VILLAVICENCIO GUERRERO:Juan F.


Don Juan Fernando de Villavicencio Conde del Real Agrado y Caballero de la Orden de Santiago, perteneció a la Villa de Riobamba, ejerciendo por algún tiempo el cargo de Contador de las Reales Cajas de Quito. Fue hijo del Dr. Rosé Anselmo de Villavicencio Torres y Maldonado y Dona Tomasa Péres Guerrero y Ontañón. Tuvo algunos hermanos, entre ellos don Vicente Villavicencio, quien desempeñó el cargo de Contador en las Reales Cajas de Cuenca, por mucho tiempo. Fue su cuñado Don José De Llarena, «hombre acaudalado, muy notable en aquella ciudad por su ciencia, y cuya familia vino más tarde a ser muy visible en los fastos revolucionarios de la Independencia». Don Juan Fernando Villavicencio se desposó en Nueva Granada con la ilustre Dama Joaquina de Berástegui, hija del Dr. Don Antonio de Berástegui, Oidor y Alcalde de Corte de la Real Audiencia de Santa Fe, y de Doña María Dávila y Caicedo. De este matrimonio nació Don Antonio de Villavicencio. El Oidor Berástegui ocupaba lugar destacadísimo en la Real Audiencia, por gran ilustración y sus dotes organizativos. Colaboró diligentemente con el Virrey Don Sebastián de Eslava, en defensa de Cartagena contra los ingleses; redacta la relación de mando o informe que obligatoriamente tuvo que presentar Eslava a su sucesor y lo defendió valientemente en el juicio de residencia que se le siguió, según expresa disposición de las leyes de Indias; actuó como abogado en la residencia que se le levantara después al Virrey José Alfonso Pizarro, Marqués de Villar; inauguró y formó en 1777, con el fiscal don Francisco Moreno y Escandón, la Real Biblioteca Pública, hoy Biblioteca Nacional de Bogotá. Doña María Dávila y Caicedo procedía del linaje de los Vergaras, Azcárates y Dávilas, descendientes a la vez de chapetones respetabilisimos por su acción gubernativa en la colonia, fomentadores de la industria, del buen gobierno y de la cultura, como lo hiciera la religiosa Francisca del Niño Jesús, amantes de la educación femenina; Doña Petronila Caicedo y Doña Clemencia Caicedo, ésta última «una de las damas más ricas del Virreinato» y que emplea toda su fortuna en la nunca «bien elogiada institución de La Enseñanza». Don Juan Fernando, por su carácter reacio, fuerte y violento, y por ciertas complicaciones efectivas, tuvo que separarse de su esposa, con gran escándalo en la capital de Nueva Granada, cometiendo según afirmaciones históricas algunos echos de valentía y dignidad, mas no de inmoralidad, contra el Arzobispo Don Agustin de Alvarado, razón por la cual la Real Audiencia, tribunal que conoció del asunto, ordenó su prisión temporalmente, sentenciando después que se cortaba de raíz la disputa, «por las fatales consecuencias que de ella resultarían a la unión de ánimos y paz de la República», mientras la queja se elevaba al Rey. Después de largo tiempo concluyó el sumario, se tomó en consideración los procedimientos nada caballerosos cometidos contra su esposa, la negativa a rendir cuentas de los manejos de fondos de las Reales Cajas de Quito, y por todo ello se le sentenció a prisión perpetua en uno de los Castillos de Cartagena, abandonando a una miserable tragedia a su hijo.