TOBAR GARCIA: Francisco


A pesar de no poder leer más de 50 páginas al día por recomendación médica, Francisco Tobar García -Paco Tobar- está entregado a sus lecturas de sociología y antropología que le abren nuevas perspectivas para su trabajo. Cuando no está leyendo, Paco Tobar escribe, ya que se ha impuesto una admirable disciplina permanente en el duro oficio de la escritura. Matapalo llegó hasta “la casa de las iguanas” para recoger el testimonio del autor autobiografía admirable de mi tía eduviges.
¿Cómo fue el ambiente de iniciación en la literatura?
Comencé mi vida de teatro por una casualidad de la cual no tengo muchos recuerdos. Había llegado a Quito la compañía de teatro de Jouvet y buscaban a un niño que hablara francés porque se había enfermado el niño que debía representar la obra, me tomaron a mí cuando tenía 4 años y medio. Otro recuerdo que tengo es que me prohibieron ir por mi mala conducta y por mis malas notas a los títeres de Podrecca. Entonces, por venganza, empecé a hacer teatro con Luis Mera Borja, a los 11 años, y representábamos en el año 39 todos los jueves y como nunca he negado mi doble origen semita y árabe cobrábamos la entrada a los compañeros, lográbamos la prodigiosa suma de 1 sucre. Este es el comienzo de mi vida como hombre de teatro. El primer libro que leí fue Romeo y Julieta en una edición robada a mi hermana cuando tenía 11 años. Los primeros versos los escribí a los 13 años en el reformatorio, estuve allí solo un día, y estaban dedicados a una mujer de quien me había enamorado; más tarde, en el Teatro del Colegio San Gabriel, tuve que aprender un papel larguísimo faltando 3 días para la representación. En 1946 monté mis dos primeras piezas de teatro. Desde entonces, ininterrumpidamente, he escrito teatro, ensayo, poesía y novela.
¿De qué manera su núcleo familiar le posibilita o le impide una formación en la esfera literaria?
Creo que se manifiesta como un desquite por parte de mi padre y de mi madre, porque a mi madre le cortaron la carrera de cantante, y a mi padre el ambiente lo oprimió y lo obligó al estudio cuando él tenía una gran fantasía. Cuando empiezo a escribir no encuentro oposición, todo lo contrario, una ayuda inmensa aunque mis padres se escandalizaran; pero jamás me dijeron nada negativo, no por cobardía, sino por miedo de que se truncara mi arte. La parte desfavorable era la sociedad jansenista quiteña (no creo que en Quito se dio catolicismo), donde todo era pecado, y eso sí influía en mis padres, porque sus amigos se escandalizaban de mis escritos. Entonces viví una presión social inaguantable.
¿Cuán definitivo es el ambiente religioso?
Yo reacciono desde muy temprano contra el ambiente religioso, pero era im
posible manifestar una rebeldía abierta contra la religión en general. Quien me lleva al paganismo es el jesuita Aurelio Espinosa Pólit con sus estudios literarios. Quiero aclarar que yo tengo la fe helénica, creo en mis dioses, y esto no se halla reñido con mi anarquismo (que no es anarco-sindicalismo). Sobre todo en teatro, en mis obras hay un conflicto religioso permanente.
¿La «autobiografía admirable de mi tía eduviges» es una obra anarquista?
La intención de la autobiografía es poner en una mujer todas mis ideas. Cuando le preguntaron al pobre pre Flaubert, enjuiciado por Madame Bovary, quién era ella, él respondió «Madame Bovary soy yo»; la tía Eduviges es una vieja puta que soy yo. Esto lo puedo decir porque siempre he tratado de ser coherente con mi vida, no con la del personaje. Si las fuerzas me dan, pienso escribir una novela sobre un pendejo ecuatoriano que llega a ocupar una altísima dignidad, lo que no significa que me identifique con él, aunque lo conozca y trate todos los días. Creo que hay que aceptar lo que uno es; por ejemplo, nadie acepta que yo desciendo de indios y negros; yo llevo 6 razas diferentes adentro. Entonces me pregunto: ¿Cómo puede ser que Jorge Icaza haga novela indigenista ,cuando él tiene de indio lo que yo tengo de torero?
¿Sigue algún método para la creación?
Uno solo: escribir todos los días algo. Esto lo hago desde 1948 cuando Jorge Carrera Andrade me aconsejó que nunca me fuera a dormir sin haber escrito algo.
¿Trabaja en el género teatral?
No, la dramática ya no me interesa; en teatro di lo que debía dar. Ahora me interesan la narrativa y la poesía. Estoy trabajando en Dios te libre de un calvo, una especie de diario de un dipsómano, en el que cada capítulo ocupa una página que ocurre en una ciudad.
¿Cómo ve el proceso de la literatura en el Ecuador?
Soy un poco iconoclasta en esto. Nunca he creído en Juan León Mera; me parece que Cumandá es una mala imitación de Chateaubriand. He creído que A la Costa es una novela fundamental, que El cojo Navarrete es importante y que no han merecido un estudio que debe hacerse. No creo en los mitos forjados ni por la religión católica ni por el marxismo. Demetrio Aguilera Malta ha sido también mal estudiado: Don Goyo es una novela sensacional; de Alfredo Pareja Don Balón de Baba no ha recibido un estudio serio, su obra es insuperable, aunque Baldomera es de una calidad insoslayable. El éxodo de Yangana es genial en su primera parte. En cuento, Arturo Montesinos es muy respetable en su trabajo literario; pero César Dávila Andrade como cuentista es muy malo. Alejandro Carrión puede tener una trayectoria política que nos desagrada, pero no hay que olvidar que es el escritor de La espina, La mala procesión de hormigas, La manzana dañada, obras cuya importancia no se puede soslayar. Adalberto Ortiz es un señor novelista en Juyungo no así en lo demás. En fin, sí hay novela ecuatoriana, pero aquí se escribe sobre el amigo o sobre el enemigo. Hay un total desconocimiento del proceso de la literatura en Ecuador y solo hemos creado mitos.
¿Cómo evalúa la literatura actual?
Creo que la mejor novelista es Alicia Yanez Cossío, la de La virgen pipona que hace una narrativa de primerísimo orden. En cambio, la novela de Alejandro Moreano es un horror. Pero tampoco quiero pontificar porque puedo estar equivocado. En este momento, aparte de Francisco Proaño Arandi y de Miguel Donoso Pareja, no veo muchas esperanzas (acaso Proaño sea el escritor más serio que tiene en este momento el Ecuador).
¿Cómo ha influido en su obra Quito y Guayaquil?
Yo me considero una persona mezcla de muchas razas, y mezcla de Costa y de Sierra. El serrano está en mí en lo bromista, en lo observador, el costeño está en lo abierto, en lo expansivo, en lo fraternal, en lo impetuoso y en mi manera libre de vivir. Ahora, debo decir que Quito no me gusta ni me agrada; en cambio Guayaquil, con toda la basura en las calles, me encanta, porque es una ciudad que está viviendo. La diferencia entre Quito y Guayaquil -mutatis mutandi- es la que hay entre París y Madrid: Quito y París son museos, ciudades muertas.