Rousilme Jose Felix

El 25 de marzo de 1946, llegó al Ecuador un jóven iluminado por la fé. Nacido en Francia, provincia de Auvergne, de padres campesinos, sintió la irrevocable necesidad de servir a Dios. Fue recibido aquí por monseñor José Félix Rousilhe, originario del mismo pueblo francés y pariente cercano del hoy monseñor H. Enrique Julhes, sujeto de este comentario.
Monseñor José Félix Heredia, recordado Obispo de esta Diócesis, ordenó como Sacerdote a monseñor Julhes el 9 de junio de 1946, en solemne acto en el cual actuaron como sus padrinos el inolvidable Dr. Juan Tanca Marengo con su cónyuge, doña Nohemí de Tanca, y señoras María Avilés de Aguirre y Zoila de Noboa.
Desde sus primeros pasos como Sacerdote, monseñor Julhes se ha distinguido por su inclinación por los más necesitados en los más variados aspectos, condiciones que puso de manifiesto en las Capellanías y Parroquias que han estado a su cuidado. Su primera actuación fue como Capellán del hospital de Pasaje; luego, de las Misioneras Lauritas en Colimes de Balzar hasta el 4 de junio de 1971 que fue designado Párroco de P. J. Montero (Boliche), lugar donde se construyó la única Iglesia que allí existe. Designado como Párroco en Durán, construyó allí la Iglesia y el Convento, y con las Madres Lauritas fundó una escuela para 900 niños; obras todas de gran significación y donde se aprecia desde su inicio la paciencia y la tenacidad que siempre imprimió a su labor pues, las indicadas obras realizadas en Durán, las llevó a cabo con pequeñísimas sumas de dinero que obtenía de los pasajeros del ferrocarril.. En 1963 los Padres de Santiago Apóstol lo ayudaron en su prolífica misión pudiendo de esa manera multiplicar allí sus obras de misericordia.
Pasa luego a San Martín de Porres en Gómez Rendón y la Trigésima, donde, en base a su iniciativa y trabajo, se construyó la Iglesia, el Convento para las Madres Lauritas y un Dispensario para la atención de los desvalidos.
Desde 1957 hasta 1970 dirigió muchas veces la Escuela de Trabajo N°. 2 a pedido del presidente Velasco Ibarra y de monseñor Mosquera, otro eminente Obispo de Guayaquil. Ese mismo año de 1970 fue como Vicario Episcopal a Santa Elena, donde reconstruyó con su estilo propio y fachada entera de guayacán, la antigua Iglesia de dicho Cantón de la provincia del Guayas. Mientras desarrollaba su labor como Vicario y reconstruía la Iglesia que admiramos todos quienes viajamos a la Punta de Santa Elena, fue notable su obra evangelizadora que cubrió a todos aquellos pueblos semiabandonados de la Costa con la ayuda eficaz de las Madres de la Caridad.
Posteriormente, ya en 1981, el arzobispo de Guayaquil., monseñor Bernardino Echeverría, le pidió escoger una Parroquia en Guayaquil, seguramente pensando que le dura labor realizada habría podido mermar en algo su afán constructivo y su admirable dedicación a su labor pastoral, lo que en verdad no ha ocurrido pues es un hombre robusto y con excepcional espíritu de trabajo. Escogió la Parroquia de Santa Teresita, en la zona de La Puntilla Entre-Ríos, donde con amor y dedicación admirables obtuvo de personas caritativas erogaciones que le han permitido una maravillosa obra social y tiene en marcha al momento una guardería infantil y centros deportivos para jóvenes.
Una obra pastoral como la que he bosquejado, innecesariamente para quienes como yo han tenido la suerte de conocerlo y tratarlo, ha sido reconocida ya por dos presidente de la República, quienes lo condecoraron personalmente: el Dr. José María Velasco Ibarra que le confirió la condecoración Al Mérito en el Grado de Gran Oficial y el ingeniero don León Febres-Cordero Ribadeneyra quien lo elevó al Grado de Comendador.
Quienes miran de cerca la cotidiana labor parroquial de monseñor Julhes, se benefician con su obra social y sienten el calor humano, la ternura y la auténtica fé que de él emanan, no pueden dejar de expresar permanentemente su satisfacción por su presencia pastoral y su vigencia de las que gozan y aspiran a seguir contando con ellas, para beneficio de sus familias y de la comunidad que día a día se desarrolla más en ese tan agradable sector que sentimos guayaquileño no obstante pertenecer al cantón Samborondón.
¡Cuánta falta hacen más hombres como monseñor Julhes en esta ciudad y en este país! Hombre generoso hasta el extremo; auténtico mensajero de Cristo, imitador de su vida y de su ejemplo. Hombre capaz de construir, de dejar una huella indeleble, sin siquiera pretenderlo, en el alma y en el corazón de todos los que han tenido el privilegio de conocerlo. Un hombre y un sacerdote como pocos que hace mucho es dueño legítimo de la gratitud de este pueblo que le guarda -para siempre- el más entrañable de los afectos.