TUMBALÁ

CACIQUE PRINCIPAL DE PUNÁ.- Debió nacer en el poblado de Chuches (Isla Puná) hacia 1469 aproximadamente. Su verdadero nombre era TUMBAL que los Cronistas de Indias lo castellanizaron.
Se cree que Tumbal era el nombre del Dios mayor de Puná y que el principal Cacique era designado con dicho apelativo por ser su encarnación o su representante. Los indios punaes eran parte de la gran nación Chimú, cuyos dominios se extendían a lo largo del territorio desértico de la costa norte del Perú y tenían por capital a Chanchan cuyas ruinas en ladrillo aún se conservan y constituyen las más grandes del mundo sudamericano. En tiempos del Inca Pachacutec los chimues fueron derrotados a traición, siendo su capital demolida.
En la isla existía una confederación de familias y Tumbalá era el Cacique mayor de todos. Los puneños eran aguerridos y según el Cronista Pedro Cieza de León al tiempo de la conquista española acostumbraban sostener contiendas con los indios de las costas vecinas a los que mataban por causas livianas, principalmente con los tumbecinos, avanzada del Incario en las aguas del golfo de Guayaquil, tomándoles prisioneros a sus mujeres e hijos.
Hacia 1470 el Inca Tupac Yupanqui, que acababa de dominar a los Cañaris, envió a Puná a varios “delegados” para que vigilen e instruyan a la población; mas, los punáes, mataron a los delegados y se aliaron con los pueblos de las costas, especialmente con los de Sumpa o Santa Elena. Mientras esto sucedía en la isla, en el Cusco moría Tupac Yupanqui.
Hacia 1488 su hijo Huayna Cápac decidió castigar la insurrección y por Huancabamba arribó a Tumbes, donde hizo numerosos tributarios, reedificó fortalezas y construyó un templo al sol, enviando a Tumbalá el siguiente mensaje: “que viniese a hacerle reverencia y después le tribute con productos de la isla”.
Pesóle a Tumbalá perder su independencia y mando y mucho meditó la respuesta. Bien sabía que el Inca disponía de un gran ejército y que de aceptar su dominación pasaría por el deshonor de entregarle sus mujeres e hijas más hermosas, aceptar inspectores del Incario, ceder los más estratégicos sitios de la Puna para que sobre ellos se construyan fortalezas y en fin, otorgarle el mando supremo con todas sus consecuencias. Así pues, reunió a los demás Caciques para tomar sus opiniones y acordaron ceder ante las pretensiones del Inca, fingiendo paz y amistad, despachando delegados que lo invitaran a pasar a la Isla para tener el placer de recibirlo y hospedarle con la grandeza que el hijo del sol merecía; al mismo tiempo viajaron mensajeros a Santa Elena, tentándolos contra Huayna Cápac, que ya en la isla fue colmado de atenciones al igual que sus orejones.
Al poco tiempo el Inca regresó a Tumbes contento con la pacífica posesión de la Puná y dejó a muchos aguerridos y nobles mancebos del Cusco así como a viejos Capitanes suyos, para que ejerzan mando en su nombre. Estos Capitanes fueron convencidos de visitar las costas cercanas y en tal empeño, embarcaron en balsas conducidas por indios puneños, que en medio mar desataron las cuerdas, dándoles cruelísima muerte con ciertas armas que habían portado ocultas. Muchos “orejones” se ahogaron porque no sabían nadar, otros porque eran serranos poco acostumbrados al agua y fueron sumergidos para que se ahoguen. Los Puneños hicieron varios viajes a tierra, repitiendo la estratagema y sorpresa hasta acabar con todos.
Sabedor Huayna Cápac de este nuevo percance tuvo la paciencia de regresar del Cusco y atacó la Isla Puna, haciendo tal escarmiento que casi no quedaron hombres o niños porque a todos empaló y martirizó con diversas clases de muertes y suplicios y años después, al arribo de los españoles, aún se veían sus osamentas en los campos. Enseguida volvió a Tumbes dejando en Puna a un Gobernador, con orden estricta de que lo obedezcan.