio franciscano casi enseguida, pero el gobierno inició la persecución de sacerdotes y tuvo que salir, en esta ocasión con destino a Lima, enfermo y aquejado de calenturas intermitentes, pues ya le había comenzado la tisis, viajando parte a pié y parte en barco como pasajero de tercera.
En Octubre de 1856 ingresó al Colegio de María de los Angeles de Lima donde hizo su profesión de votos simples en la Orden franciscana y recibió varias comisiones para practicar visitas.
En 1864 se enteró que había cesado la persecución religiosa en la Nueva Granada y acompañado de varios padres decidió volver a Cali para restablecer el convento y allí vivieron varios meses pero los avatares de las revoluciones de entonces lo obligaron a retornar a Lima, expulsado por segunda vez de la Nueva Granada.
En 1861 García Moreno había sido electo Presidente del Ecuador y como era su amigo personal obtuvo que la Asamblea Nacional lo designe Administrador Apostólico de Ibarra, pero el agraciado no se interesó en ello y siguió en Lima hasta 1865.
Ese año fue nombrado Obispo Auxiliar de Quito donde gobernaba monseñor José María Riofrío, que aunque manso pastor ya no sabía cómo seguir soportando las intromisiones, intemperancias y las groserías del ejecutivo en los asuntos propios de la Iglesia. García Moreno le tenía puesto el ojo como vulgarmente se dice y hasta lo había multado junto a varios canónigos por no haber asistido a una función eclesiástica a la que estaban obligados por sus investiduras, en otra ocasión el manso señor Riofrío se había opuesto a que el feroz tirano enviara desterrados al Napo a varios sacerdotes seculares acusados del feo delito de ser liberales. Desde entonces García Moreno se expresaba muy mal de Riofrío a quien acusaba de ser un sujeto pueblerino – provinciano de Loja – por tener gallos y gallinas libremente en los patios del Palacios a fin de servirse huevos de postura, claro está, en medio del canto molestoso de las desaforadas aves. A su amigo Ignacio Ordóñez escribió García Moreno que el tal Arzobispo era tan pobre de ánimo, de ciencia y de carácter que no sirve ni para superior de un convento de monjas (sic.) y pensaba que con Yerovi, quien era famoso porque la gente decía que vivía casi fuera de este mundo, tendría una mejor relación.
Primero estuvo Yerovi de paso por Guayaquil donde rehusó toda manifestación social permaneciendo en el barco que le había traído hasta bien entrada la noche y al siguiente día muy temprano, sin que nadie se apercibiera, partió a Babahoyo y como si fuera un peregrino medioeval, impertérrito, continuó a pié y siempre de incógnito hacia Quito, sorprendiendo a sus hermanos franciscanos al presentarse en el convento de San Diego. Durante el viaje pidió de caridad para alimentarse y se acostaba en el suelo, en míseras chozas y pasando frio y otras penalidades arropado únicamente con el manto franciscano. Llegó, pues, sin maletas, con lo puesto, que estaba sucio, hediondo y roto, lo que se dice, convertido casi en un mendigo; por eso cuando arribó a Ambato y se presentó ante el Párroco, éste no le reconoció y solo le ofreció un depósito de paja, aunque luego le tuvo en el segundo piso de la casa conventual. Al pasar por Machachi le recibió su cuñado el Dr. Manuel María Bueno junto con la autoridad civil y el párroco, luego se enteraron que el religioso no usó la cama si no el suelo.
El Quito visitó a su madre a quien no veía en años, luego estuvo donde su hermana Josefina y pidió ver a una sobrinita a quien no conocía. Cuando se la trajeron la tomó el brazos y al saber que se llamaba Eloísa “entró en estado de gran angustia” Su cuñado pensó que se desmayaba y fue en busca de una medicina pero al regreso le encontró mejor y el tío – sacerdote le dijo: Esta niña será un modelo de virtud, mas no tiene un nombre cristiano. Volveré mañana para darle uno del Calendario Eclesiástico. Aunque a decir verdad, no regresó. Así era de raro.
García Moreno pidió para Yerovi el título de Arzobispo encargado del gobierno por renuncia y ausencia del titular pues requería de un hombre manso que no lo contradiga en sus actuaciones dentro de la Iglesia y que le permita seguir ordenando a su antojo y nadie mejor que Yerovi, quien vivía ensimismado en raptos rehuyendo responsabilidades y evitando el trato de sus semejantes.
El 25 de Septiembre de ese año fue preconizado Obispo de Cidonia y coadjutor del arzobispado de Quito, en solemne ceremonia realizada en la Catedral.
El 11 de Diciembre del 66 falleció en Quito Mr. John Neal Edward, Encargado de Negocios de Su Majestad Británica, de religión anglicana como es natural y su cadáver debía ser sepultado en lugar indicado por el gobierno, pero una equivocación de última hora hizo que el cortejo se encamine al cementerio católico, lo que fue oportunamente avisado a Yerovi, que se presentó ante el cortejo e impidió el entierro. El escándalo fue mayúsculo y puso de manifiesto su intransigencia al no permitir la sepultura de los diplomáticos no católicos fallecidos en la capital, de suerte que este vergonzoso incidente dio pié para que oficialmente se funde el cementerio no católico en Quito. Nada más se puede anotar de su gobierno eclesiástico, a no ser que vivía como fuera de sí, en constantes arrobos y cuasi delirios sintiéndose incómodo ante la corrupción del clero, hasta que meses más tarde, el 18 de Junio de 1867, enfermó tras probar una o dos cucharitas de helado de leche.
Ya por ese tiempo había presentado su renuncia para no seguir soportando los abusos y groserías del presidente, lo cual había comenzado a alterar su salud.
Llamado el Dr. Javier Eguiguren, calificó la dolencia como una simple colerina, es decir, un derrame biliar fácil de curar, cuando en realidad debió ser una fiebre paratífica, originada días atrás en la ingesta de algún alimento contaminado, de los pocos que se servía ya que vivía casi de perpetuos ayunos, practicando las reglas de la contra reforma católica del Concilio de Trento en el siglo XVI, que lo de la modernidad jamás entró a su inteligencia.
El día siguiente, 19 de Junio, el enfermo amaneció mejor pero dada su debilidad general producto de los reiterados ayunos, suplicios y mortificaciones a que se venía sometiendo desde catorce años antes (1853) sus fuerzas fueron decayendo y a las cuatro de la mañana del segundo día de enfermedad y sin poder siquiera levantarse del lecho donde reposaba, siendo el 20 de Junio de 1867, viéndose próximo a la agonía, mandó a entonar el Te Deum y falleció a las cinco – según se dijo entonces en olor de santidad – ante la consternación general de la población que lo respetaba por bueno y virtuoso, así se cumplió su profecía pues en varias oportunidades había manifestado que nunca llegaría a posesionarse del arzobispado y que le enterrarían con las bulas y bajo palio, lo que en efecto sucedió. Lo que no pudo siquiera imaginar es que lo sentaron vestido de pontifical y con la cara blanqueada con polvos de albayalde, para su retrato final, que se ha conservado mediante esa fotografía macabra y clásica del retrato ecuatoriano del siglo XX. Poco después se abrió el Proceso Canónico de beatificación que actualmente sigue su trámite y por allí andan corriendo unas hermosas estampas con su efigie a colores y algunas hasta con un pedacito de tela, que se dice está tomada de sus vestiduras originales.
Como pastor fue nulo en Guayaquil y en Quito por su humilde talante y tanto que a veces engañaba respecto a su alta calidad y merecimientos, pero edificaba por sus virtudes, ya que oraba y practicaba de continuo el ascetismo, rehuyendo el trato de sus semejantes y siendo reputado por todos como un sujeto huidizo. I a tal punto creció en vida su fama de santidad, que apenas se produjo su deceso comenzaron las beatas no solo de Quito si no también de otras ciudades de la sierra a ordenar la confección de su retrato para tenerlo en casa como verdadero santo al que debían encomendarse para solicitar milagros.
Cuando se le preguntaba respondía con tranquilidad, sencillez y dulzura. Casi nunca hablaba, haciéndolo sólo por estricta necesidad. De pequeña estatura, rasgos finos, contextura delicada, bastante trigueño, ojos negros y pequeños: pelo negro, grueso y lacio. El padre Compte, franciscano igual que Yerovi, le calificó en su obra biográfica de “producto selecto del mestizaje en América” refiriéndose a su tez.
Nunca dio que decir de su conducta, ni aun como estudiante universitario, cuando joven sano y feliz leía de todo para susto de mojigatos y pudibundos. Sus gobiernos en Guayaquil y después en Quito solo sirvieron de ejemplo a las almas piadosas dado que la elevación de sus miras lo alejaban totalmente de la realidad del mundo que le correspondió vivir convirtiéndole en un sujeto aparte.