SIMMONDS GUERRERO ADOLFO H.

PERIODISTA.- Nació en Guayaquil el 23 de septiembre de 1892. Hijo legítimo de Adolfo Hauer – Simmonds y Codiña natural del puerto de Santa Martha en Colombia, tenedor de libros que después de trabajar en las obras del canal de Panamá que dirigió el ingeniero francés Ferdinand de Lesseps, arribó viudo a Quito contratado por la fábrica de cigarrillos El Progreso y contrajo segundas nupcias por el rito judío en Cartagena de Indias, el l8 de Septiembre del 91, con la dama quiteña Ramona Guerrero Martínez. “Esto precipitó la ira de su familia en el Ecuador que los condenó permanentemente al ostracismo. Esa sentencia dura hasta ahora”.
Después pasó a Guayaquil, se hospedó en una pensión del boulevard pero esa noche se produjo un incendio y aunque salvó la vida perdió todos sus bienes y tuvo que comenzar a cero, trabajando en empleos humildes hasta que logró ingresar en la fábrica de calzado “La Nacional”, donde permaneció varios años, ahorró y puso una tenería propia con la cual aumentó sus haberes adquiriendo varios terrenos en el sector de la plaza de la Victoria que sus herederos malbarataron años más tardes.
Los Hauer – Simmonds habían sido judíos alemanes llegados a mitad del siglo XIX a Colombia como armadores de barcos. Eran originarios del pueblo de Gehaus en la Turingia, el primer sujeto documentado de la familia llamó Sander y nació sin apellido en 1752 porque en esa época y región los judíos se identificaban únicamente con su nombre impuesto en la Brit Milah unido a la preposición ben que significa hijo de. Así Sander se llamaba Sander ben Moscheh (Sander hijo de Moisés) Fue en 1787 que el Emperador José II con sede en Viena emitió un decreto por el cual los judíos deberían acercarse a las oficinas del Registrador Civil, pagar una tasa y solicitar un apellido. Sander era un carnicero muy pobre y no pudo pagar mucho, por eso el Registrador le otorgó un apellido poco atractivo, el de Hauer, que en idioma alemán significa colmillo de animal. Sander falleció en 1832. Kalman, uno de sus hijos, el abuelo de Adolfo H. Simmonds, luego de emigrar a las Islas Vírgenes lo cambió por una razón desconocida a Hauer – Simmonds.
El niño Adolfo vivió sus primeros años en una casa alquilada en el barrio de San Alejo. En 1900 inició los estudios primarios en el colegio San Luis Gonzaga a cargo de los Hermanos Cristianos y en 1906 siguió la secundaria en el Vicente Rocafuerte pero sólo hasta quinto curso.
En 1910 se fundó el semanario “El Guante” inspirándose en la circunstancia de ser cinco, como los dedos de la mano, los jóvenes que lo iniciaron, alguno de los cuales ideó firmar sus artículos con los nombres de los dedos. Ese año fue atropellado en la esquina de 9 de octubre y Boyacá por un automovilista que lo envío a curarse a una clínica con una pierna rota.
En 1911 pasó al Colegio “ Pedro Carbo” de Guaranda donde se graduó de Bachiller, de regreso a Guayaquil escribió para “El Alacrán” con José Vicente Trujillo; también se agregó a la redacción de “El Guante” con Manuel J. Calle enviando polémicas colaboraciones bajo los pseudónimos de Moisés Hauer y Pedro Gallo y cuando el 27 de agosto se imprimió la edición del primer aniversario, apareció su caricatura.
En El Guante era costumbre usar pseudónimo y salieron a relucir los nombres de los famosos mosqueteros del Rey de la célebre novela de Alejandro Dumas: D’ Artagñan era Germán Lince Sotomayor, Athos Jorge Diez, Porthos Adolfo H. Simmonds y Aramís Juan Emilio Murillo Landín, pero solamente Simmonds y Murillo persistieron en el cultivo de las letras. Simmonds pasó casi enseguida a dirigir la página literaria de “El Guante” contando con colaboradores tan importantes como Miguel Valverde, Manuel J. Calle, Miguel E. Neira, Eleodoro Avilés Minuche y José A. Falconí Villagómez. En sus escritos usaba los pseudónimos de Francisco de Olmos, Mauricio Romantier, Raúl Rojas.
Su relación de amistad con Calle se mantuvo hasta la muerte de éste en 1917. “Le llevaba datos para sus famosas Charlas, ponía los títulos, corregía las pruebas. Fue la etapa de mi formación intelectual. Don Manuel era incisivo, mordaz, duro, pero sus consejos constituían sabias lecciones de periodismo”.
En 1914, aguzado por su padre que deseaba verlo de médico, inició la carrera de Medicina que no quiso concluir pues se dio cuenta que no estaba interesado mayormente en esa ciencia y se cambió a la Facultad de Química y Farmacia donde tampoco llegó a graduarse. En la Planta Municipal Stassanizadora de leche propiedad de la Municipalidad de Guayaquil fue ayudante del Dr. Roberto Leví Hofman.
En 1915 colaboró en “El Pueblo”, el 16 lo hizo en la revista “Semana Gráfica” que se imprimía en El Telégrafo y el 17 al ocurrir la muerte de Calle, fue considerado uno de sus sucesores. A fines de abril de 1921 principió a escribir en “El Fuete” recién adquirido a Juan Bautista Rolando Chico por Pompilio Ulloa Reyes y desde el 22 formó parte de la redacción de “El Telégrafo”, donde trabajó por espacio de cuarenta y ocho años hasta su muerte.
Esta fue su época romántica, gustaba declamar sus propias poesías, cantar con una bella voz de barítono y se aficionó a los paraísos artificiales, como medio para escapar al tedio del vivir cotidiano en un ambiente vulgar y como evasión suprema de su espíritu de esteta. También era activista del Kuo Min Tang y defendía por la prensa a los inmigrantes chinos.
En 1925 contrajo nupcias con la Prof. María Cristina Dueñas Cartagena, una de las fundadoras del Colegio Técnico de Mecanografía, Taquigrafía y Secretariado (Redacción Comercial como entonces se llamaba) y que después de la revolución del 44 se transformó en el Colegio 28 de Mayo de Guayaquil.
El 25 también colaboró con la revista “Savia” de José María Aspiazu. Era un excelente crítico de arte en una época en que sólo realizaba esta labor el periodista español Francisco Ferrandiz Albors bajo el seudónimo de “Feafa”. Igualmente era aficionado a los toros, hacía crítica taurina para varias revistas, asesoraba a los presidentes de las corridas y sus consejos nunca eran desechados.
En Agosto fue apresado y llevado al panóptico de Quito con otros periodistas por oponerse a los dictámenes arbitrarios de la I Junta de Gobierno de la Revolución Juliana.
En mayo de 1926 figuró entre los delegados del Guayas a la fundación del partido Socialista Ecuatoriano. El 28 empezó a colaborar en prosa y verso en la revista “Páginas Selectas” que se editaba en la imprenta del diario “El Telégrafo” y con el Dr. Rigoberto Ortiz Bermeo y Francisco Ferrandiz Alborz escribió en los dos pequeños periódicos que imprimía el primero, titulados “Ardeplo” órgano del Sindicato Regional de Educadores del Guayas y “Expectación” de política y literatura. Ese año fundó el sindicato periodístico “Prensa Simmonds” que tuvo corresponsalías en varios diarios del continente. “En lo personal era aparentemente un hombre contradictorio: delicado y gentil hasta la exageración pero siempre andaba desprevenido como volando en una nube y al mismo tiempo como escritor era el ácido político, crítico de feroz sátira, el hombre de regreso de todas las esperanzas.”
En Octubre del 29 formó parte con Modesto Chávez Franco y Carlos Arroyo del Río del Jurado del concurso literario por el Día de la Raza. En 1931 ocupó por varias semanas la Subsecretaria de Gobierno y de Educación en la Presidencia Interina de Alfredo Baquerizo Moreno. De allí pasó al Departamento de Estadísticas del Banco Central en Guayaquil. Cada fin de año debía viajar a la capital a preparar el Informe General del Banco y en varias ocasiones lo contactaron para redactar los borradores del Informe a la Nación que anualmente acostumbran leer los Presidentes de la República. En 1932 escribió con Luis Gerardo Gallegos la mayor parte de la revista “Semana Gráfica” de José Santiago Castillo. El 33 empezó a desempeñar la cátedra de castellano en el Vicente Rocafuerte, luego tendría a su cargo la de Literatura Universal. Hablaba en tono bajo pero claro haciéndose querer de sus alumnos por su amplísima cultura pues había leído mucho aunque en forma desordenada y como en la prensa ganaba poco, sufría de los males del subempleo, cubriendo parte de su presupuesto mensual con las más diversas labores, escribiendo tesis de grado sobre asuntos tan variados como sólo un humanista hubiera podido hacerlo. En cierta ocasión redactó una tesis sobre Higiene y Salud Pública y los profesores de la Facultad de Medicina recomendaron su publicación sin imaginar que no era del alumno cuyo nombre figuraba en la carátula y encontrándole méritos científicos sobresalientes y hermoso estilo literario. En la revista del Vicente colaboró con artículos y ensayos, en 1949 apareció “La formación del teatro ecuatoriano, fragmentos de una conferencia” que se convirtió en fuente de consulta obligada para todos aquellos que querían conocer un poco más de la historia del teatro en nuestra Patria.
En “El Telégrafo” hacía de todo desde editorialista hasta gacetillero sujetándose al horario más raro del mundo; pues, a la cinco de la tarde concurría a su oficina particular que daba a la segunda ventana del segundo piso del edificio por el lado de 10 de Agosto y allí redacta el editorial y su columna titulada “Cosas que pasan”, encontrando serios tropiezos para hallar los temas apropiados pero una vez que los tenía en mente, escribirlos era tan sencillo y natural que lo hacía en pocos minutos entregando sin corregir a la imprenta. De su columna se ha dicho que era notable por la erudición de su autor, evidente en los temas más disímiles y por el urticante humor que invariablemente enronchaba al aludido.
A eso de las ocho de la noche bajaba a la redacción a conversar con los demás periodistas, controlando sus trabajos; pero, como era amiguero, se escapaba al restaurant “El Búho” a tomarse una tácita de café con viejos conocidos, alternando esos momentos de solaz con otras visitas a la redacción que no descuidaba y así hasta las cuatro de la mañana, hora en que se retiraba a su casa y dormía hasta las diez, que se bañaba, vestía y concurría a los Bancos. Almorzaba siempre pescado, platillo del que era aficionadísimo, creyendo que por esa costumbre gozaba de tan buena salud. Por la tarde dormía la siesta, escribía y salía a las cuatro dirigiéndose a su oficina en donde como ya hemos visto llegaba a las cinco a trabajar.
Por eso algún chusco le dijo en cierta ocasión que era un invertido porque invertía el horario haciendo el día noche y la noche día y el chiste le hizo tal gracia que luego lo repetía y festejaba siempre.
En 1936 fue expulsado a Chile por haber escrito un artículo titulado “La Ley Externa” que la dictadura boba pero implacable del Ingeniero Federico Páez no pudo soportar. Allí encontró a sus amigos Molina, Cabezas y Lagos, jefes de los servicios policiales que años antes habían estado en Guayaquil en calidad de asesores militares del gobierno, quienes – para ayudarlo – le encargaron la dirección de la Revista de los Carabineros.
También pasó por las distintas redacciones de periódicos y revistas de Santiago escribiendo sobre temas de su predilección y mientras duró su extrañamiento el espacio del editorial aparecía en blanco. Estos fueron sus mejores tiempos, su pluma era nerviosa, sus ideas socialistas y hasta francamente revolucionarias.
Durante los años de la segunda Guerra Mundial formó parte del grupo de Protección a los judíos en el Ecuador que presidía Max Wasserman, también del Movimiento Antifascista en el Ecuador fundado por Raymond Meriguet y cuantas veces pudo, escribió a favor de los Aliados y en contra de los países del Eje y sus doctrinas manidas y terminada la guerra mundial aclaró que el régimen corporativo impuesto por Mussolini en Italia no era un sistema, ni un ideal. Era una ingeniosa doctrina para engañar a un mundo en crisis.
El 29 de Marzo de 1943 salió su artículo más polémico debido a la aguda depresión nacional que como buen periodista político olfateaba en el ambiente y pidió cambios sustanciales y definitivos, es decir, el retiro político de doscientos personajes, lo que en forma figurada se convirtió en sus entierros de primera, para salvar al Ecuador, pues “ellos deben morir para que germine una nueva vida, para que salgamos de este círculo vicioso, de hombres e ideas, alrededor del cual volteamos sin tregua ni fin. Para que escapemos del dédalo de intereses creados y bajas pasiones, dentro del mal nos hemos extraviado,” palabras que antes de un año se hicieron realidad, pues les llegó la muerte política a esos dos centenares de ecuatorianos, que venían ejerciendo poder desde el placismo de 1912.
El 12 de Abril de 1943, influenciado por las lecturas de Edgard Aland Poe y Jorge Luís Borges que a través de algunos de sus cuentos tratan sobre el otro yo de cada persona, escribió en “El Telégrafo” con relación a su pseudónimo, que ya era famoso en la ciudad y el país.
“Yo no soy yo. Porthos firma Porthos porque no lo es el otro. Su labor tiene relieves definidos y mirajes concretos. Cada día se afirma su individualidad, muy diferente del escritor que le ha dado vida.”
Ese año opinó en “El Telégrafo” que si el presidente Arroyo del Río rechazaba la postulación del Dr. José Vicente Trujillo a la presidencia de la República estaba perdido, como efectivamente sucedió al producirse un año más tarde la gloriosa revolución del 28 de Mayo. En otra ocasión indicó con toda verdad que el contrabando es un síntoma de leyes defectuosas.
Por esos días recibió con el erudito profesor español Antonio Jaén Morente al General José Miaja, heroico defensor de Madrid en 1939 y al político Diego Martínez Barrios, diputado en Cortes durante la república española, quienes estuvieron de paso por nuestra ciudad.
Entonces tuvo una época de intensas polémicas periodísticas pues como opinaba diariamente de todo y de todos, con gran libertad y sin ningún tapujo, no faltaba alguien que le saliera al frente. En otras ocasiones burla burlando comentaba sucesos del diario vivir, con iguales resultados.
Tras la revolución del 28 de Mayo del 44 polemizó con el Dr. Carlos Puig Vilazar a) Cholo Honrado, que hacía campaña por el presidente Velasco Ibarra en “El Universo” y en Junio con el recién designado Contralor Angel Felicísimo Rojas. Igualmente discutió el 45 con varios periodistas que con mucho gracejo escribían en “El Universo” bajo el pseudónimo de “Amianto” – Franklyn Pérez, Alberto Gómez Granja, Gabriel Pino Ycaza y Pedro Jorge Vera – porque Pedro Saad se retiró muy pronto de ese grupo dado su natural rechazo a toda expresión de burguesía. En uno de sus artículos trazó un listado de la acción de la prensa en la política, para lo cual hizo uso de la erudición histórica que siempre le acompañó en su vida periodística, haciendo notar que durante el primer período presidencial del General Juan José Flores éste fue defendido por José Joaquín de Olmedo y en el segundo por Antonio José de Irisarri Alonso.
A Rocafuerte le favoreció con sus escritos el colombiano José Joaquín Borda. A García Moreno su amigo Juan León Mera. A Veintemilla – en sus comienzos – Juan Montalvo, aunque terminaron de enemigos. Caamaño – en cambio – tuvo a José Urbina Jado. Al civilizado Antonio Flores Jijón le defendió José Gómez Carbo, bien es verdad que solo en materia económica. Alfaro fue defendido por el periodista colombiano Juan de Dios Uribe y tras su muerte por el también colombiano José María Vargas Vila y por el historiador Roberto Andrade. Plaza tuvo en su primer período a Manuel J. Calle. Tamayo a Francisco Ochoa Ortiz. Córdova a Pío Jaramillo Alvarado que escribía como Petronio. Ayora a Julio Enrique Moreno. Tras el 28 de Mayo de 1944 Velasco Ibarra contó con la defensa de Carlos Puig Vilazar.
Varios políticos que no ocuparon el solio presidencial también recibieron el auspicio de la prensa. El General Manuel Antonio Franco lo tuvo del periodista colombiano Julio Esaú Delgado. Flavio Alfaro Santana del cuencano Miguel A. Fernández Córdova. Federico Intriago de Juan Bautista Rolando Coello y su célebre periódico “El Fuete”. El Mayor Ildefonso Mendoza Vera contó con la pluma de Bolívar Monroy Garaycoa. El General Luís Larrea Alba con la de Clotario Paz a) Kurt von Friede, su nombre escrito en idioma alemán.
En 1947 fue Ministro Consejero de la delegación Ecuatoriana, por la prensa, a la conferencia Interamericana de Bogotá y estuvo alojado, casualmente en el mismo hotel, el Obregón, con el joven Fidel Castro Rus, presenciando desde allí el bogotazo, con su secuela de crímenes, incendios, muertes, violencia y destrucción, acción que fue calificada de criminal y se atribuyó a los grupos izquierdista, en su mayor parte comunistas, que se oponían a la celebración de la Conferencia Panamericana en dicha capital.
El 16 de Febrero de ese año, en el 63 aniversario de “El Telégrafo” publicó “Nuestra Edad Provecta” con desesperanza.
Cuando su amigo Teodoro Alvarado Olea ocupó el Ministerio del Tesoro en la década de los 50, lo ayudó en la elaboración del “Plan de la Producción” considerado el punto de partida de la estructuración de la Junta de Planificación.
Por esa época construyó una casa mixta esquinera en Guaranda y Portete, sector que se volvió famoso por la gran cantidad de golondrinas que por las tardes llegaban a posarse en los cables de luz eléctrica. El espectáculo era único, duro varios años y hay gente que lo recuerda. En dicha casa vivió feliz con su esposa y dos hijos llamados Marauja y Moisés hasta su última enfermedad porque a pesar de sus horarios contradictorios, amaba la vida de hogar y la compañía de los suyos.
En 1951 fue designado Miembro de la Sociedad Bolivariana de Guayaquil fundada por el Licenciado Alberto Avellán Vite, e1 53 fue electo para la Academia de la Lengua capítulo Guayaquil y viajó a las islas Galápagos con Gabriel Tramontana para realizar un programa turístico sobre las bondades de esa región.
Entre el 51 y el 52 escribió en forma de diálogos como Espejo lo había hecho en “El Nuevo Luciano de Quito”, a la usanza del griego Luciano de Samosata, escritor famoso de la antigüedad por sus “Diálogos de los muertos.”
En una madrugada de Enero del 54 presenció el incendio del vecino salón “El Buho”, cafetín que funcionó por muchos años en una covacha de madera y zinc al lado del diario “El Telégrafo”, lugar de reunión nocturna de la intelectualidad de la ciudad. Con tal motivo escribió: En la hora del incendio, la pena y el humo, empaparon de lágrimas mis ojos.
En 1957 figuró entre los fundadores de la revista “Vistazo” y formó parte de su Consejo de Redacción, escribiendo el artículo central en cada entrega, siempre con su estilo profundo y al mismo tiempo liviano, propenso a la fina ironía pues “el humor es flor de ingenio, dimensión distinta para mirarlo todo a través de sus matices más diversos.” Ya no hería como antes, ni ambicionaba cambios, era un filósofo escéptico que escribía para el diario más tradicional del país sobre “las cosas que pasan”, con el estilo “del inimitable Porthos” tomado de su maestro Calle y en “Vistazo” sólo ironizaba al igual que Raúl Andrade lo hacía en “El Comercio” de Quito con gran finura y mayor lirismo. Ambos eran periodistas diestrísimos, lectores impenitentes de memoria impar y de obra prevenida por desilusionada.
Hubiera sido un notable estadista de haberse dedicado a la política; sin embargo, se había quedado atrás de los cambios mundiales y generacionalmente y su pensamiento ya no contaba. Era un perfecto Quijote con toda la grandiosidad que encierra ese personaje pues sus negros y grandes ojos vivaces denotaban la plenitud de su vigor físico e intelectual.
En las elecciones presidenciales del Núcleo del Guayas del 62 se acomodó entre los viejos que se hacían lenguas de la cantidad de jóvenes que habían ingresado a la Casa de la Cultura, desconocidos casi todos en el mundo de las letras. Allí le traté pues yo asistía como simple muchacho curioso con mis veintidós años a cuesta. Era un hombronazo alto y enjuto, “de piel verdimorena como la de un árabe” que conversaba con gran fluidez. Sus chistes, numerosos y propios todos ellos para la ocasión, invariablemente daban margen al amplio comentario fino y chispeante.
Unas manos huesudas y los dedos manchados denunciaban que comía poco y fumaba mucho. Estaba a sus anchas, presidía al grupo, tocaba los más variados temas con gran realismo y los analizaba con precisión. Su voz era escuchada con agrado y su opinión respetada. Entonces comprendí que estaba frente al líder de una generación y que su influencia a través del “El Telégrafo” había sido enorme.
Poco después escribió sobre Fidel Castro acusándolo de terrorista por lo de Bogotá pues habiéndose hospedado ambos en el mismo hotel, habían intimado en varias tertulias que duraban horas, en las cuales Simmonds fue descubriendo al verdadero Castro (totalitario, megalómano, sanguinario) sentimientos que ocultaba de todos tras la fachada de un joven viril, arrogante y agradable. I como sus conclusiones fueron expuestas en los primeros tiempos del triunfo de la revolución cubana – 1959 – un lector se quejó a “Vistazo” diciendo que “Porthos estaba viejo”, otro sentenció que eran mera fantasías y no faltó un fanático que hasta amenazó con poner una bomba. El Jefe de Redacción de Vistazo un tal José Antonio Rojas Bahamonde contestó dándoles prácticamente la razón. Simmonds se consideró desautorizado o lo que es peor criticado en sus ideas y opto por retirarse. Aún no se diferenciaba la revolución cubana que fue buena en sus inicios, de la atroz tiranía de Fidel Castro, quien sumió al pueblo cubano en la esclavitud y la miseria más espantosa.
El programa radial “Vida Porteña” que dirigía Sixto Vélez y Véliz le dedicó una audición de homenaje y José Vicente Trujillo tomó la palabra. En 1967 fue condecorado por el gobierno constitucional del Presidente Otto Arosemena Gómez.
Después sufrió un enfisema por fumar muchos años cigarrillos de envolver en papel de trigo color amarillo que le obsequiaban sus amigos de la fábrica El Progreso. Se sintió mal, lo internaron en la clínica Guayaquil, dejó de fumar y como hasta perdió su vieja tos bronquial volvió a hacer vida tranquila y sedentaria.
Entre el 63 y el 66 presidió la Sección de Literatura del Núcleo del Guayas. El 8 de abril de 1969 sufrió una ligera indisposición estomacal y guardó dos días de cama, mejorando a ojos vista, mas le sobrevino una neumonía, pasó a la Clínica Guayaquil y falleció en la madrugada del día 15, a los setenta y seis años de edad, en pobreza, porque ni el diario ejercicio del periodismo ni la dedicación a las bellas letras han producido dinero en el Ecuador.
No llegó a publicar obra alguna. Sus numerosísimos artículos y editoriales escritos en El Telégrafo, Vistazo, Semana Gráfica, Savia, El Fuete, El Guante forman varios volúmenes y deberán ser recogidos por hermosos, profundos y porque siempre son novedosos ya que muy rara vez se repetía. Fue leal en sus afectos y firme en sus ideas. Tuvo amigos “cultivó la sátira juvenalicia y urticante al mismo tiempo que la cláusula grave y profunda.”
La capilla ardiente se levantó en “El Telégrafo”. Nunca fue un sujeto religioso. Decía que era más difícil ser ateo que creyente pero reconocía “que el hombre no poseía todavía las herramientas necesarias para descifrar el maravilloso ritmo que rige el universo, desde los átomos hasta las galaxias y desde el hombre hasta las bacterias.”
No fue un ideólogo ni un pensador pero poseyó estilo literario y vocación periodística. Hablaba latín y francés. Un colegio secundario lleva su nombre en Guayaquil y su busto, modelado por el escultor Alfredo Palacio, se levanta en la Avenida del Periodista.
Algo de lo mejor de su producción, como ensayo, se puede hallar en la revista del Vicente Rocafuerte. Su opinión hizo época, fue bueno con todos y dejó grandes recuerdos.