Ribadeneyra Diego de

En Abril de 1546, volvieron plantas de españoles a pisar las Islas Encantadas. Derrotado en el Sur del Perú el valeroso y constante defensor de las armas reales, Diego Centeno, y perseguido de cerca por Francisco Carvajal, el terrible Maestre de Campo de Gonzalo Pizarro, al ver que la mayor parte de los españoles habían abandonado la causa del Rey y muchos habían pasado a las filas de los rebeldes, Diego Centeno resolvió huir en un barco que supo debía zarpar del puerto de Quilca con dirección a Chile. Despachó, pues, al Capitán Don Diego de Ribadeneyra, uno de los más leales, con catorce arcabuceros para que procurase ocupar la nave y esperara alli a fin de salir juntos en busca de seguridad.

Cuando llegó Ribadeneyra a Quilca, el barco había partido. Los naturales le dijeron que si se apresuraba, talvez los encontraría en Africa y allá se dirigió velozmente. En efecto allí estaba anclado. Con trabajo y maña logró apoderarse del barco y con doce hombres que le restaban y unos pocos marineros, se volvió a Quilca. En una caleta cercana al puerto divisó unas balsas desde las que le hacían señales de llamada. Creyendo que era Diego Centeno y su gente, despachó dos botes para recogerlos; pero los soldados, al acercarse, reconocieron que los hombres de las balsas eran enemigos y se volvieron rápidamente a la nave que zarpó en seguida para escapar de la persecución del «Demonio de los Andes», el cruel y sanguinario Carvajal. Este, efectivamente, informado de los planes de Centeno, había llegado a Quilca, persiguiéndole con afán, poco después que el Jefe realista (Diego Centeno) huyera a las montañas, al no hallar el barco en el puerto, para esconderse entre los indios. Francisco Carvajal esperó entonces capturar a Ribadeneyra y situó las balsas en la caleta cercana.

El capitán Ribadeneyra y sus hombres, huyendo de las fuerzas insurrectas y convencidos de que no podían auxiliar a Centeno, se dirigieron hacia Nueva España, navegando sin cartas de marear, sin brújula y sin piloto, con los pocos bastimentos que había encontrado a bordo. Al salir de Quilca, alejáronse un tanto de la costa para evitar los navíos de Pizarro, y la corriente antártida les desvió a Occidente. Al cabo de veinte y cinco días vieron tierra, que con gran alarma, supusieron fuera la costa de Túmbes o la Isla de Puná. Para no caer en manos de los enemigos, a pesar de hallarse con poquísimos víveres, siguieron de largo y vieron entonces que la tierra quedaba a popa y se dieron cuenta de que era «una isla de admirable grandeza»…..»la cual siempre les parecía que la cubría una niebla, entraban en ella muchas ensenadas y aún junto a la costa se veían grandes montañas, y dicen algunos que vieron humo y otros que no».

Aunque por falta de instrumentos o de quien supiese manejarlos no pudieron hacer observaciones para fijar la posición – de lo cual se lamenta el cronista Pedro Cieza, es indudable que el Capitán Diego de Ribadeneyra había encontrado en su camino a las Islas Encantadas. La gran isla, de una de cuyas montañas algunos de los navegantes vieron salir humo, era probablemente la Albermale: «ella tiene de largo mucho término, a lo que dicen, por donde según razón tendrá de bajo mucho más, por donde yo creo que ella debe ser problema y aún abastada de lo necesario y no poca rica….»Cerca de esta isla dice que vieron otras doce o trece pequeñas, de grandes rocas, y como llevasen muy poca agua conocienco no estar tan cerca de Nicaragua como antes creían allegaron a una de aquellas islas partieron de por muchas partes a buscar agua; temiéndose unos de otros no los quisiesen dejar allí, sin mucho tiempo a buscarla se volvieron a juntar todos en la costa, y metidos en la nave fueron su camino muy tristes por llevar falta de agua y de bastimento. En esta isla que saltaron hallaron grandísima cantidad de lobos marinos, hicotecas (tortugas), gran número de pájaros; dicen que tenía nueve o diez leguas de bojo por donde me parece – comenta Cieza de León – que si buscaran con reposo agua, que la hallaran , y de lo que hallaron (en esta pequeña isla) metieron en la nao lo que pudieron y comenzaron su camino.

Prosiguiendo el viaje hacia el Norte sufrieron terriblemente por falta de agua y alimentos; eran veintidós personas y «se vieron – dice el cronista – con poco más de una arroba de agua» (algo así como doce litros). Cuatro días estuvieron sin beber una sola gota de agua. «ellos ya no esperaban sino la muerte». Se alimentaban de tiburones y algún otro pescado que cogían con arpones hechos con las espuelas que llevaban ; hasta que al fin después de sufrir tempestades y muchos otros padecimientos, llegaron a San José de Istapa en Guatemala casi muertos de hambre. El presidente de la Real Audiencia de Lima Lic. Pedro de la Casca recogió las informaciones y escribió un relato de este viaje de Ribadeneyra, en carta el consejo de Indias, fechada en la ciudad de los Reyes el 2 de mayo de 1549.

Esta es prueba concluyente de que las islas que encontró en su camino el Capitán Ribadeneyra fueron las Galápagos, que pasó probablemente junto a la Albermale, que se halla bajo la línea equinoccial y más o menos en el meridiano de Nicaragua, según los cálculos hechos por estos atrevidos navegantes que se lanzaron hacia Nueva España sin piloto in instrumentos adecuados de navegación. Ribadeneyra solicitó de la Corte privilegios por el descubrimiento que creyó haber hecho, pues sin duda desconocía el arribo a las islas del Obispo Tomás de Berlanga pero se ignora si se los concedieron.