MIDEROS ALMEIDA VICTOR

PINTOR.- Nació en San Antonio de Ibarra, Provincia de Imbabura, el 28 de Marzo de 1888. Hijo legítimo de Federico Mideros, comerciante y agricultor, propietario de las haciendas La Olimpia, Cerpuela y Monjaspamba y de la quinta San Felipe de Ibarra, y de Carmen Almeida.

De esos progenitores le vino una rica herencia artística y religiosa acrecentada por el medio católico y patriarcal de sus primeros años. Sus hermanos: Enrique, también pintor, entraría en la Orden Dominicana y decoró las iglesias de esa Orden en Ibarra, Latacunga, Loja y Baños; y Luis, escultor laureado varias veces en el Salón Nacional Mariano Aguilera. Por eso se ha dicho de Víctor que “por tradición ambiental y por influencia del medio en que creció, destacó desde temprana edad en el arte de los pinceles.”

En 1894 comenzó sus primeros estudios en San Antonio, después ingresó el Colegio Seminario de Ibarra. “Ya dibujaba mis mamarrachos y hacía caricaturas a mis profesores en elColegio” su padre lo llevo a frecuentar el taller de los hermanos Reyes talladores de fama en San Antonio y el del pintor Rafael Troya en ibarra, quien lo inició en la práctica de la acuarela y el óleo.

En 1906 viajó a estudiar a la Facultad de Medicina de la U. Central de Quito, cursó los siete años y fue compañero de Nicolás Delgado, Camilo Egas y Alberto Mena Caamaño hasta obtener la licenciatura. “Estudiante aún en el segundo año, mi amiga Milagros Crespo, al ver mis dibujos se entusiasmó y adivinando mi vocación me recomendó enseguida al Profesor Víctor Puig de la escuela de Bellas Artes, ahí comencé mi carrera.

La Escuela había sido fundada por Luis A. Martínez, tuvo de profesores inicialmente a Víctor Puig, León Camarero, Raúl María Pereira y Paul Alfred Bar, en dibujo, pintura, composición y dibujo aplicado y ornamentación respectivamente. De esa etapa se conservan pequeños lienzos que interpretan con un dejo impresionista el paisaje de la antigua Alameda.

En 1915 obtuvo Medalla de Oro en el Exposición Nacional. El 16 logró un premio en la pintura de la figura humana durante la ii Exposición anual de Bellas Artes y al año siguiente, al establecerse el salón Mariano Aguilera, le fue otorgado el Primer Premio. Lamentablemente no ha quedado constancia de cual fue el cuadro escogido pero existe la certeza de que fue un retrato de su bella alumna Inés Navarro Gardín, a quien pintaría en varias ocasiones con posterioridad.

En 1918 retrató a piedad Baquerizo Roca, una de la hijas del presidente Baquerizo Moreno y éste quedó tan complacido que lo designó Secretario de la Embajada ecuatoriana en Italia con el fin de que pudiera ampliar sus conocimientos artísticos en Roma. Por entonces se reconocía como discípulo de Rafael Troya y admiraba a los pintores españoles Ignacio Zuloaga (1870-1945) como retratista y a Joaquín Sorolla (1863-1923) y Hermenegildo Anglada (1872-1959) como coloristas, pues se reputaba un pintor de tendencias realistas, especializado en retratos.

En 1919 pintó varios cuadros de costumbres nacionales dentro de un naturalismo de tendencia impresionista como “Yaraví” lienzo donde plasmó al músico trasnochador David Dávila tocando el arpa, o en la vertiente costumbrista inspirada bajo los cánones del academicismo en sus conocidos cuadros “Los Mayas”, “Los Salasacas”, “Los Zambizas”, así como el mural de la capilla donde se encuentran sepultados los restos del Gran Mariscal de Ayacucho, que a pesar de ser obras tempranas suyas alcanzaron niveles muy altos, nutridas como estaban por una personal visión de la naturaleza, logrando captar esos momentos fugaces en los que la luz parece entrometerse en la intimidad del paisaje. Además supo tratar al agua con especial fruición, transparencias y movimiento, como se puede apreciar en su composición “Río Verde”.

Por entonces vivía con su hermano en una empinada callejuela del pintoresco barrio de la Alameda, donde ambos llevaban una existencia de trabajo incesante, lejos del bullicio mundano, consagrados exclusivamente al arte.

Ese año emprendió su viaje a Europa, dejando en el país numerosas telas con sus paisajes del volcán Cotopaxi, de ibarra y de los alrededores de Quito que corresponden a su primera época, así como retratos de personajes históricos y sociales de su segunda y composiciones rituales indígenas como “El inca Vencido”, “Cabeza de india”, “Las Vírgenes del Sol”, “El tríptico del tributo de la raza”, “Costumbres”, “La Ofrenda de la chicha”, “El danzante” y “Las amasadoras” de su tercer momento, con figuras de una grandeza y majestad pocas veces logradas en nuestra pintura; pero, al mismo tiempo, deshumanizadas, como si fueran únicamente estatuas de un pasado imponente y ceremonial. Era como si no dibujara hombres o mujeres sino Dioses, superhombres y sombras.

En Roma asistió a las Academias inglesa, española e italiana de pintura y recibió clases de maestros de la talla internacional de Arístides Sartorio y Manuel Benedito. Hernán Rodríguez Castelo ha dicho que el joven viajero era la mayor promesa de la pintura ecuatoriana del tiempo, pues había logrado una suerte de impresionismo de tintas claras que evocan a Sorolla y había llegado a las puertas de una expresión a lo Zuloaga en Los Bohemios; pero, en italia, en lugar de abrirse a las novedades que inquietaban a Europa, se volvió a lo clásico. i de lo europeo apenas atiende a ciertas formas de pre rafaelismo con énfasis en lo religioso al estilo de “La Luz del Mundo” de Holman Hunt (1827 – 1910) tan ponderado por Ruskin y al simbolismo. El simbolismo espiritualista de Puvis de Chavannes, el simbolismo visionario de Odilon Redon y el simbolismo esotérico de Gustavo Moreau le seducen poderosamente. Agitan oscuros pozos de misticismo y salvo paréntesis que a buen seguro le parecerían fatuos, por allí discurrirían siempre sus caminos, por eso sus retratos tenían impresos el sello de su personalidad a la par que trataba de captar la de los retratados, a base de un estudio de sus psicologías y por cuanto podía aplicar directamente sus conocimientos de Anatomía recibidos en la Universidad Central.

Dos años duró su estadía en Roma. En 1921 visitó España y Francia, fue miembro del Círculo internacional de Artistas y de la Academia de Bellas Artes San Fernando de Madrid. Posteriormente viajó a los Estados Unidos y vivió con su hermano Luis casi cuatro años en New York. Aprovechó la mayor parte de ese tiempo para pintar mucho y bien. De esa etapa se conservan los murales franciscanos del templo de Calicoon.

En 1922 su hermano escapó ileso a un atentado del Ku Kux Klan y como ex voto o agradecimiento, Víctor pintó el lienzo “Mi reino no es de este mudo” que obsequió a la sala del Convento de Santo Domingo en Quito.

En 1924 regresó al Ecuador, hablando italiano, francés e inglés, ingresó al Centro Nacional de Bellas Artes de Quito y volvió a triunfar en la Mariano Aguilera con “Espejo de Justicia”, óleo que hoy se encuentra en el edificio del Centro Universitario Católico de los padres jesuitas. Entonces su arte fue calificado de clásico y academicista, muy influido por Dante Gabriel Rosetti tan en boga en Europa desde los años 1880 y que para la época había desembocado en el exótico, rico y decorativo (Art Nouveau) que ya había finalizado en Europa con la Primera Guerra Mundial y que en países como el Ecuador aún se cultivaba, sobre todo en arquitectura.

Mideros motivaba sus composiciones en escenas bíblicas que reflejaban maravillosamente su profunda religiosidad, agigantada por la acción de poderosas fuerzas telúricas y místicas, donde se observa la presencia del bien en constante lucha con el mal. Por eso el pintor vivía obsesionado y casi prisionero de sus tensiones y temores, que finalmente desembocarían en visiones terroríficas y apocalípticas.

Por los años 20, al iniciarse decididamente en la temática religiosa, matizada con cierto esoten’smo de raíz simbólica de claro origen rosacruciano, le sucedió que estando ingrimo en Aloag, donde pasó una corta temporada, fue visitado de noche por un misterioso caballero que quiso mirar sus cuadros y bocetos, eligió uno y lo tomó para sí, entregándole a cambio un revólver porque no disponía de dinero y sin hacer el menor ruido se marchó enseguida.

Esa madrugada, varios asaltantes merodearon la casa con intención de robar y asesinar, pero el artista les ahuyentó disparando al aire con el flamante revólver. Entonces “comprendió” que el extraño era un enviado especial que había querido ayudarlo. “Un milagro moderno para un hombre piadoso”, se ha dicho.

Entre el 24 y el 30 Mideros fue convirtiéndose en el pintor de moda de la sociedad ecuatoriana. El misterio de sus figuras, muchas de ellas aterradoras, atraían a un conglomerado que había perdido el encanto de la fe sacrificado en aras de un racionalismo incrédulo. La época se prestaba a cambios realizados a saltos, mediante revoluciones, cuartelazos y Asambleas Constituyentes.

“Era un incesante buscar de caminos entre el liberalismo de élite, el socialismo libresco y el conservadorísimo en auge con el fascismo y que veía en el artista a un hombre puro y por lo tanto aprovechable y valiosamente útil, que dibujaba figuras, creaba atmósferas, lograba efectos en telas de tan rica y mórbida sensualidad como Eva y de noble grandeza escenográfica como Ofrenda al Padre”.

“Un colorido ocre, sepia o azul difuminado – minimizado y pobre pero sabiamente distribuido – resaltaba la acción y confería dramatismo a sus conjuntos. Obras que llamaron poderosamente la atención del público ecuatoriano, poco acostumbrado a exquisiteces y efectos, a tan raras visiones; pero técnica que en otros países había sido abandonada, pues el arte occidental avanzaba rápidamente hacia composiciones menos clásicas y más libres, de líneas sueltas que destruían las figuras. Todo llamaba a la renovación de lo estatuido, se quería trasmitir mensajes de intenso calor humano y de rebeldía. Por eso se ha dicho que el arte de Víctor Mideros fue tardío o mejor dicho intemporal”.

De ésta época son los cuatro retratos imaginarios de los Arcángeles – son radiante como “Las siete copas de la Ira”, “Las siete esferas del color”, “Las siete plagas”, “Los siete colores y “ Las siete etapas del alma”.

“Jueces, profetas, la Virgen, Cristo en los estertores de su agonía o en la imponente majestad de su resurrección encarnaron sus motivos fundamentales de quien encontró en la Biblia un manantial perenne de inspiración. Extraños signos de presagios imprimieron a su obra de ese período un matiz religioso. En ella se adivinan y columbran los invisibles resplandores de la ciudad de Dios, siempre diluida en la más lejana perspectiva, como una promesa inalcanzable. Esa pintura gozó de gran éxito aunque con posterioridad a los 50 se fue desplazando con lentitud hacia la penumbra, pues no logró proyección propia dentro de los movimientos pictóricos nacionales”.

Numerosas exposiciones en Colombia le atrajeron la simpatía del presidente Alfonso López y de su sucesor Eduardo Santos, quien le otorgó la Gran Cruz de Boyacá en 1943. De esa etapa son algunas de sus más conocidas pinturas “Predicar en el desierto” tema de dudoso gusto con fondo quiteño, “El hijo de la diestra” y “Rebeca y Eliecer”. Francia le otorgó las Palmas Académicas y el Ecuador la Orden Nacional al Mérito”.

El escritor colombiano Luis Llanos, al enjuiciar sus exposiciones con 85 óleos que bajo el auspicio del gobierno colombiano recorriera numerosas ciudades de ese país, dijo: Mideros se presenta como consumado dominador del dibujo y controlador absoluto de las formas, de los planos, de los volúmenes y de las perspectivas, los preceptos clásicos han servido como elemento de perfección, más no como yugos al que debería someterse el artista.

Llama así extraordinariamente la atención esa manera muy mideriana de deformar intencionalmente, para con ello alcanzar la cabal expresión. Es maestro de las deformaciones porque éstas se fundamentan en el simbolismo, y su simbolismo se basa en su concepción profunda y trascendente.

Nuevas exposiciones en Lima, Santiago y New York, así como otras en Cuenca y Guayaquil, aumentaron su fama, sus cuadros alcanzaron precios altos y prácticamente no se daba tiempo para abastecer la enorme demanda porque no era repentista y gustaba meditar largamente sus temas que

eran concepciones bien logradas de imágenes hieráticas o plásticas, pero en todo caso siempre difíciles de entender por desoladas y tristes y por los tétricos fondos en que estaban colocadas.

Para Mideros la idea de Dios fue siempre la del Antiguo Testamento: ser supremo, terrible, implacable, final y de aterradora grandeza. Imagen alejada del hombre, que sólo se le puede acercar por la intercepción de su hijo Jesús. En cambio, la mujer, tuvo para él un amargor y una voluptuosidad que venía de nuestra madre Eva y en sus ojos ponía la chispa y la malicia de la incitación al pecado.

Ambas técnicas fueron continuadas por los años 50 con cuadros del Milenarismo, teoría que sostiene que al final de los tiempos vendrá Cristo en gloria y majestad y gobernará mil años en paz con los hombres buenos, antes de que se produzca el juicio final. Obras aún más pavorosas pues las pintó usando colores subidos e intensos y tonalidades violentas, magentas y rojas.

Para 1955 el padre Athon Bileham publicó en Quito “Visiones del Apocalipsis’’ con el subtítulo de ^ “agonía y triunfo de la iglesia católica en un próximo porvenir” en 676 págs. dedicadas al estudio del Apocalipsis y 42 fotograbados de óleos de Mideros. Para entonces el Maestro vivía en su amplia casa esquinera de Portoviejo y Diez de Agosto prácticamente retirado en su arte y recibiendo los sábados de tarde a numerosos amigos para hablar de las cosas del mundo y preferentemente de las de Dios. Tenía un estudio muy amplio y hasta proscenio. Al lado estaba el taller de su hermano Luis.

Hernán Rodríguez Castelo, que lo trató en 1958, ha anotado “Pintaba en una luz penumbrosa, con ojos de iluminado, tocado con un gran gorro de piel; junto al caballete charlamos. Me escapaba yo a territorios del arte y él volvía a lo suyo, el Milenarismo ¿Cómo podía no haber un reinado de Cristo en la tierra donde debía repararse tanta pasión de los suyos? ¿Y acaso no lo decía la escritura? I yo sentía lo inútil de oponer a un vidente las frías dubitaciones de la exégesis racionalista. Mideros había dado definitivamente el paso del simbolismo

  • – que es tan rico y hondo poéticamente
  • – a la alegoría que no es sino una suerte de amplificación retórica. Su pintura no era ya enigmática: era catequética. Acaso lo explica por qué de los negros cimarrones en Panamá. El 86 siguió al Perú en la Armada del General Miguel Ángel Filipón y en Lima permaneció cosa de treinta años.

Como soldado recorrió Huanuco y las márgenes del Marañón. En 1588 figuró a las órdenes del Virrey García Hurtado de Mendoza en la armada que salió en busca del pirata Cavendish.

El 10 de Junio de 1604 el Virrey Luis de Velasco le concedió plaza de Gentil hombre en la Compañía de lanzas y arcabuceros puesto más bien honorífico. Entre 1607 y el 9 figuró su nombre en las cuentas virreinales.

Hacia 1610 terminó un vasto poema épico denominado “Armas Antárticas, hechos famosos de los Capitanes españoles que se hallaron en la conquista del Perú”, que le había llevado cosa de seis años escribirlo y lo dedicó al Virrey Marqués de Montesclaros.

El poema consta de veinte cantos con un total de 1701 octavas reales o sea 18.008 versos. Una copia manuscrita en 1877 figura en la Biblioteca Nacional del Perú, pero los originales habían pertenecido al Infante don Luis, hijo del Rey Felipe V. En 1915 Manuel Serrano y Sanz, anunció en el Boletín de la Real Academia Española la publicación de este poema sobre la conquista del Perú con noticias muy interesantes sobre el pasado prehispánico.

Cuando Jacinto Jijón y Caamaño estuvo en Madrid había pagado a un copista serio para que transcribiera la versión original, que dio a la imprenta en dos tomos en Quito, en 1921, adelantándose a sus colegas españoles, pero esta edición solo constó de trescientos ejemplares y tuvo escasa circulación.

Marcelino Menéndez y Pelayo había leído el poema y le calificó de infeliz ensayo, pero otros autores han manifestado que es superior a la Araucana de Ercilla en lirismo y es más inspirado que Peralta en su Lima fundada.

La obra comienza con el relato de los hechos de los conquistadores Pizarro y Almagro y su confrontación final. En los Cantos XI y XII se refiere a aspectos muy antiguos y controvertidos como el Ollanta y los trágicos amores de Chalcuchima y Cusi Coillur.

I como para muestra basta un botón, copiaremos un párrafo del Canto XVII // Quisquís, un Capitán que, según fama, / de todo por deidad fue venerado, /Con Laura, huihua, hermosa y bella dama, / hija de Huáscar Inga fue casado; / de éstos se procreó la ardiente llama / que abrazó a Chalcuchima el pecho helado, / llamada Curicoyllor propiamente, / que dice estrella de oro entre esa gente. // Nació tan adorada la doncella / de honestidad, virtud y gentileza, // que si conforme el nombre con la estrella, / con la estrella conforme la belleza; / dina de Chalcuchima, él diño de ella, / que al no les igualar naturaleza, / no le fuera posible al Dios arquero / enternecer su ánimo de acero. //