Tamayo Juan

En Cuenca, en el mismo día 15 de Diciembre de 1869 estalló otra conspiración, debida al entusiasmo de los jóvenes: la acaudillaron los señores Rafael y Jerónimo Torres, Manuel Ignacio Aguilar, Adolfo Lozano; y actores principales fueron varios estudiantes, jóvenes todos de distinguidas familias, como Joaquín y Luis Vega, Bautista Dávila, Carlos Joaquín Córdova, Darío y Benjamín Lozano, Antonio Merino, Landívar Borrero, Heredia, etc. se apoderaron de la guardia a las 2 p.m., merced al gran valor del jóven Adolfo Lozano, quien desarmó, él solo, a la guardia y aprehendieron al Gobernador Dr. Carlos Ordóñez, hermano del Obispo, al jefe político, Dr. Juan Bautista Vásquez, al tesorero y a otros empleados. No tenían armas ni dinero y se esforzaban en adquirir estos elementos. Distribuyeron patrullas, levantaron barricadas; y victoriando al partido liberal, empezaron el ataque de las tropas del Gobierno, acantonados en Azogues. Al día siguiente avanzaron éstas, al mando del comandante Ramón Pesantes, se unieron con otros copartidarios en un sitio llamado “El Vecino”, comarcano a la ciudad, y embistieron a los conspiradores, antes de que estos estuvieran provistos de armamento. Los liberales acudieron a amenazar al Gobernador con la muerte, si no mandaba a desarmar a sus secuaces: estos se negaron a rendirse y entraron en la población, en son de combate. Los conspiradores contestaban las descargas con pocas armas que tenían; y dos o tres de ellos arrastraron a la calle al Gobernador, a quien odiaban, le dispararon algunos tiros y fugaron, al tiempo que se dispersaban sus infortunados camaradas. Se distinguió el jóven Adolfo Lozano: sólo, con una carabina, perseguido por una compañía, que le sometía con descargas cerradas, fue dando fuego en retirada, por el espacio de 15 cuadras, hasta que le fue posible escapar. Fugó al Perú y no regresó a su patria sino cuando murió el tirano. Consumada la derrota, fueron apresados Manuel Ignacio Aguilar, Cayetano Moreno, Vicente Heredia, Federico Ramírez, Hilario Suárez, y muchos más. Inmediatamente los sometieron a consejo de Guerra y para sentenciarlos, recibieron orden de García Moreno. Los tres primeros fueron sentenciados a muerte, el cuarto, a diez años de obras públicas, el quinto y algunos otros, a cuatro años de esta misma pena. El Comandante Francisco F. Farfán, uno de los vocales del consejo, salvó su voto, fundándose en que era incompetente el Consejo de Guerra, porque la asonada no tenía los caracteres de rebelión y la República no estaba declarada en estado de sitio: opinaba, en consecuencia, que los amotinados debían ser juzgados por los tribunales comunes. “Farfán conocía los hechos, mejor que García Moreno, dice el Dr. Borrero, puesto que los había presenciado y estaba al corriente de todos los pormenores. Sin embargo, debiendo gozar, como juez, de todas las inmunidades consiguiente a ese sagrado carácter, fue considerado, no sólo como cómplice de los conspiradores del 15 de Diciembre, sino también como prevaricador”.
En efecto, el tirano envió al Ministro de Guerra mandara un Oficio al Comandante del Azuay, con orden de que remitiera preso al Comandante Farfán, a la capital de la República: de ahí fue expulsado al Napo. El teniente coronel Ramón Enríquez y el sargento mayor Juan Tamayo, también vocales, fueron puestos en causa, porque habían mostrado compasión en el juicio. Aguilar era de Santa Rosa, hombre de pelo en pecho, y largo tiempo había soportado prisiones y grillos en Quito. Moreno era aquel a quien azotaron en Guayaquil, en 1864, cuando la conspiración del Gral. Wright y Heredia, un jóven de 22 años, de la familia del Dr. Luis Cordero. Todos tres subieron al patíbulo, pues para ellos no hubo conmutación de pena.