RIBERA SALVADOR Y DAVALOS

V OBISPO DE QUITO.- Fue bautizado en Lima el 17 de Agosto de 1545. Quinto hijo legítimo del Conquistador Nicolás de Ribera el Viejo (1) y de Elvira Davales y Solier.
De diecisiete años ingresó al Convento de Santo Domingo de Lima, profesó en la Orden en 1567 y por la claridad y perspicacia de su ingenio, el vicario General Fray Diego de Osorio le llevó de Secretario a España en 1570 y estudió en la Universidad de Salamanca, ampliando sus conocimientos en Ciencias Eclesiásticas, sobre todo en la oratoria sagrada; y graduado de Lector enseñó Artes en el colegio del Convento de San Pablo de Sevilla y se especializó como Calificador Inquisitorial.
El 28 de Octubre de 1578 el General de los dominicanos le concedió Licencia para regresar al Perú a entenderse en negocios de la provincia. En el convento de Lima prosiguió con la enseñanza y leyó Teología hasta merecer los grados de Presentado y de Maestro en esa ciencia.
El 2 de Diciembre de 1581 el Padre General Pedro Constable le reconoció el Magisterio y facultó para recibir las insignias de Doctor universitario, leyendo la cátedra de Vísperas en la Universidad de San Marcos.
En 1584 fue Prior y Provincial de los dominicanos de Lima, pero a los tres meses de realizada su elección se suscitó un litigio de jurisdicción con motivo de la extradición de un reo de la iglesia de Santo Domingo y fue enviado el 29 de Diciembre a España, dejando de Vicario a Fray Cristóbal del Espíritu Santo y como el 85 se envió desde España el nombramiento de otro Provincial, quedó tácitamente cesante.
El 87 concurrió al Capítulo en calidad de Definidor del Perú y consiguió la facultad de comprometer hasta sesenta religiosos voluntarios para las provincias del Perú, Quito y Chile que acababan de crearse. Con ese fin se trasladó al convento de Atocha, donde por lo pronto pudo conseguir para el Perú un personal de veintidós dominicanos procedentes de los conventos de Valladolid, Salamanca y Madrid.
De regreso a su patria fue elegido Prior del convento dominicano de Lima.
El 94 y por dos períodos que se extendieron hasta el 98, desempeñó eÍ cargo de Provincial y hasta fue Calificador Inquisitorial, malquistándose la voluntad del vecindario por el rigor usado en ese último cargo, al punto que los propios Oficiales de la Inquisición reaccionaron con Informaciones siniestras pero verídicas contra Fray Salvador y su familia, tildándoles de sádicos por su extremadamente severo proceder y de fatuos por andar preocupándose solamente de presumir de su hidalguía y linaje.
Durante ese período emprendió la visita a los demás conventos dominicanos y llevó a cabo varios trabajos en la iglesia y convento de Lima, de suerte que solo por su celo y diligencia pudieron concluirse.
Entre 1598 y 99 fue Prior y habiendo pasado a España con recomendación del Virrey quien escribió “Es de pulpito y virtuoso, hijo de conquistadores del Perú y persona digna de Obispado”, fue proveído para el obispado de Tucumán primero y luego para el de Quito. González Suárez ha escrito que Ribera era un varón doctísimo y celoso de la moral cristiana, aunque carecía de discreción y hasta de dulzura y mansedumbre.
Entonces recibió las Bulas y la consagración episcopal, se puso en camino y al llegar a Panamá enfermó de gravedad y estuvo seis meses imposibilitado y en cama. Por fin, fortalecido por el descanso, aunque aún convaleciente de sus achaques, se embarcó y con buenos vientos estuvo en cuatro días en Manta y poco después en Quito, que se hallaba muy alborotada a consecuencia de las controversias del Fiscal Blas de Torres Altamirano y los Oidores, que vivían peleando con el presidente Miguel de Ibarra. Uno de los Oidores, el Dr. Armenteros, era muy travieso; pero Ibarra murió en 1608 y al año le reemplazó el Dr. Juan Fernández de Recalde.
Ribera acababa de hacer su entrada en Quito cuando ocurrió la queja de María de Siliceo, respetable viuda y con hijos, que ya de mediana edad “quiso santificarse con otras mujeres y fundó el Convento de Santa Catalina de Sena”, cuyas religiosas de clausura estaban sujetas a los frailes de Santo Domingo, orden a la cual se pertenecía el Obispo, y aunque el número de monjas había aumentado con el tiempo , algunas no observaban las reglas y eran mancebas de sus directores espirituales dominicanos. Claro está que habían sido hermosas doncellas empujadas por sus padres al convento, sin consultar sus opiniones y por supuesto y sin vocación (2) y por ello se habían transformado en mujeres sin felicidad ni esperanza, dentro de un forzado encierro que compartían con los frailes para pasarla mejor. Tal el caso de la bella sor Isabel de Santa Ana, favorita del español fray Reginaldo Gamero, sacerdote culto y viajado, con título de Presentado y Maestro en Teología y poseedor de una grata y amable personalidad.
Mas, el Obispo Ribera, como buen inquisidor, al oír las quejas de la Silíceo y deseando orden en el convento, vetó la candidatura de Fray Reginaldo Gamero para Provincial, pues si de simple Prior había causado tanto lío a la superiora Silíceo ¿qué sería si ascendía a Provincial?
Para ello trató el asunto muy discretamente con el Provincial Francisco García, quien estaba en todo con Gamero y le apoyó decididamente. Entonces Ribera echó mano de medidas enérgicas, moviendo a la madre Siliceo a presentar una formal queja ante la Audiencia, pero la Orden dominicana se defendió aludiendo que se trataba de acusaciones sin fundamento y el 9 de Septiembre de 1609 el propio Obispo tuvo que ingresar al convento de Santa Catalina de Siena a confirmar lo denunciado con el testimonio de varias monjas; todo lo cual mandó a Lima (3).
Mientras tanto la ciudad ardía en bandos y el asunto de las monjas y los frailes concitaba odiosidades contra el Obispo. En ese ambiente tenso se realizó la famosa elección de Provincial y resultó ampliamente triunfador el Padre Gamero, mientras unos cuantos padres huían a refugiarse en la Recoleta y elegían de Provincial a fray José Cuero. La Audiencia, a cuyo tribunal subió el enredo en consulta, dictaminó a favor de Gamero y los de la Recoleta apelaron ante el Virrey y mientras venía de Lima la resolución, protestaron contra la autoridad del padre Martínez, nombrado Vicario por Gamero, que al saber que el Obispo le había excomulgado, no dudó en presentarse ante el Virrey, quien declaró legítima su elección y aprobó las medidas tomadas por la Audiencia.
Después de eso, el asunto pasó ante el Rey, quien pidió al Maestro General de los dominicanos que enviara a Quito a un religioso investido de poder para restablecer la observancia, nombramiento que recayó en la persona de fray Juan de Avalos quien “tuvo una actuación tan severa y rígida, que la sagrada Congregación de Obispos y regulares, alabando el celo del religioso, no pudo menos que desaprobar su rigor y violencia”. Mientras tanto el padre Gamera había salido de Lima y se encontraba en el convento dominicano de Antequera donde terminó sus días con fama de virtuoso, mientras el padre García era públicamente despojado de sus hábitos en la iglesia dominicana a vista y paciencia de la feligresía quiteña y condenado a servir diez años en galeras. Después de tan denigrantes escándalos la imagen del Obispo Ribera quedó debilitada pues un vasto sector del clero le criticaba acerbamente, comparándole en sus sermones con su santo antecesor el Obispo Luis López de Solís. Ribera quitóles en retaliación, a los frailes agustinos, las licencias de escuchar confesiones; y en esas rencillas se hallaba atareado, anciano y con su salud delicada pues pasaba días enfermos y cuidaba de abrigarse mucho manteniéndose en cama algunas veces, cuando el Jueves 22 de Marzo de 1612, a eso de las dos de la tarde, tomó un vaso de agua de nieve y esa noche le sobrevino una aguda pulmonía que le llevó a la tumba en menos de dos días completos, puesto que murió el Sábado 24 a las ocho de la noche, por eso fue que la gente dijo que había sido envenenado.
Murió de 66 años, tras cinco de episcopado. Fue un hombre culto y mundano, acostumbrado a -las galas peninsulares, hizo representar comedias en el Palacio para celebrar el matrimonio de su sobrina Micaela de Ribera y Santillán, celebrado en Lima en 1603 con Sancho Díaz de Zurbano, nombrado Corregidor de Quito por seis años y quien se hizo odioso por su carácter despótico y menospreciativo.
También le correspondió imponer el palio el segundo día de la Pascua de Resurrección de 1609, al Dr. Bartolomé Lobo Guerrero, que del Arzobispado de Bogotá pasaba a ocupar el de Lima.
Ribera no pecó de imprudente pero sí de fuerte y severo. En Quito tuvo de consultor al célebre fray Diego de Hojeda autor de la Cristiada.
Entre las cosas negativas de su período debe contarse su soberbia y pujos nobiliarios que le llevaban a menospreciar a la población quiteña en general, en la que solo creía ver personas de baja condición. También discriminó a los indios y mestizos hasta el cuarto grado inclusive, prohibiendo que se les admitiera en las Ordenes y a los ya recibidos ordenó que no se les permitiera el ascenso a los cargos o dignidades. También prohibió a los doctrineros que tuvieren chacras o sementeras y a hospedar indios forasteros o mulatos.
Alto, blanco rosado, de contextura algo gruesa y mirar inteligente. Se conserva su retrato en Lima y está enterrado en la Catedral quiteña.