Reyna Margot

Margot Reyna, poetisa del amor.

Por RAFAEL DIAZ YCAZA.

Con Margot Reyna, la Poesía Ecuatoriana escrita por mujeres dio un salto notable: pasó del patetismo romántico y del formalismo parnasiano a un hedonismo dotado de excelencias modernistas. Dos o tres poetisas de alto valor, como Aurora Estrada y Ayala y Mary Corylé, habían tratado antes los temas, con suma calidad. Pero sus voces en tal terreno resultaron sólo intentos aislados de recuperar para nuestra Poesía el rostro humanísimo del amor sensual, otro-yo en esa simbiosis que es el amor llamado espiritual. Demás está recordar que buena parte de la gran lírica universal transita por este deslumbrante sendero, desde los tiempos homéricos hasta hoy.

El sublimado sensualismo de Margot Reyna pudiera remitirse como antecedente latinoamericano a Delmira Agustini, cuyo atrevimiento y aladagracia tienen varios puntos de convergenica con la obra valiente, atrevida, limpia y perennemente fresca de la ecuatoriana. Pero nuestra escritora, aunque menos pródiga en piezas líricas que la uruguaya, muévese tal vez en una onda temática más amplia: va de la introversión religiosa a la extroversión del paisaje; de la meditación sentimental que no se desborda en lo romántico, a la apoteósis de lo sensorial. Estoy refiriéndome, en este último caso, a poemas como «Bésame», «Canción de Amor» y «La Entrega», que constituyeron tema de escándalo para muchos lectores seudomoralistas de mentalidad aldeana, hace unos cuantos lustros. Y es que esos poemas se hallan cargados de la potente gracia de lo eterno y a la vez continuamente perecedero del amor. Desnudos de retórica, constituyen testimonio de lo único real del ser terrestre: su capacidad de amar. Su posibilidad de multiplicarse dividiéndose. De confundirse, de fundirse, de irse, en otro cuerpo, y sin embargo seguir siendo la misma individualidad. Las palabras resultan mochas, carentes de sentido, cuando se quiere «explicar» a la Poesía. Ella utiliza mejor sus claves: «Bésame en los ojos / negros y profundos que son un abismo / ojos donde puedes mirarte a ti mismo!» («Bésame»). «Los dorados racimos de mis senos ( de miel y de placer estarán plenos / y entre ellos estarás en mi deseo ( cual manojo de mirra o camafeo y mi fuente jamás será sellada / ni mi huerto cerrado a tu llamada» («Canción de Amor»). «A la luz rosada del amanecer / tómame en el campo / tibio y perfumado / en donde los lirios y las amapolas / se doblan al peso / mi cuerpo claro» («La Entrega»).

Tanto en «Voz de Alondra» (1949) como en «Sinfonía en Colores» (1965), Margot Reyna prueba ser una lírica por excelencia, lavada totalmente de exageraciones y exacerbaciones. Ello no quita, sin embargo, que sus producciones estén cargadas de intensidad. Incluso, cuando la fuerza del vocablo requiere mayor peso semántico, Margot Reyna recurre al color. Y pasa a ser una escritora-pintora de cuyo contagioso mensaje y emoción es imposible liberarse.

Margot Reyna se ha mantenido fiel a las formas clásicas y rubendarianas, mereciendo que Alfonso Rumazo González dijera en el prólogo escrito para «Sonfonía en Colores»: «El que se niegue esta poetisa a ir por las cien vías de las formas poéticas nuevas no amengua nada su don».

La Casa de la Cultura «Benjamín Carrión», Núcleo del Guayas, publicará dentro de poco un nuevo libro de Margot Reyna, cuyo destino será entregar a las nuevas generaciones la armoniosa palabra y el profundo mensaje de una de las grandes escritoras ecuatorianas contemporáneas.