Salazar y Cabal Vicente Lucio

Vicente Lucio Salazar, ex Interventor de la Sucursal en Quito del Banco del Ecuador, era, en esa crítica época (julio de 1874), subsecretario de Hacienda. Anunció que se trasladaría al puerto para “concertar con el comercio de esta plaza y el Banco del Ecuador los medios de poner término a la crisis monetaria que viene atravezando el país”. Salazar llegó de Quito en la última semana de julio. Se reunió con los señores doctor Alcides Destruje, José Vivero y José Rosales, “como comisionados del comercio de esta plaza”. El subsecretario les dio a conocer la fórmula oficial que se reducía a la emisión de 500.000 pesos en bonos del Estado con el interés del 1% mensual y amortizable con el 25% de los derechos de aduana. La emisión íntegra se abonaría a la deuda con el Banco del Ecuador que tomaba para sí 300.000 pesos en bonos. Se le pedía al comercio que suscribiese los 200.000 pesos restantes. Los comerciantes, que habían ofrecido tomar 125.000 pesos en bonos al 90% con el mismo interés del 1% mensual – y para utilizarlos en el pago de hasta el 50% de los derechos de aduana, no aceptaron la contrapropuesta oficial, y el comisionado oficial se regresó a Quito sin poder solucionar la crisis.

Hijo del Dr. don Manuel María Salazar, primer Ministro en el Tribunal de Cuentas al establecerlo la primera administración de García Moreno, dice el P. Legohuir, era uno de los individuos más conspicuos de la esclarecida y tan benemérita familia de los Salazares. Era persona dotada de singulares talentos, que venían resalizados por un carácter íntegro y enérgico, con juicio modesto y una consumada experiencia, mayormente en cuestiones económicas. Había desempañado, y siempre con lucimiento importantes cargos públicos, como las Carteras del Interior, de Relaciones y de Hacienda, en la que no tuvo rival; había presidido ya la Cámara de Diputados, ya la del Senado. Pero sus servicios más conocidos, cuya hoja se extendía a más de treinta años, se referían a la Hacienda, en la que se elevó al rango de nuestros mejores economistas, no sólo como emprendedor, justiciero, hábil y afortunados, sino aún como reformador insigne y salvador de situaciones desesperadas. Se recordarán dos crisis en que “acusado ante el Poder Legislativo”, salió de la prueba con creses de reputación.

Por desgracia, en las presentes circunstancias, una parálisis que de algún tiempo atrás le aquejaba, vino a agravarse repentinamente y a inutilizarlo hasta el punto de no permitirle apersonarse cual fuera menester en las durísimas tareas gubernativas de aquella época de crisis aguda. En la proclama que dio a la Nación el primer día de su elavación, garantizó a la libertad de sufragio y prometió convocar a los pocos días para las elecciones Presidenciales y el Congreso extraordinario a los 60 días de la fecha.