Manrique Sabla Francisco.

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Fue entonces, cuando los activos del Banco Italiano fueron adquiridos por dos prestigiosos banqueros ecuatorianos, don Augusto Dillon Valdez y don Lucindo Almeida, que fundaron el actual Banco de Guayaquil que inició, a partir de 1940, como Banco ecuatoriano, sucesor del anterior, sus operaciones en Guayaquil. En dicha Institución, por expresa decisión de sus fundadores-propietarios, continuó el señor Manrique prestando sus servicios, con el mismo cargo de Sub-Gerente, siendo el Gerente el propio señor Dillon Valdez.

Don Francisco Manrique trabajó durante 34 años ininterrumpidos como importante dirigente del Banco de Guayaquil, en donde fue, posteriormente, su Primer Gerente, y, luego, producido el lamentable fallecimiento de don Augusto Dillon, su principal y máximo funcionario. Muchos años antes, el paquete principal de acciones del Banco, había sido adquirido por la prestigiosa Empresa Azucarera Valdez S. A., propietaria del ingenio del mismo nombre, de la cual, el señor Manrique, fue por muchos años miembro principal de su Directorio así como de los entes directivos de otras importantes empresas relacionadas con el Grupo Valdez.

En junio de 1964, don Francisco Manrique, acogiéndose a su merecido derecho de jubilación, se retiró de la dirección del Banco de Guayaquil y fue designado Superintendente General de Bancos de la República, cargo público, el único, que aceptó desempeñar en su vida, que ejerció hasta un año después en que fue designado Gerente General, fundador, del Banco Industrial y Comercial, que inició su atención al público el 18 de Octubre de 1965, haciéndose desde sus inicios acreedor al prestigio y confianza que la presencia y el solo nombre de don Pancho Manrique inspiraba en el ambiente bancario y comercial del Ecuador.

Fue muy dilatado el tiempo y muy provechoso el accionar que don Francisco Manrique dedicó al servicio del adelanto y progreso de la Banca del país, habiendo dejado una imborrable estela de acrisolada honorabilidad personal y de muy alta capacidad profesional muy difíciles de ser superadas. En ese lapso, las instituciones a las cuales dedicó sus esfuerzos, se destacaron por su merecido prestigio y seriedad, y se convirtieron en negocios en franca carrera ascendente para beneficio de sus clientes y seguridad de sus accionistas. Don Pancho Manrique, a pesar de la relevancia de los cargos que desempeñó, no fue nunca hombre de fortuna personal; otra, muy distinta, fue su escala de valores en la que primó la vigencia y observancia de los elevados principios éticos que norman la vida de los hombres de bien Era, pues, la época en que, en las actividades humanas, prevalecía el legítimo y justo merecimiento de las personas que sabían cumplir con su deber así como la integridad; la permanente disposición para servir eficiente y desinteresadamente los intereses que se les confiaban; la preparación y dedicación al trabajo; el espíritu de responsabilidad; el decoro personal; y, el concepto que mantenían acerca de su honra propia; condiciones éstas que constituían el patrimonio principal de los hombres y que hacían, como le correspondió a don Pancho Manrique, que sean merecedores del respeto y la estimación de sus conciudadanos.

El 17 de Marzo de 1975, a las tres y media de la tarde, sentado en el escritorio de su despacho, atendiendo sus diarias responsabilidades en el Banco Industrial y Comercial, don Francisco Manrique fue víctima de un colapso circulatorio que, horas más tarde, terminó su largo y fructífica existencia. Habían transcurrido 54 años desde su iniciación en las actividades bancarias, lapso dentro del cual, la mayor parte, se desempeñó como máximo dirigente de las instituciones bancarias en las que prestó sus servicios.

Don Francisco Manrique fue un hombre de bien en toda la acepción de la palabra. Impoluto y prístino. Se distinguió por su don de gentes, por su verticalidad, por la transparencia de sus actuaciones y por la rigidez de sus conceptos acerca de cómo debe ser la actitud de todo ciudadano a quien se le confía el manejo de dineros ajenos. Para honra y orgullo de sus descendientes, la existencia de don Francisco Manrique Sabla, constituyó el más elevado noble ejemplo de rectitud, del cual, para bien de la Nación entera, queda la huella imperecedera de su acrisolada honestidad. Lo sobrevivió una familia dignamente establecida y conformada bajo sus austeros principios, compuesta por su distinguida cónyuge, doña Leonor Martínez Torres de Manrique, y sus hijos, sus nietos que conservan con veneración la memoria de tan notable y distinguido caballero guayaquileño.