NOBOA Y CAAMAÑO, Ernesto


Dice Francisco Guarderas Pérez, en «Mis Épocas» , Cali, Pág. 64 que » tocó a Ernesto Noboa y Caamaño el primer acto del destino, Apenas llegado a la primera juventud puso su marca irremediable. Isa lacra que le comía la garganta le apartó un amor de adolescencia que había echado las más hondas raíces en su naturaleza romántica. De allí en adelante todo le estaría frustrado. Siguieron para el día de dolor, días de ansiedad, días de amenaza en que sentía avanzar su mal por todas las regiones de su organismo, sin que hubiera mano que lo detuviera. Llegó por esos tiempos al país un eminente médico francés, que por desgracia, pronto fue expulsado por la llamada defensa profesional. Ese médico ensayó con nuestro paciente los últimos métodos, previos al descubrimiento de la fórmula 606. Atacó el mal con los compuestos arsenicales, que le reducían a estados de total postración. Me ha contado Cristóbal de Gangotena, que fue para Ernesto un hermano en sus dolores y un Cirineo en sus necesidades, que el ilustre Dr. Gemarquet le manifestó que mataría al enfermo o lo redimirá de sus males. Consiguió lo segundo; pero para mitigar el atroz dolor físico que el tratamiento importaba, había acudido a la morfina, el anestésico insuperable , que a la vez es la más seductora y peligrosa sirena. Ese fue el comienzo de otro mal que alcanzó luego caracteres de epidemia. Esa necesidad de complicidad que al morfinómano convierte en desgraciado contagioso, se ejercitó sobre Arturo Borja, el lector de Quincey, niño terrible que se hallaba dispuesto a cometer su vida a todas las experiencias imaginables. Para el inconforme significaba una benéfica fuga. I fugó por mares nunca antes navegados, arrullado por el canto de la sirena. Se dió entonces en la aldeana vida de Quito un cenáculo esotérico que vivía horas de aquelarre, en que nuestros malogrados poetas hacían de oficiantes de prácticas extrañas. Jugando a los fantasmas acabaron por serlo. El interés personal que estos poetas suscitaban, la limpidez de sus versos que reflejaban un estado de inconformidad colectiva, su insurrección contra el medio, atrajeron adeptos que se rindieron no sólo al imperio de las innovaciones literarias, sinó también al de los determinismos morales que por ir más allá del bien y del mal, descubrieron el reino de lo inmoral, para lo que la literatura prestaba sus ropajes elegantes y plausibles. El contagio del mal abarcó áreas insospechables. Picarse un poco de literatura delicuescente servía de preparación para el otro piquete.