Ubidia Abdon.

Cuál fue su primer contacto con la escritura literaria? ¿tal vez lecturas, autores, influencias familiares – escolares? En mi familia siempre se leyó, por eso tuve cerca libros y revistas. Mi primera aproximación fue a través de la revista Leoplán, de cuentos y novelas de autores célebres. Yo no sabía quién era Chesterton y buscaba en esas revistas esos autores. El interés por la escritura surgió, entre los 10 y 12 años, entonces me ponía frente a la página en blanco pero no me salía nada. En la colección enorme el Peneca, unas revistas chilenas que me regaló mi abuela, yo solía encontrar pequeñas novelitas por entregas.

Sus primeras publicaciones manifiestan un interés por estudiar la poesía y el cuento popular de nuestro país, ¿Cuáles son las razones que lo llevaron hacia estos géneros? Si bien únicamente publicaba en revistas, mi interés básico era hacer cuentos que me gustaran, eso me llevó a estudiar su problemática, concretamente en lo que respecta al folclor. De ahí me vino la obsesión, ya no solo por los cuentos folclóricos populares, sino por la cultura popular. Me acerqué entonces a la poesía popular. En líneas generales podemos decir que mi interés fue saber como se forman los mecanismos del contar. Reconoces la influencia que ha dejado el escritor argentino Julio Cortázar y sus relatos fantásticos en tu escritura literaria. Me atrae mucho la poética corta zariana, pero aún así no quería tampoco afirmar completamente la idea de que todo es juego. En mi libro “Divertlnventos” hay cierta fascinación por lo que es el mundo de la utopía, por lo que los hombres sueñan. Esos sueños los reflejan a ellos mismos. En el prólogo del texto señalo la enorme contradicción que hay en las utopías más reconocidas. Inventar una utopía es una empresa imposible, por eso debemos soñarlas con la confianza de que nos devolverán nuestra propia imagen.

Está presente también la idea soterrada de ridiculizar los afanes tecnológicos de nuestra época, que son incorporados a nuestra vida cotidiana y que después pasan a ser anónimos, como por ejemplo el teléfono, la radio, la televisión, los cuales han perdido por completo su capacidad de asombro. Producir el desconcierto en el lector, es una condición necesaria e imprescindible de toda literatura, porque si no se conmueve a un corazón, entonces, para qué se escribe? En los años sesenta Abdón Ubidia perteneció al grupo de los Tzántzicos y luego a La bufanda del sol, qué evaluación haría el autor de “Sueño de lobos”, -después de tantos años, diversos acontecimientos y cambios sociales- de la labor de dicha generación? De los dos grupos tuve amigos entrañables como Ulises Estrella, Francisco Proaño Arandi, Humberto Vinueza, Raúl Arias, Rafael Larrea y gentes como Agustín Cueva y Fernando Tinajero. Juntos hacíamos cuotas para editar la revista Pucuna, efectuábamos recitales en la morgue, nos reíamos de todos los que llamábamos “Vacas Sagradas”. Nos reuníamos en el Café 77, leíamos textos y discutíamos temas del momento. En el fondo había el propósito de inscribirse en la ideología del cambio radical que sacudió el mundo en los años 70, desde la política, educación (con Paulo Freire a la cabeza), la liberación sexual, el poder negro, los hippies, la teología de la liberación, y toda una cantidad de movimientos inscritos dentro de la voluntad de cambiar la vida y la sociedad, testimonios que apuntan a afirmar el desencanto y la desesperanza.

Es gracias a las propuestas de esos años que el mundo cambió, gracias a una cierta desesperación de esos años. Herbert Marcuse decía que es solo gracias a la desesperanza que nos ha sido dada la esperanza. Cada uno de los integrantes de ambos grupos literarios nos hemos mantenido fiel a nuestra vocación. Por ejemplo Francisco Proaño Arandi acaba de publicar su última novela “Del otro lado de las cosas”. No nos mantenemos como grupo, pero hemos sido fieles a nuestra vocación primera, es decir anteponer primero la literatura como posibilidad de darle sentido a nuestra vida.

En 1979 publica su primer libro de relatos “Bajo un mismo extraño cielo”, ¿a qué se debe que en ellos exista un constante enfrentamiento entre lo cristiano y lo profano? Toda la formación religiosa que recibí de niño me hizo ser como soy. De pronto hay en esos relatos una fascinación religiosa y paralelamente una asfixia de ellos, incluso a veces una impugnación de ciertos hábitos que en esos años la religión propiciaba. Yo no me di cuenta, sino hasta mucho después que usaba temas del cristianismo y lo vaciaba de su contenido original. En mis obras está presente el tema de la piedad, que obliga a la protagonista a cometer un homicidio, hay personas que rezan oraciones, que ya no son sino paganas, hay ebrios que en su borrachera celebran un rito, una misa. Era una especie de rebelión de ciertos temas, que me agobiaban.

En una entrevista que concedió a Francisco Febres-Cordero y que luego fue publicada en el libro “Retratos con jalalengua”, afirmó “Un verdadero escritor sabe que debe convertirse en la conciencia crítica de su sociedad y obligar al lector, al “lector ideal” que de hecho existe, a compartir su experiencia y plantearse problemas que no pueden ser soslayados”. ¿aún cree en esa concepción del escritor ante el mundo? En términos generales sí. La sociedad no piensa, no sueña, no se cuestiona, entonces, ¿Quiénes son los que cumplirán ese papel cuestionador?

Existen largas etapas de silencio entre sus publicaciones ¿a qué se debe ello? Escribo conforme puedo. Permanentemente tengo trabajos con la literatura, crítica que hago en uno u otro medio, dirijo un taller de escritura y otro de lectura, siento que todo es un poco lo mismo. A veces no es la época propicia para publicar. ¿Cuál es la metáfora, el mensaje fundamental de su novela “Sueño de lobos”, que a más de un “lector ideal” le habrá quitado el sueño. En todo lo que escribo hay una enorme carga de nostalgia por el resto del mundo. Existe en mis textos una pérdida de lo que no hemos vivido, de lo que no hemos tenido y de lo que se perdió. El mundo nos rebasa por todos los lados.