VILLAMIL_ICAZA, Ana


El problema que presentaba la ejecución completa de la partitura en los actos públicos y en las clases en escuelas y colegios del puerto y la provincia era el siguiente: En realidad, sí se tocaba la melodía auténtica y correcta de la mano derecha, pero lo que sucedía era que el acompañamiento resultaba de técnica muy académica, estaba escrito con gran maestría y resultaba bastante difícil para el piano. Ese acompañamiento era bueno para instrumentos de bandas del ejército y orquestas pero para piano era de dificultosa interpretación con la mano izquierda.
Hubo pues que rectificar enseguida ese detalle y dejar a un lado la copia de la música que estaba en uso en esos momentos con su marcialidad completamente perdida. Sin duda alguna las antiguas profesoras municipales de canto obviaban dificultades en el acompañamiento suprimiendo, precisamente, el que en la partitura de la artista Villamil Icaza, le daba mayor marcialidad y era de más maestría y corte clásico.
Por lo tanto, el arreglo musical según nos lo contó y lo tenemos en cinta magnetofónica, lo hizo la concertista Srta. Zulema Blacio Galarza únicamente en el acompañamiento, ya que la melodía era la inicial de la compositora Villamil.

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Srta. Ana Villamil Icaza
Consecuentemente, lo que se trató de conseguir y se consiguió fue un acompañamiento «facilitado” o sea, un arreglo sencillo para piano a ser usado por los profesores de canto en escuelas y colegios de Guayaquil y la provincia.
La Srta. Blacio Galarza realizó pues un trabajo de verdadera reconstrucción de la partitura, la que fue posteriormente enviada al Departamento de Educación Musical del Ministerio de Educación Pública para su impresión y distribución gratuita.
Ana Villamil Icaza
Fueron sus padres don Francisco Bolívar Villamil y Garaycoa, uno de los hijos del prócer José de Villamil, y la señora doña Isabel María Icaza y Paredes, hija de don Francisco de P. Ycaza y de doña Isabel Paredes y Olmedo, sobrina del poeta, e hija a su vez de Magdalena, hermana de Olmedo.
Nacimiento
En el archivo parroquial de la Santa Iglesia Catedral de Guayaquil, que soportó los dos grandes incendios que arrasaron la ciudad en 1896 y 1902, se halló la Partida de Bautismo de Ana Villamil Icaza, en el Tomo 23, Página 247, de El Sagrario.
En ella se hacía constar que el Arzobispo de Quito, ilustrísimo doctor Francisco Javier de Garaycoa (su tío), que había arribado en esos días a Guayaquil, bautizó, puso óleo y crisma, a una niña nacida el 19 de enero de 1852, a quien se le dio por nombres Isabel Ana. Fueron sus padrinos en esta ceremonia religiosa, su abuelo, el General José María Villamil, y su tía, la señora Rosa María Ycaza de Olmedo, esposa que fue del vate guayaquileño, Cantor de Junín.
Lugar donde vivió
Según supimos habitó en un pequeño departamento en una casa grande de madera, donde también vivían unos tíos que la querían mucho, en las calles Luque 203 y Pedro Carbo, esquina, en los altos de una bien instalada confitería, pastelería, y heladería llamada Roma No 2, de Nino Gotuzzo S Cia., lugar preferido de la sociedad guayaquileña de entonces (hoy se levanta aquí un imponente edificio de cemento).
Familiares en Guayaquil
Como ya dijimos, Ana Villamil Icaza fue nieta y ahijada del General Villamil, prócer de la gloriosa Revolución de Octubre, sobrina de la viuda del bardo del Guayas y también sobrina de él y de Magdalena Olmedo, hermana del Prócer de la Independencia. Fue además sobrina nieta del Arzobispo Lorenzo de Garaycoa y, por último y esto es muy significativo, sobrina en segundo grado del héroe niño Abdón Calderón.
Su larga estirpe en Guayaquil la constituyen las familias Arzube Villamil, Noboa Ycaza, Illingworth Icaza, Arellano Arzube, Merchán Arzube, etc.
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Educación musical en su hogar
Nació para ser una artista. Desde muy pequeña se educó con entusiasmo en el teclado. Sus familiares se sorprendieron de su precocidad y de sus dotes musicales. Anita Villamil Icaza fue alumna de piano, entre 1864 y 1867 del insigne maestro concertista francés Antonio Neumane, compositor de la música del Himno Nacional del Ecuador, director de óperas, de coros y de bandas militares.
Ana Villamil continuó cultivando el piano en la intimidad de su hogar, ya que este instrumento representaba para ella su vida misma, su razón de ser, y en el teclado hallaba lo mejor de su espíritu. También sabemos que cantó admirablemente a dúo con una sobrina por lo que causaba la admiración de sus familiares.
Tocó además el amonio -pequeño órgano de fuelle que se hacía funcionar con los pies. Por esta circunstancia intervino algún tiempo por propia voluntad en las misas de réquiem, bodas y demás actos religiosos en las iglesias de La Merced, San Francisco, El Sagrario y la Catedral, en interpretaciones de música sagrada de Wagner, Mozart, Schubert, del ecuatoriano Ascencio de Pauta, etc.
Profesora Municipal de Canto
El Concejo Cantonal de Guayaquil, notando su constante superación artística, se valió de sus servicios profesionales para que cultivará las inclinaciones musicales de los educandos de sus escuelas como Profesora de Canto. Así sus dones artísticos llegaron hasta la clase estudiantil en una obra social de excelentes beneficios para su ciudad natal.
Dedicada al noble apostolado del Magisterio, en el que demostró su gran cariño por la infancia guayaquileña, le sorprendieron los últimos años de su existencia.
Fallecimiento
Esta virtuosa y noble dama murió en su ciudad natal, en la casa situada en 10 de Agosto 419 y Chimborazo, esquina, el 28 de octubre de 1916, a los 64 años de edad. En ese lugar hay ahora una placa que colocó en 1970 el Consejo Scout de Guayaquil, cuyo presidente era el Sr. José Estrada Guzmán.
Sus despojos mortales descansan en la pequeña bóveda N° 303, que hemos visitado con veneración, en el Cementerio General de Guayaquil, muy próxima a la del Gral. José de Villamil, su abuelo y padrino, y miembros de su respetable familia.
El Himno Oficial de Guayaquil,
pues, es el epinicio, el himno triunfal y el canto de victoria a la memorable jornada de 1820. Y ojalá lo comprendamos así todos los ecuatorianos, sin distingos, y lo continuemos cantando al unísono y con conciencia total de su profundo significado, no sólo los guayaquileños, sino todos quienes amen a este rincón de la tierra que ya el poeta Olmedo en su famosa Oda “Canto a Bolívar» llamó ECUADOR, de igual manera como él «Amó cuanto era amable, amó cuanto era bello».
Guayaquil ha sido la ciudad que siempre ha demostrado, en una u otra forma, su amor por la libertad. El 9 de Octubre de 1820 fué la mayor prueba de ello, ya que pasó a constituir la fecha máxima en que los Guayaquileños nos sacudimos del poder español. José Joaquín de Olmedo escribió los versos de la célebre Canción al 9 de Octubre, según unos investigadores, en los últimos días de diciembre de 1820, o sea, a los 3 meses de la gloriosa revolución que nos dio libertad, y, según otros para la celebración del I aniversario de esa epopeya, es decir, en octubre de 1821, de acuerdo con lo que se deduce del libro publicado por Don Clemente Rallén de Guzmán. El poema completo se canta solamente una parte, tiene Introducción, Coro y 4 Estrofas con 29 versos.
Posteriormente, en 1830, el poeta Olmedo escribió el Himno al 9 de Octubre y usó con clara intención la palabra Himno. Entre la Canción a qué nos referimos y el Himno hay notorias semejanzas. Por ejemplo, en la Canción el poeta Olmedo dijo: «Esta es la aurora plácida que anuncia libertad” y en el Himno expresó: “Ven oh plácida aurora del Octubre glorioso». En la canción repitió contínuamente la palabra «libertad” y en el Himno hizo lo mismo. En ninguna de las dos composiciones literarias Olmedo empleó palabras duras o que zahirierana los españoles, como en el caso de la letra del Himno Nacional, sino que más bien usó palabras de amor, de unión y de confraternidad entre los guayaquileños y los extranjeros que vivían aquí en aquellos días.
Hubo una segunda versión, que no está completa y aparece en los documentos un poco fraccionada en la que se leen los siguientes versos: «No profanen jamás este suelo, fanatismo, ni discordia, ni error y una sola familia formemos en amable, fraternal unión.
Como ustedes observarán estos versos son completamente aplicables a la situación que Guayaquil atravesaba en esos momentos.
El primer poema del prócer Olmedo, o sea la Canción, fue más corto que el Himno, y la formaron 29 versos, como ya dijimos, mientras que el Himno constó de 38. De la primera se conservaba en el archivo de los hermanos Pino Icaza un manuscrito de Olmedo; en cambio del segundo no. Hay solo una hoja suelta trabajada en la Imprenta La Nación, de esta ciudad, pero, repetimos, no existen los versos escritos a puño y letra del autor.
Todo parece indicar que Olmedo escribió la Canción para ser recitada por niñas de las escuelas guayaquileñas; sin embargo, ésta es hoy la letra oficial. Observemos que el bardo en el Coro manifestó: «Saludemos gozosas”, en femenino, y luego en la Estrofa escribió: “Nosotras guardaremos con ardor indecible, tu fuego inextinguible, oh santa libertad, como vestales vírgenes, que sirven a tu altar”. A todas luces se ve pues que los versos fueron escritos por él para ser declamados por alumnas escolares.
En el himno no se anotan estas circunstancias. Con todo, la pianista Ana Villamil Icaza tomó el poema de la canción al 9 de Octubre, no se sabe si a solicitud del Cabildo o por propia * iniciativa, para ponerle música y ella no llamó en ningún momento «Himno» a lo que compuso. Quien lo denominó así, como veremos después, fue el Municipio de Guayaquil una vez fallecida la compostura.
Significado de los versos
En las estrofas de la canción al 9 de Octubre logró Olmedo resumir la gloria y hazaña del pueblo guayaquileño en 1820. Dio a entender el heroísmo, el esfuerzo y el sacrificio, y hace que nuestro pecho se desborde con el fuego sagrado del patriotismo. Todos sus 29 hermosos versos demuestran el deber cumplido en la lucha por la libertad e independencia del yugo español.
Este himno local es el credo del destino de la ciudad; por eso el guayaquileño es un defensor de sus derechos y de los de la Patria toda, a costa de su sacrificio y su sangre. Por esta condición -muy propia. No se ha apagado la llama inspiradora de La Fragua de Vulcano desde los albores gloriosos de Octubre de 1820.
Concretamente, Guayaquil consiguió su ansiado amanecer de libertad que fue lo que inspiró al vate Olmedo a plasmar para la eternidad en su poema ese sublime verso:…»Esta aurora gloriosa que anuncia libertad…»
La música de la Canción
Se cree que la música data más o menos del año 1894, pero otros investigadores piensan que la hábil y eminente pianista señorita Ana Villamil Icaza la compuso probablemente en la segunda década de este siglo. Desde ese momento quizá se hizo conocer la letra y se popularizó mucho.
La composición es sencillamente sublime, inigualable. Su ritmo es marcial, sus notas suaves, su entonación delicada y. cuando se toca se ensancha el pecho de los guayaquileños.
En 1916, año de su fallecimiento, ya se cantaba por todas partes este bello salmo cívico.
El Municipio aprueba la Canción
El lunes 8 de julio de 1918,
dos años después de la muerte de la pianista, el Cabildo porteño, en sesión celebrada a las 5.30 p.m., queriendo reconocerle su mérito artístico, acordó adoptar la música y declarar a ésta y la letra «Himno oficial del 9 de Octubre».
La significativa Ordenanza Municipal se la aprobó por unanimidad, habiendo presidido esta memorable sesión Don Rodolfo Baquerizo Moreno con la concurrencia de los Concejales señores Alberto Ycaza Carbo, Julio T. Foyain,