Quezada Fray Ignacio.

Frente al Ministro de Educación y llenando un lado completo la plaza, se encuentra el Colegio de los Sagrados Corazones, construído sobre los solares que fueron antes el Convictorio de San Fernando, este Colegio Real fundado por el Padre Dominicano Fray Ignacio de Quezada en el siglo XVII y que, elevado luego a la categoría de Universidad bajo la advocación de Santo Tomás, tuvo larga vida. En sus aulas se educaron hijos de las más altas y nobles familias de la colonia y muchos de los hombres notables de los primeros años de la República. En 1862 terminó su vida este Colegio y en 1865 su local fue cedido a las religiosas de los Sagrados Corazones. Fue el Colegio más espléndido que hubo en la América por su magnificencia. Lucía una fachada elegante y severa, tenía dos grandes claustros de dos pisos y estaba unido al Convento Dominicano por un arco que servía de pasadizo con el piso alto del colegio. De su antigua grandeza no queda nada. Apenas si se conserva su capilla desmantelada, con su retablo desmejorado y su elegante portada de piedra, adornada con los blazones de la orden que lo fundara. En su tiempo tenía maravillas en obras de arte, aparte de su estupenda biblioteca; pues el padre Quesada mandó las estatuas de Santo Tomás y San Fernando trabajadas en Sevilla, cuarentidós grandes cuadros de vida de Santo Tomás pintados por los buenos artistas de Roma, los dos crucifijos de marfil que se encuentran hoy en el mamerín de la Capilla del Rosario y otras varias esculturas del Niño Dios: cuatro trabajadas en Nápoles, dos en Lucas y dos niñitos dormidos de marfil: todo ello para adornar los claustros, los salones y la capilla del Convictorio; advirtiéndose que los cuarentidós cuadros de la vida de Santo Tomás eran sólo una parte de los 330 cuadros de pincel romano y algunos pocos politanos que mandó trabajar el Padre Quesada para adornar los claustros y los salones de clase del colegio.