Santo Tomàs Domingo.

Es de presunir la vida miserable que 1levarian asos principes de la sangre real de los Incas del Pera en los conventos de sus protectores, ya que estos religiosos tampoco lo pasaban bien, no lo pudieron pasar, en los priueros años de la colonización de Anérica. Je la vida que llevaban las dos mujeres en el Cuzco nada se sabe pero no dehió ser ujer que la que arrastraban sus tres hermanos en el convento dominicano,no osbtante la caridad de Fray Douin- go de Santo Tomas, Provincial del Peru, que les dió como limonas y por piedad, un pedazo pequeño de tierra para que lo sembraran, Muy pronto murieron žuan los principes del Incario Juan y Fran- cisco: el primero que era el me- nor do los tres, consumido por el posar y cansado do tanto traginar el camino del Cuzco a Lima, on inútil demanda al Virrey do al. guna merced. Aquel mismo buon religioso so constituyó en procurador de los cinco hijos de Atahuallpa y, ante la desatonción do los Virreyes y Gobernadores del Perú, acudió al Rey en demanda de algún auxilio. Para ello lhizo que Don Diego y lDon Francisco levantaran dos in. formaciones sobro la legitimidad de los hijos do A tahuallpa; una en el Ouzco en 14 de noviembre de 1554 y otra on la ciudad de los Royes en 28 do abril de 1555; legitimidad que probaron con decla- raciones de varias personas, entre ellas las de un tío de Atahuallpa, hijo de Túpac – Yupanqui v otro indio actogenario, que asistieron a las fiestas qne el inca daba en el nacimiento de sus hijos, de un sirviente del palacio del inca, de una hermana do Atabuallpa, Doña Inés Yupanqui, esposa entonces de Francisco de Ampuero, vecino de Lima, y de los Padres dominicanos Fray Domingo de Santo To- más y Fray Gaspar de Carvajal. Por estas declaracioeos se sabe que la madre de Don Diego Illaquita era Chumbi – Oarua, la de Don Francisco Ninancoro, Naxi- Ooca, y la de Don Jnan Quispe – Túpac, Choquesuyo. La caridad de Fray Domingo de Santo Tomás llegó al extremo de ir personalmente a la Corto a presentar al Rey esas informacio- nes; y su celo se vió recompensado bien pronto con la Real Orden, merced a la cnal el Virrey Marqués de Oañoto estableció sobre las Cajas Reales la renta de 600 pesos por dos vidas a favor de Don Diego Illaquita y otro tanto al de Don Francisco Ninancoro.