Quezada Ignacio de

Cathedrático de todas las cáthedras que se regentan en su religión, y por esto maestro del número en su provincia: ha sido prior de varios conventos, visitador en su provincia; provincial y visitador general de la provincia de Santa Cruz; definidor y Procurador general en ambas cortes por las provincias de Quito, y el nuevo Reyno de Granada; compañero y Secretario de su general y su examinador. En los negocios ha obrado con tal aprobación de su religión, que el capítulo general del año 86, le dio las gracias en nombre de toda la Religión por medio de dos difinidores” (40).

De cuanto escribió el domínico, lo que vale más es el “Memorial sumario”. Allí se mostró, más que en otros alegatos, argumentador astuto, que sabe sacar el mejor partido de sus razones y que, cuando no está muy seguro de ellas, se aproveccha de todo, hasta de los que Jijón y Caamaño llamó “ardides de buena y mala ley”.

/MEMORIAL, /SUMARIO EN LA CAUSA / del Real Collegio de San Fernando, y / Universidad de Santo Thomas, del Orden / de Predicadores de la Ciudad de / Quito, conforme a los / Autos. / Represéntase a V. Mag. la nulidad de / una Escriptura llamada de Concordia: con diversas Ca / pitulaciones todas contra sus Constituciones, y Provile / gios. Ponense también otros puntos de gracia, distribui / dos por Capítulos, para que con más claridad se conozca / el hecho: y lo que acerca del se suplica de justicia, / y de gracia. / POR EL PADRE MAESTRO FRAY IGNACIO / de Quesada, compañero, y secretario que ha sido del Ge-/neral de su Orden, y Ex-Provincial, Difinidor, y Procu-/rador General de la Provincia de Quito, y de la del Nue- / vo Reyno de Granada, del mesmo Orden / de Predicadores. / Con licencia del Real, y Supremo Consejo de las Indias, / que su tenor va al fin de este Memorial. / En Madrid. Por Juan García Infanzon. Año de 1692.

Fray Ignacio de Quesada, criollo, quiteño, fue una magnífica figura de nuestro siglo XVII. En Roma fue tan querido del papa que se dice no lo dejó partir en dos años; en España predicó al Rey. El sueño de su vida fue la Universidad dominicana de Quito y por ella hizo todo, lo debido y lo indebido, apasionada y tenazmente. Y, cosas de la vida, no alcanzó a ver la fábrica de San Fernando que con tanto calor admiró desde lejos. De camino a Quito, le sorprendió la muerte en Popayán, en 1696.

Debieron haber sabido los jesuítas del reclamo interpuesto por Quesada y probablemente temieron que el Consejo negase la licencia de publicación a su alegato. Ello es que el libro salió sin licencia del Consejo, e impreso en Colonia, a no ser que creamos a Quesada, según el cual no hubo tal impresión en Colonia: “Aunque para disimular la impresión finge Pedro Calderón haberse hecho este año de noventa y cinco en colonia a diligencia de un Don Gerónimo de Lescano y Sepulveda, no le vale: porque Marcos Alvarez librero de la cobachuela debajo de los estudios del Colegio Imperial, dixo a veynte y ocho de marzo, que había más de un mes que el dicho Calderón le había entregado aquella gran partida de memoriales para que los enquadernase, que hecho el cómputo desde enero hasta primero de marzo en que según dice Marcos Alvarez, se los entregó parece mentira imposible que se hayan impreso en Colonia y traído a esta corte en dos meses con los embarazos de guerras. Y lo que hace evidencia de ser supuesta la impresión, que ni la letra, ni el papel (según los que profesan estas artes) son de fuera de estos Reynos. Porque el papel es de Cuenca, y la letra de la que se funde en los moldes que tiene el Colegio Ymperial” (51)

Todo esto, que amenazaba extender el pleito mas allá de las fronteras de Quito y de las interioridades de las curias, terminó cuando el Consejo mandó recoger los dos memoriales impresos, con fecha 1 de mayo de 1695, y ordenó que se expidiesen despachos a las Audiencias de Lima, Quito y Santa Fé con expresas instrucciones de hacer lo mismo por allá. Los dos libros que cierran el siglo XVII de la prosa quiteña – y, de modo especial, el Memorial del padre Calderón – fueron obras prohibidas. Por supuesto circularon en España y América, a pesar de la prohibición, y sazonadas con el sabor que tal tipo de censuras ha dado siempre a los libros.

Pedro Calderón se muestra en su Memorial dialéctico de cabeza fría y pasión recóndita, que no da tregua a su presa. Ya en el reparo primero que hace a Quesada, lo pone entre la espada y la pared: se le ha de creer a él o a la Provincia. Y lo acosa nada menos que con una condenación papal en que habría incurrido por mentira y perjurio:

Memorial del P. Quesada al Consejo de Yindias en el que se queja de las injurias del P. Calderón dirigdas a su Provincia de Quito en el memorial que imprimió en 1695.