VERDUGO ROJAS: Luis


Le da lo mismo hablar de pianos verticales o de cola, de armonios, clarinetes, acordeones o saxofones. Su «hobby» es coleccionar «juguetes musicales», como los llama él, y aunque no lo admita es un intérprete de gran talla.
Lo cierto es que la música es su fuerte, ya sea en la parte técnica, conceptual o artesanal. ¡Sí señor, así está la cosa!
Se conoce de memoria la máquina de un piano, y aún con los ojos cerrados sería capaz de identificar y ubicar en su sitio correcto una de las 14.000 piezas del piano. Su hijo Daniel, sobrinos y otros parientes siguen su escuela y continúan sus enseñanzas, en el tradicional barrio de la 24 de Mayo.
«Es la única manera de salvar a los pianos más preciosos (artesanal) y bondadosos (musicalmente)», nos dice don Luis, mientras anota que lo que le motivó a convertirse en un «resucitador de pianos» fue la negativa del director del Conservatorio de aquella época para que estudiara música, por considerarla «bastante crecido» (16 años).
Al cabo de tantos años, concluye que no importó que no le aceptaran en el Conservatorio Nacional de Música. «Tal vez fue mejor que no me aceptarán, porque probablemente estaría en otro país, rodeado de otras gentes, y no
HERENCIA DEL PADRE
Su padre, don Daniel Verdugo Alvarez, fue un formidable constructor de armonios. Su pasión por el oficio le llevó a impulsar el surgimiento de esos singulares instrumentos.
VERDESOTO YANEZ: Ricardo María

Según recuerda don Luis Verdugo, por allá, por los años 30, aparecieron las primeras pianolas, de las cuales él asegura son las antecesoras de las computadoras. «Y fue cuando mi padre descubrió que el fenómeno de la pianola era producto de la diferencia que existe entre la presión atmosférica y el alto vacío obtenido por la extracción de los fuelles», nos expresa, aunque esto solo lo entiende el maestro Lucho.
Continúa su relato narrando que cuando era chico, se sentaba junto al padre para aprender el oficio. En aquel entonces le había obsequiado un clarinete, y mientras aprendía, el niño se encerraba en la cocina hasta coger la nota y la embocadura. ¿Por qué? «Pues porque resulta insoportable escuchar a un aprendiz de clarinete», explica.
Así, con esa enseñanza y mística que le negó su padre, el pequeño dominó la técnica y las notas musicales a muy temprana edad. Como a los diez años empezó a ganar las primeras ayoras, producto de su trabajo en iglesias de su ciudad natal.
INFLUENCIA DEL JAZZ
Más tarde, como consecuencia de la crisis moral y económica causada por la Segunda Guerra Mundial, se produce en Ecuador una gran influencia de la música jazz, con valores como Glenn Miller y su banda, y Benny Goodman. Para estar a tono con el momento, su padre le compró el saxofón que vendía el cura de San Borondón, en la «onerosa» cantidad de 3.000 sucres.
Años más tarde trabajó (por las noches) en el salón «El Toledo», donde, según dice don Lucho, se reunía todo el «jet set» de Cuenca. El nombre del conjunto era «Teddy King y sus swing boys» y estaba dirigido por Teddy, un judío que se había escapado del holocausto.
¿Pero quiénes integraban el conjunto? Lo integraban Neptalí Cisneros, un enfermero del hospital Militar de Cuenca, en el bajo; Eliodoro Vanegas Vega, con su prodigiosa voz, «superior a la de Enrico Carusso», era el cantante; Enrique Ortega, profesor del Colegio La Salle, era el baterista, y don Luis Verdugo, que tocaba el clarinete y el saxofón.
Como todo se acaba en esta vida, Teddy King volvió a su patria y el grupo se desintegró. Fue entonces que Lucho Verdugo se trasladó a la capital, donde vivió otras experiencias como la del «socio», la del Conservatorio Nacional de Música, o la de don Belisario Ponce Peña, quien en agradecimiento por haberle reparado un piano, le abrió las puertas recomendando sus servicios entre sus más distinguidas amistades.
ANÉCDOTAS DE SIEMPRE
Mientras disfruto de su diálogo, él va revelando esas cosas y casos que enriquecen su existencia, que le dan vida, que le mantienen ágil y dinámico; como por ejemplo cuando llegó hasta su taller ese desconocido de bigote llamativo que le propuso que fuera su socio para evitar el enfrentarse como competencia.
Y don Luis aceptó, porque qué podía perder, aunque su esposa no le soportaba siquiera al dichoso socio, por aquello de que parecía charlatán y de que los sábados se dedicaba a predicar el Evangelio en plena 24 de mayo.
Y el socio, que decía tener muchas ideas en la cabeza, se la pasaba entre fórmulas matemáticas y aparatos extraños, sin que nadie entendiera jamás para qué servían.
De cualquier manera era su socio, y aunque nunca aportó en el trabajo de reparación de pianos o de acordeones, se había hecho acreedor al más sincero respeto y consideración de don Luis, que absorto miraba los galimatías en que se metía su compañero.
Sin atinar qué pasó con el socio o quién fue éste, le preguntó: ¿quién era su socio…? Y él me responde:
¡Espérese… ya le digo!
UN ARTESANO Y UN CIENTÍFICO
Y aunque no me saca de la curiosidad, me cuenta que cuando la Casa de la Cultura convocó a un concurso para trabajos artesanales y técnicos, el jurado no tuvo otra opción que darles el primer premio a los dos: a don Luis por haber construído un maravilloso «mediófono», y al socio por sus extraños y extraordinarios inventos identificados con el nombre de «motor solar» y «pila termoeléctrica», que por cierto – para la época- resultaban sendos descubrimientos.
Era de suponer que el asunto quedaría ahí y que nadie se percatara que el Ecuador tenía dos grandes valores nacionales. Intrigada, insisto en la pregunta: Bueno… pero ¿quién era su socio?
Y suena como un trueno el nombre del socio: «Era nada más y nada menos que Guillermo Sotomayor, quien más tarde fuera declarado candidato a la presidencia de la República. Hombre sereno e inquieto; inteligente y consciente, meditabundo y sagaz…capaz de crear el instrumento o aparato más extraño y más servicial del mundo…»
«Imagínese que un buen día vino a decirme que en lugar de construir pianos que sonarán a pianos debía construir pianos que sonarán a violines. Y yo le dije: venga le enseño para que usted haga lo que quiera. Y lo hizo, construyó el primer violín que se tocaba por teclado…»
PIANOS NACIONALES
En 1987, por pedido de un guayaquileño, inició la construcción del primer piano de cola hecho en Ecuador, con lo cual se conoció una nueva faceta del codiciado reconstructor de pianos.
Hasta 1989, época en que concluyó el trabajo, no tenía la menor idea de lo que podía salir o qué sonidos podía dar. El resultado fue todo un éxito, el piano construído sobre los escombros de uno derruido y aniquilado, dio como fruto un instrumento de extraordinarias bondades musicales, inclusive superiores a las de los creados en otros países.
«No hay secretos en cuestión de pianos. Basta la utilización del eucalipto, por ser una madera noble, de fina textura, grano cerrado y muy rígido… A eso habrá que sumar el tiempo de dedicación, lo único capaz de superar la tecnología extranjera», enfatiza para explicar por qué sus trabajos han superado a los de otros países.
En su afán de impulsar la construcción de pianos ecuatorianos, don Luis ha iniciado la tarea, y lo ha hecho partiendo de diseños exclusivos, de la selección de las mejores maderas del medio (eucalipto), y de la mano de obra nacional.
Las estructuras metálicas (arpas) estarán a cargo de don Daniel Figueroa Gómez y de sus hijos Rommel y César Figueroa.
Con este nuevo proyecto concluye una importante etapa de don Luis Verdugo, quien ha resuelto no revivir más pianos, sino más bien construir otros nuevos y novedosos ejemplares. Así se inicia una nueva profesión, la de la ingeniería de pianos, por cierto sin ayuda y apoyo de institución o persona alguna.