Quevedo Antonio J.

El nombre del doctor Antonio J. Quevedo Moscoso permanecerá grabado con signos indelebles en los anales del Ecuador como una de las figuras republicanas de mayor relieve en este siglo, cuyos albores vio al abrir los ojos y en buena parte del cual ocupó posiciones señeras. Destacóse desde estudiante por una serie de preclaros atributos, que rara vez se dan en una misma persona: ante todo, el claro talento, rico en matices y además bien cultivado; la privilegiada memoria; una poderosa facultad para el análisis exhaustivo y, al propio tiempo, una fecunda aptitud para la síntesis, conjunción infrecuente que le permitía esa como clarividencia mental que tanto sorprendía, inclusive a los que le conocían de mucho tiempo. Todo ello iba unido a un extraordinario don de gentes: cordial con sus amigos, irradiaba simpatía hacia todos y era afable aún con los desconocidos. Su conversación atraía, sin que se hubiera dejado arrastrar por la tentación del monólogo, no rara entre los grandes artistas de la “causerie”. Y todo ello con esa sencillez connatural al verdadero señorío, esa como elegancia innata que le convirtió desde su juventud en uno de “los mejores”, auténtico aristócrata, más que de la sangre y pergaminos, de la rectitud y el talento.

Muchos, al verle diariamente en su habitual andanza por las calles antiguas y nuevas de Quito, le consideraban figura propia de la capital ecuatoriana: nació, sin embargo, Antonio Quevedo en Portoviejo, el 8 de abril de 1900; la muerte le ha llegado en esta ciuad poco antes de cumplir los 87 años, en plena lucidez de sus facultades. Licenciado en Ciencias Sociales y doctor en Jurisprudencia por la Universidad Central del Ecuador se especializó en Ciencias Económicas y Sociales y Derecho Internacional en la Sorbona, la Faculté de Droit de la Universidad de París, la Ecole des Hautes Etudes Commerciales y el Colegio de Francia (1925-1927). Con tan sólida preparación sirvió al país a lo largo de su vida con dedicación y amor en todo instante, y con no poco de unamuniana agonía en las horas de sufrimiento y crisis.

Jurisprudente en la plenitud de la palabra, su acreditado bufete, mantenido por varias decadas, ha sido uno de los mas solicitados en la República, tanto por la probidad como por la sabiduría y versación característicos de todos sus miembros. El Dr. Quevedo vivió de su abogacía con dignidad y honor, pero no hizo del ejercicio profesional fuente de lucro.

Pudo consagrarse predominantemente a la política, dadas sus ejecutorías y prestigio, diputado a los 24 años, secretario de la Asamblea Nacional constituyente a los 28. Y aunque prefirió el magisterio (rector del Instituto Nacional Mejía y profesor, titular primero, honorario después, de la Universidad Central, donde dictó sucesivamente Código Civil, Derecho Territorial, Derecho Diplomático y Consular, Derecho Internacional Privado y hubiera querido dedicarse al estudio de las realidades nacionales – “Ensayos sociológicos”, “Cuestiones penales”, “El Ecuador de la postguerra”, son algunas de sus publicaciones -, la patria le llamó a servirla más bien en la diplomacia, y es allí donde, sin buscarlos, cosechó sus mayores lauros, precisamente porque se consagró a ella con desinterés absoluto y total dedicación.

Ingresó al servicio exterior en 1924 y fue secretario en París 1924-1927-, encargado de negocios ad interim en Londres – 1927 – 1928-, subsecretario de Relaciones Exteriores – 1929-1931 -, consultor jurídico y director de Límites – 1931-1932-. Alcanzó tempranamente, a los 32 años, la delicada responsabilidad de Ministro de Relaciones Exteriores – tal vez el más jóven Canciller de la República. En tal calidad supo entonces defender con valentía y firmeza la causa de la paz y, pese a los embates de poderosos sectores interesados, nacionales y extranjeros, logró mantener al Ecuador apartado del conflicto colombo-peruano por el trapecio de Leticia. Con patriótica visión consideró que en caso de abandonar su neutralidad el Ecuador y permitir el paso de tropas colombianas, nuestro territorio habríase convertido en campo de batalla y que, terminado el conflicto, por arreglo amistoso de las partes o con el triunfo armado de cualesquiera de los contendientes, nuestro país habría quedado postergado o abandonado: ¿acaso aquel conflicto no se fincaba en territorios que el Ecuador había considerado siempre suyos antes de 1916? ¿y acaso los que reconocimos a Colombia no fueron canjeados por ésta con el vecino del sur, a espaldas del Ecuador, permitiendo que el Perú adquiriera nuevas fronteras con nosotros también por el Oriente? Sin embargo se nos quería embarcar en el carro de la guerra. Entonces demostró Quevedo ser no sólo un caballero sin miedo y sin tacha, sino todo un hombre, firme en su puesto de razón y justicia, y aquella fue una de sus páginas más admirables. La historia le dio pronto la razón, pues cuando el Ecuador fue invadido en 1941 y cercenado en 1942, América terminó por guardar silencio, dispuesta a cohonestar la usurpación.

Posteriormente el Dr. Quevedo sirvió al Ecuador como Ministro Plenipotenciario en Francia, Gran Bretaña y Suiza (1937-1939) y Perú (1949-1951) y como representante del Ecuador ante el Consejo de la Sociedad de Naciones, que llegó a presidir en 1938, y el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que asimismo llegó a presidir en 1951. ¡Caso único, el del Embajador Quevedo, en la historia de la diplomacia mundial, haber sido Presidente de ambos consejos!. En uno y otro dejó la huella de sus altos atributos intelectuales y morales.

Tuve el honor de rendir público homenaje en 1966 al Dr. Antonio Quevedo, al condecorarle con la Gran Cruz de la Orden Nacional al Mérito que le concediera el Presidente Yerovi. Ahora, ante su fresca tumba, séame permitido tributarle, una vez mas, desde esta columna, el testimonio de mi admiración y ofrecer mi condolencia a sus deudos, en especial a su digna esposa – junto a cada grande hombre hay siempre una mujer digna de él -, doña María Luisa García de Quevedo.