Ribera Fernando de

Conocido universalmente con el nombre de el Hermano Hernando de la Cruz: fue americano y nació de padres muy nobles en la ciudad de Panamá, dedicóse a la esgrima, a la pintura y al cultivo de la poesía: componía versos, muy aplaudidos por lo conceptuosos y manejaba la espada con pulso, agilidad y destreza.

Vino a Quito en compañía de una hermana suya, que abandonó su patria con el propósito de tomar el velo de monja en el monasterio de Santa Clara de esta ciudad, donde, en efecto, fue admitida y profesó. Don Fernando, su hermano, se quedó todavía en Quito por algún tiempo y andaba muy ocupado en pensamientos mundanos, hasta que un suceso desgraciado lo convirtió a Dios y lo impulsó a abrazar la vida religiosa. El caso fue el siguiente: un lance de honor, en que creyó manchada su reputación, lo precipitó a batirse en duelo con un caballero de esta ciudad; la destreza en el manejo del arma lo sacó al instante victorioso, dejando al contrario gravemente herido. El crímen despertó en el pecho de Don Fernando de Ribera el pesar y los remordimientos y formó la resolución de reparar el escándalo consagrándose a la virtud en una Orden religiosa; eligió a la Compañía de Jesús, y en ella acabó sus días en el humilde estado de hermano lego o coadjutor temporal.

Su ocupación ordinaria era la de la pintura, de la cual estableció no sólo un taller sino una verdadera escuela en esta ciudad, recibiendo discípulos a quienes daba lecciones y adiestraba en ese arte. Aunque su condición de hermano lego en el Colegio de Quito, lo mantenía alejado del trato con personas seculares, con todo, era tal la fama de su virtud y tanto el crédito de su discreción espiritual, que los superiores no pudieron menos de permitirle que recibiera bajo su dirección a Mariana de Jesús, doncella quiteña, que pedía tener al Hermano Hernando de la Cruz por su guía y maestro en el camino de la perfección evangélica. En el colegio de Quito había a la sazón jesuitas tan graves y doctos, que según afirmaba el Obispo Oviedo en un memorial dirigido al Real Consejo de Indias, no los tenía mejores la Compañía, entre los profesores de las famosas Universidades de Alcalá y Salamanca.