Rodríguez Miguel Antonio

Sacerdote criollo que imbuído en los principios de independencia y libertad toma parte en la revolución quiteña del 10 de Agosto de 1809 como miembro de la Junta Soberana que se forma para gobernar a la Real Audiencia de Quito, en nombre de Fernando VII. Traduce y comenta La «Declaración de los Derechos del Hombre» publicando su trabajo sobre esta materia, también es autor de la Oración Fúnebre predicada en la Catedral de Quito, en el primer aniversario del sacrificio de los próceres del 2 de Agosto. Posteriormente cuando el General Toribio Montes desde su campo del Calzado, intima la rendición de Quito; dicta Rodríguez la Nota de Contestación al Oficio indicando que «El Gobierno de Quito no podía reconocer una misión que emanaba de los mercaderes de Cádiz» investigado el autor, se supo que era Rodríguez y – refiriéndose al Consejo de Regencia – Montes le jura odio eterno.

Triunfando la reacción española en 1813 Rodríguez es procesado y el 28 de Abril de 1813 con el Provisor Caicedo son condenados a muerte pero se le conmuta la pena por la de diez años de destierro a Manila, en las Filipinas. Ambos personajes salen escoltados de Quito, en Abril de 1813 y por el puerto de Guayaquil embarcan al Apostadero de San Blas de México y de allí a su destino. En nota del 24 de Diciembre de 1814 José Gardony avisa a Montes que a bordo de la Corveta de Guerra «Fidelidad» tanto Rodríguez como Caicedo han arribado felizmente a Manila y se encuentran en los Conventos de Recoletos y San Agustín, respectivamente, de esa ciudad, custodiados por los Priores, quienes mantienen las llaves y sólos les permiten trato con religiosos de confianza a los que no puedan seducir. El 28 de Marzo de 1817 Fernando VII prohibe que se envíen a Filipinas, en calidad de castigados, a insurgentes de otras colonias. En Diciembre de 1819 pide a las autoridades de Quito el envío de los originales de las «causas reservadas» seguida contra Rodríguez y Caicedo, a fin de resolver definitivamente la solicitud presentada por este último, a nombre de ambos sentenciados. Ya Rodríguez ha alcanzado un cierto prestigio en Manila y predica varios sermones en su Catedral, algunos de los cuales se conservan manuscritos. Fray Vicente Solano los tuvo en su poder; pero, a consecuencia de un viaje realizado de Quito a Cuenca, los deja en la capital. Años después, en 1921, Luis Felipe Borja (hijo) indica en un Boletín de la Academia Nacional de Historia que los ha hallado y guarda como joya inapreciable. Sin embargo ya desde el 11 de Diciembre de 1819 el Virrey de México mediante Real Cëdula dirigida al Capitán General de Filipinas declara concluido el destierro de Rodríguez y Caicedo, que ha durado desde 1813 permitiéndoles su regreso a Quito. Se desconoce cuales habrán sido las razones para que ambos próceres permanecieran hasta 1821 en las Filipinas, lo único cierto es que regresan a Quito cuando ya Sucre ha sellado la independencia con la batalla del Pichincha, el 24 de Mayo de 1822. Posteriormente, en 1825, vuelve Rodríguez a predicar en la Catedral de Quito. Antes de 1809 había sido profesor de la Real Universidad donde tuvo Cátedra de Filosofía y alcanzó por aclamación el Grado de Licenciado y Doctor en Sagrada Teología desempeñándose en el cargo de Capellán del Convento del Carmen bajo de Quito. Entre sus discípulos se contaron ilustres personalidades como el Dr. José Fernando Vivero; el Obispo Cuero y Caicedo lo apreciaba mucho, así como los Canónigos Araujo y Villamagán.- Pablo Herrera y Fray Vicente Solano aseguran que Rodríguez murió en 1821, envenenado, al tocar el puerto de Guayaquil y cuando empazaba a emprender el camino de Quito, lo que no es verdad, como ya se ha visto, porque de él se conservan Sermones predicados en 1825.