RIVA AGÜERO JOSÉ Y OSMA

ERUDITO.- Nació en Lima en 1885 y fueron sus padres legítimos Juan Carlos de la Riva Agüero y Riglos y Dolores de Osma y Sancho-Dávila pertenecientes a las principales familias del Perú por abolengo y dinero.
Recibió una magnífica educación en los mejores Colegios de Europa de suerte que al regresar a su Patria de veintidós años en 1905, poseía una hermosa apariencia varonil, gran fortuna y hablaba varios idiomas, entre otros el inglés, francés e italiano, sorprendiendo a los pocos meses a los críticos con un valioso estudio sobre su antepasado José de Baquíjano y Carrillo de Albornoz, Conde de Vista Florida y literato de ideas “inficionadas” por los Enciclopedistas franceses y que le cantó las claras a un Virrey.
Poco después editó “La Historia en el Perú” revelando el cuadro de la cultura peruana con relevantes dotes de crítico. En 1915 dio a la luz su “Diego Mexía Fernangil” y el 16 polemizó con el padre Manuel González de la Rosa” y publicó un “Elogio del Inca gracilazo”.
De 1919 es “Un Cantor de Santa Rosa” y del 21 “El Perú histórico y artístico” pero donde cosechó sus mejores lauros fue en “Paisajes peruanos”, porque reveló en toda su grandiosidad el paisaje andino y obligó a José Carlos Mariátegui y a los pensadores de su generación a interesarse por el alma andina de la serranía, motivando un nacionalismo amerindio que antes no tenían ni habían sentido. “Todo lo demás también está reflejado en esta obra, la presencia titánica de los Andes, la sonrisa de los valles costeños y la severidad de la puna, el dulce quechua y el áspero aymará, los elementos telúricos, las fuerzas históricas, la sierra grave, dura, esquiva, la costa bullidora, holgazana, frívola, ingeniosa, la altanería de las casas blasonadas, la pobreza y el misterio de las moradas indígenas, los padres ríos trasmutados en dioses como en Homero, la montaña que como en la floresta de Kipling se escucha rumor de génesis y centuplican antiguos gérmenes su misión germinadora, los páramos, los desiertos sobre los cuales impera un sol implacable como el Dios de Israel y de Mahoma”.
Esta obra despertó un sentimiento de nacionalismo andino a ultranza y en los izquierdistas el respeto al terruño y deseos por liberar a la raza mestiza e india y en los derechistas un querer al pasado como sea porque fue mejor y en medio de ellos el escritor transitaba como erudito peleón, pues desde 1921 encabezaba al fascismo en América del Sur, con singulares bríos y sin temer a nadie. Para unos era un sólido pensador cristiano, teórico de lo imposible, colonialista hispanizante de un país de raza india lleno de prejuicios arraigados y superviviente de un sistema que aún existía en su época por aquellas rarezas de la historia. Para otros un Quijotre, ideólogo formidable que había demostrado que la cuna de la civilización andina estaba en la sierra, escritor de estilo culto, atildado, metafórico, erudito y vital.
En 1931 ascendió al Ministerio de Gobierno y clausuró los diarios apristas reaccionando contra el éxito de ese partido nacionalista de izquierda. Fue el choque estéril de dos nacionalismos, hizo apresar a los dirigentes principales y los lanzó al destierro. Numerosos apristas vinieron a Guayaquil y aquí estuvieron varios meses, entre ellos Luís Alberto Sánchez, Alberto Ugolotti Dansay, Benjamín Urrutia, a tiempo que como buen erudito daba sus últimos toques a un libro sobre la lengua Guaqui desaparecida varios siglos atrás.
Su devoción casi maniática sobre el pasado hizo que resucitaran los estudios heráldicos y genealógicos y creciera a su alrededor una pléyade de investigadores valiosos, muchos de ellos auspiciados económicamente por él. También hacía traducciones del latín y poemas de corte horaciano, pues fue un humanista a la antigua.
Entre 1936 y el 38 se alzó a mayores pactando secretamente con Japón y Alemania el reparto de Sudamérica, para lo cual hizo valer sus influencias ante estas embajadas en Lima, de suerte que si los países del Eje hubieran ganado la Segunda Guerra Mundial, el área andina compuesta por el norte de Chile y Argentina, Perú, Bolivia, Ecuador y Colombia hubieran dependido del Japón, mientras Brasil, Venezuela, Uruguay, Paraguay y el resto de Argentina y Chile pasaban al control de Alemania. La capital del área japonesa iba a ser Lima, soltero donde es notorio que desde el siglo pasado existen ciudadanos de raza amarilla descendientes de inmigrantes de ese país.
Riva Agüero hubiera dado un nuevo empuje a la cultura andina, se habría reintegrado el Tahuantinsuyo con sus antiguas regiones clásicas, pero al perder terreno el Eje en Europa se comenzó a deteriorar su salud y falleció en 1944 en Lima de solo 59 años de edad, dejando la mayor parte de su fortuna para la Universidad Católica y la creación de un Instituto de Investigaciones Históricas que funciona con su nombre y desde 1978 publica sus Obras Completas.
Aparte de la importancia de sus trabajos, muchas de las cuales se relacionan directamente con el Ecuador a través de la sociedad y la cultura andinas, su inclusión en este Diccionario se debe a la marcada influencia que ejerció sobre algunos de nuestros pensadores.
A raíz de su destierro al Perú en 1924 Jacinto Jijón y Caamaño le conoció y trató en Lima y en su obra “Política Conservadora”, titulada así, discretamente, para dar los principales lineamientos al neofascismo sudamericano, fue en mucho el fruto de las ideas políticas que le trasmitió Riva Agüero y que constan expuestas en “Origen, desarrollo e influencia del fascismo”, trabajo suyo que apareció en la Revista de la Universidad Católica de Lima.