Vargas Jose Maria

Es un hombre de paz y de trabajo Gualaceo le dio la paz, muchos le enseñaron el trabajo.
La paz aflora en Gualaceo, provincia del Azuay. Sube desde el río de anchas aguas mansas, verdea en los sauces de la orilla, cuaja en los frutales de los huertos, se afiligrana tenaz en la artesanía de tejedores de sombreros y bordadores de bayetas, se aferra a un clima que no se siente.
Allí nació en 1902. Y allí, “con privilegio porque era muy chiquito” entró en la escuela de los Hermanos Cristianos. El canónigo Nicanor Aguilar frecuentaba la casa, dirigía sus lecturas, hablaba de la vida religiosa. El niño de doce años pidió a su padre lo trajese a Quito. Tres días a caballo: Gualaceo, el Descanso, Biblián, Cañar, el terrible cerro del Azuay, Alausí, dos días de tren a Quito. El padre lo dejó al despedirse de las obras literarias de González Suárez y lo encomendó al cuidado paternal de Fray Alfonso Jervis, personaje venerado entre los dominicos ecuatorianos.
Tres años en el colegio San Luis Beltrán, en 1917 al noviciado de la orden de Predicadores. En diciembre de ese año moría González Suárez a quien sustituiría como historiador. En el colonial convento dominicano fundado sólo siete años después de la ciudad, hizo la carrera eclesiástica. El arzobispo Pólit lo ordenó de sacerdote en 1928 y le dio un consejo: estudiar historia y dedicarse a fondo al estudio del libro sobre la Predestinación del profundo teólogo Solano, más famoso por la mordacidad de sus combates periodísticos. Siguió a medias el consejo: historia, si; Solano, no. Vivía entonces en el convento Jacinto Jijón y Caamaño que, camuflado de monje, organizaba las guerrillas del norte. Jijón le prestó un ejemplar rarísimo de la Predestinación y lo inició en el laberinto de la investigación histórica.
Y ha caminado por él hasta nuestros mismos días. Creía en la Providencia y tenía razón para ello. El padre Vacas Galindo, compañero de orden, había llegado de España con una formidable colección de documentos copiados en el Archivo de Indias. Vacas le pidió que desencajonara la colección y la clasificara. José Gabriel Navarro, “amigo sincero y bueno del convento”, lo orientó hacia la historia del arte mostrándole la veta inexplorada de la iconografia quiteña y el sentido eclesial de la devoción popular desde la colonia. Miguel Cordero Dávila, Gonzalo Cordero Dávila, Remigio Crespo Toral, congresistas en Quito, lo sirvieron grandemente. Sobre todo Crespo Toral. Un buen día le dijo: “Recuerde que los ríos tienen remolinos. Para que dedicarse a refutar a González Suárez. Busque hechos positivos del Ecuador”. Y le enseñó también que más se aprende de la gente que de los libros, que el más debía a sus coloquios con Mera, Pólit, Lasso y Pablo Herrera que a sus largas lecturas. Los frailes del convento le facilitaron el tiempo para la dedicación, sin encomendarle tareas pastorales en otras ciudades. Sesenta años ha vivido en Quito estudiando y escribiendo; seis veces fue prior de su convento, caso inusitado en una orden de régimen democrático que elige tumultuosamente a sus priores y raras veces los reelige. También fue provincial.
Levantándose cada día a las tres de la madrugada, sin jamás haber oído la radio o visto la tevé, ha podido escribir y hacer tanto: libros sobre el Padre Bedón del siglo XVI, el Padre Fray Domingo de Santo Tomás, autor de la primera gramática quichua en 1560; la Economía de la Real Audiencia de Quito, el Arte Quiteño Colonial, Patrimonio Artístico Ecuatoriano, Historia de la Cultura Ecuatoriana, Historia de la Iglesia Ecuatoriana durante el Patronato, Biografías de Fray Bartolomé de las Casas con refutación de los prejuicios anti americanistas de Menéndez y Pidal y de Jacinto Jijón y Caamaño, Cerspo Toral, Miguel de Santiago, Samaniego, Antonio Salas; El Ecuador Monumental e Histórico e innumerables artículos especializados.
Aurelio Espinoza Pólit lo pescó para la católica del Ecuador recomendándole las cátedras de religión en Leyes, historia de la economía en Economía e historia de la cultura en Pedagogía. La familia Jijón condicionó la donación del famoso museo Jijón a la Católica siempre que fuera él su director vitalicio.
Este hombre de paz y de trabajo ha recibido tres veces el premio Tobar de la Municipalidad quiteña, la medalla al mérito del gobierno nacionalista revolucionario, la condecoración Alfonso el Sabio, la medalla de Cultura Hispánica de Madrid, el permio Vicente Solano de Cuenca, la condecoración Sebastián de Benalcázar del Cabilde de Quito. La Católica le dio el doctorado Honoris Causa y Pío XII le nombró Maestro en Teología.
Hombre bueno y manso, “Mi norma es el respeto al prójimo, Alabar lo bueno. Por eso me entiendo bien con la izquierda”. Mi fuerza me viene de no haber perdido un solo rosario de la aurora en cincuenta años, me viene de la Virgen y del pueblo sencillo y pobre”. “ Mi convicción y anhelo son las del salmo 130: “No está inflado, Yahveh, mi corazón, ni mis ojos subidos. No he tomado un camino de grandezas… ! Como niño destetado está mi alma en mí !”.
Todos nos alegramos de que a este hombre de paz y de trabajo, Fray José María Vagas, el gobierno nacional le haya concedido el Premio Espejo.. Se lo tiene de sobra merecido.