Roura Oxandaberro Jose Maria

José María Roura Oxandaberro es un nombre que estará siempre unido a la naturaleza y al arte ecuatorianos, por la luz, el color y las formas de la vegetación, el mar y el paisaje tropical de nuestra tierra, fueron las fuentes que alimentaron los pinceles del catalán. Roura había estudiado farmacia y comenzado a ejercer su profesión en su Cataluña natal, pero las voces interiores le gritaban que lo suyo estaba lejos de los elementos químicos, los frascos y las obleas, y el jóven decidió seguir esas voces y guiado por ellas fue a París, donde se dedicó por entero al arte. El destino sin embargo le había trazado otras rutas “Casa de Artes”, una galería alemana, que conoció sus trabajos, le propuso que viajara a África, en busca de paisajes exóticos que dieran material a su sensibilidad y que alimentaron el deseo de lo nuevo y desconocido que corría por Europa. Roura aceptó, pero tras una conversación con alguien recién llegado de América, propuso cambiar África, por el nuevo continente, y en 1910 llegó a Ecuador, el país en que dejaría su arte, su amor y su vida. Los pies del catalán conocieron todos los caminos ecuatorianos Quevedo, Mocache, Palenque, fueron dejando en sus pinceles lo exuberante, lo feraz, que tanto llamaba la atención del jóven Roura. La guerra de 1914, determinó la liquidación de la “Casa de Artes”, que hasta entonces había recibido las obras del pintor. Roura quedó en América totalmente librado a su suerte, y después de su matrimonio con la quiteña Judith Cevallos, supo que nunca volvería a la vieja Europa, que había decidido su vida.
Desde entonces, Caracas, Lima, México, San José, Santiago y algunas ciudades californianas fueron escenario de exposiciones del pintor, al cual los años, la mala salud y la responsabilidad de tres hijos no habían robado el entusiasmo y el deseo de ver el mundo. Su sueño era comprar un barco, y con su familia vivir en él mientras iban de un sitio a otro, tal vez para como hizo en Galápagos, instalarse en una carpa, mientras la naturaleza movía sus manos y sus pinceles. Con los años, sin embargo, el poeta debió echar sus raíces y se estableció en Guayaquil, donde trató de despertar nuevas vocaciones para el arte, desde su Academia o su cátedra en el colegio Rita Lecumberri. En ellas trabajó hasta su muerte.