SALOM BARTOLOMÉ


Salom corresponde a la exaltación del prócer y héroe que intervino en la guerra de emancipación de principio a fin: de 1810 hasta 1826, año en que se rindió el último bastión de los españoles en el Perú, en la plaza del Callao. Luego de tomarla, Salom le preguntó al Libertador cómo debía castigar al jefe vencido, general Rodil; la respuesta fue: «El heroísmo no es digno de castigo». En aquel lapso de lucha -15 años- cuánto esfuerzo tenaz y valeroso día a día, cuántos retos y cuántos fracasos, en medio de un ingente drama de la tropa y de los civiles en poblados y campos; muerte de las bestias para alimentar a los soldados, muerte de éstos a veces en gran número o invalidez por heridas; todo para salvar la libertad del hombre. Las victorias se han empinado sobre cadáveres y entre combate y combate, sólo la necesidad absoluta de sentirse invencible. Al final de aquellos quince años tan duros, tan agobiantes, Salom debió sentirse viejo; era sólo un poco mayor que Bolívar.
Terminada la guerra y vueltas las tropas grancolombianas a su lar, el general Salom se pegó a integrar el grupo de los secesionistas, en 1830; no podía jamás situarse en bandos contrarios al hombre máximo de la liberación americana; su lealtad a Bolívar se lo prohibía. Prefirió renunciar al cargo que desempeñaba de intendente general y comandante de Armas del Departamento de Maturín y solicitó gallardamente su retiro. Quienes lo conocieron bien y lo admiraron, lanzaron su nombre para una candidatura presidencial; triunfó José Tadeo Monagas (1847). Más tarde, como homenaje especial y justo, el presidente Páez le otorgó el grado de General en Jefe. Con este honor final el prócer llegó hasta la tumba ese mismo año de 1863; tenía ochenta y tres años. Murió la víspera del día de San Simón.
El importante nexo de Salom con el Ecuador asumió presencia y significación el año 1822. Como jefe de Estado Mayor entró en Guayaquil el 11 de julio a la cabeza de dos batallones, al mismo tiempo que Bolívar. Dos días después se publicó el bando según el cual la ciudad y la provincia quedaban bajo la protección de Colombia; lo firmaba el general Salom. Por esto y por su inflexible rectitud, enérgica siempre, la parte guayaquileña antibolivarista y los amigos de la Junta de Gobierno depuesta -la presidía Olmedo- opusieron resistencia a quién representaba lo que se decía «acto de fuerza». Al acceder Bolívar a la petición del Colegio Electoral de que Guayaquil se constituyera en Departamento, el general Bartolomé Salom recibió el nombramiento de intendente. Luego, se le designó jefe Superior del Sur, o sea de todo el Ecuador, para lo militar y lo económico. Al año siguiente se alejó definitivamente del país, para tomar parte activa en la campaña del Perú. Antes de viajar, hubo de afrontar la sublevación de Pasto; en la batalla de Ibarra contra Agualongo, combatió personalmente, en medio de la tropa; el Libertador hizo otro tanto.
A distancia de más de siglo y medio, Bartolomé Salom, en la estatua que Venezuela le ha erigido en Guayaquil, hará acto de presencia ante las generaciones en su altísimo ser de prócer y de héroe. Habrá de recordarse permanentemente la palabra de Maurice Blanchot: «Al morir, el héroe no muere sino que nace y se torna glorioso; al establecerse en la memoria de las gentes, asume una supervivencia definitivamente secular”.
(Tomado de El Universal, Sept. 4/87)