MALO ARTURO MONTESINOS

NOVELISTA.- Nació el 31 de Agosto de 1913 en Cuenca, que años más tarde calificará de aldea con pretensiones de ciudad. Hijo legítimo de José María Montesinos que habiéndose iniciado pobre, con su esmerado trabajo llegó a próspero comerciante con almacén de telas.

Niño de inteligencia prodigiosa, a los dos años y medio demostraba un gran interés por las hojas impresas que su padre leía a diario, insistía en saber qué eran esos grandes caracteres que veía en “El Telégrafo” de Guayaquil y con cuchillos y tenedores formaba la E y la L. y aprendió rápidamente a leer y a escribir. “Sus orgullosos padres lo sentaban en el mostrador del almacén para que escribiera a petición de los clientes, que venían en pos de casimires, su nombre completo u otros que le dictaban y desde los tres años comenzó sus infatigables lecturas que no abandonaría jamás.

A los cuatro años asistió a la escuelita de las hermanas de la Caridad pero encontró un ambiente hostil porque su padre no había querido construir un nuevo pabellón y se mofaban del niño que no prestaba atención en el ABC (porque ya lo sabía).

Con un sirviente asistía a clases pero con el dinero del fiambre adquiría unos pequeños volúmenes titulados Los Cuentos de Calleja que se editaban en España y es fama que llegó a atesorar un ciento, mas fue pillado en estas lecturas y la monja le dijo: Es basura lo que Ud. lee niñito, debe leer solo textos religiosos; así pues, solicitó a su madre que le consiga uno y leyó la biografía de San Gerardo Mayela en 300 págs.

Cuando ocurrió el suicidio del poeta Medardo Ángel Silva en 1919 en Guayaquil los diarios del país dedicaron páginas completas a su vida y obra. “Mis padres y otras personas que habían leído el abundante material informativo tuvieron mucho que comentar. Recuerdo que leía las hipótesis sobre el suicidio y las poesías con gran curiosidad pero sin comprender mucho pero me fascinaba mirar un gran retrato que publicaron los periódicos con la impresión de que el poeta me miraba como queriendome hipnotizar. A ese suceso que me impresionó tanto se sucedieron varios otros con el pasar del tiempo”.

Su mundo tenía la maravilla diaria del descubrimiento, cada persona era para él un conjunto maravilloso de detalles, igual con los paisajes llenos de formas, colores, luces y contrastes. Años más tarde diría que los únicos recuerdos vitales de un novelista son los de su infancia.

Ya joven acostumbraba pasear por las calles y alrededores de Cuenca con su amigo Teodoro Crespo o esconderse en una buhardilla en el último piso de la casa paterna para deleitarse con las bellas letras.

Durante la secundaria donde los Hermanos Cristianos fue el alumno predilecto del hermano Herberto, un francés sabio y dueño de un castellano impecable, que ejerció sobre él una gran influencia bienhechora, le enseñó el francés y pidió a la familia Montesinos que enviaran al niño a Francia, pero lo querían comerciante como su padre y su abuelo.

Cierto día de 1928 el hermano Herberto le solicitó que traduzca del francés un sainete para representarlo en el Colegio, pero el joven prefirió crear una comedia propia que tituló “Las minas en el aire” que al ser representada por Luís Moscoso Vega en el Colegio hizo reír a muchos, pues trata de un español que llega a Cuenca a buscar minas inexistentes.

Al graduarse de bachiller viajó con otros compañeros y el hermano Herberto a Quito, asistiendo a varias representaciones teatrales de un grupo argentino pero al mismo tiempo se volvió agnóstico al escuchar un tremebundo sermón del padre Aurelio Espinosa Pólit sobre los castigos del infierno: plomo derretido les será vertido por sus gargantas para siempre. De regreso fue corrector de pruebas de un periódico católico que acababa de fundarse con quince sucres mensuales de sueldo, siendo ascendido a Corresponsal de noticias por su buen desempeño profesional. Fue su época de preferencia hacia autores españoles como Valle Inclan, Ortega y Gasset, etc.

Era un joven abstemio, casi antisocial, pues copaba su tiempo con lecturas y trabajos de prensa y hasta dio inicios a un libro de cuentos que saldría editado en 1941 bajo el título de “Sendas Dispersas” con solamente cinco cuentos que responde a moldes expresivos del romanticismo tardío, entre los que sobresale Rescoldo, que se compone de seis partes y relata la vida del niño Gumercindo criado para sirviente pero que logra superar esa condición y asume posturas negativas aunque iguales a las que ha visto practicar entre las llamadas personas decentes. Por entonces sus mejores amigos eran otros jóvenes intelectualizados: Manuel Andrade, Emiliano Crespo, Alfonso Cuesta y Cuesta, G. h. Mata, Saúl T Mora, Carlos Peña Astudillo y Manuel María Muñoz Cueva a) El Shugo. Generacionalmente formaba grupo con Alfonso Cuesta y Cuesta y con César Dávila Andrade, a quienes sin embargo no intimó y cosa rara, los tres terminarían saliendo de su Patria, y utilizarían la urbanización en sus textos, Montesinos radicó en los Estados Unidos, y Cuesta y Dávila a Venezuela.

En 1935 contrajo matrimonio con Luz Marina Fernández de Córdoba, matrimonio estable, con cuatro hijos. Por entonces realizó dos viajes a New York para vender sombreros de paja “Panamá”.

Por esos días presentó en el teatro Variedades de Cuenca un sainete titulado “Don Atilio ya no sopla” Lo hizo a petición de Ligia Ordóñez Jerves, actuó ella y Rafael Corral Moscoso, hizo de apuntador Gabriel Cevallos García, con público lleno que aplaudió a rabiar.

En Mayo del 42 se trasladó con su esposa y dos hijos a Quito a fin de manejar una tienda igual a la de su padre pero el negocio fracasó. Entonces comenzó a laborar en el Ministerio de Defensa donde pronto hizo carrera como traductor y profesor de inglés del Colegio Militar.

Después de la revolución del 28 de Mayo de 1944 advino al año siguiente la creación de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Allí encontró un campo fértil para su vocación de escritor a través de la colaboración en el órgano oficial de dicha institución, la revista “Letras del Ecuador,” donde apareció su cuento “Un rincón del cielo” y colaboró con traducciones al castellano de varios artículos, poemas y cuentos en inglés. También fue Editorialista y Jefe de Redacción del diario quiteño El Nacional.

Nuevos trabajos como traductor oficial en la embajada China y profesor de otros Colegios le mantenían ocupado. Alejandro Carrión era su mejor amigo, Humberto Salvador que enseñaba historia y literatura, Miguel Ángel Zambrano poeta y secretario general de la CCE, Miguel Varea Terán, Francisco Tobar y García humanista y Atanasio Viteri poeta y combatiente le visitaban. Mas, ocurrió, que su tercera hija Luzmarina, nacida el 48, necesitó a los cuatro años un tratamiento médico en el exterior y la familia se trasladó a New York el 52. Nuestro escritor frisaba por entonces los treinta y ocho años de edad y se iba a convertir en realidad su sueño de habitar en una urbe cosmopolita.

De su estadía en Quito son la mayor parte de sus cuentos que aparecerían en “Arcilla Indócil” con nueve cuentos y prólogo de Carrión en 1959, donde la narración la da una perspectiva múltiple a través de breves monólogos (casi cinematográficos) que ofrecen la contradictoria personalidad de los protagonistas.

También sus novelas “Segunda Vida” el 62 y El Peso de la Nube Parda editada tardíamente en 1974 y que está considerada una obra maestra del relato por su brillantez y concisión. En estas dos novelas se trata de un abogado Leonardo Durbán, de mediana edad, de clase media, desprovisto de todo éxito, pero al mismo tiempo poseedor de una gran calidez humana, que vive en un pequeño pueblo de la sierra defendiendo a los campesinos pobres que pagan sus servicios con productos del campo manteniéndole en eterna situación de medianía económica, por no decir, pobreza, mientras Rosa su mujer, desea fervientemente volver a Quito. En eso le cae la defensa de un carpintero a quienes todos acusan de haber cometido un crimen, el asunto se complica porque Nelson Greco joven empleado de Leonardo se enreda con la sobrina de un poderoso político. En “El Color del Cristal” editado en 1981 sus relatos mantendrán una gran calidad.

En 1959  Arcilla Indócil obtuvo en el Ecuador el Premio Nacional de Literatura y se dijo que era un cuentista de esmerada técnica, que dejaba percibir la cuidadosa arquitectura de sus relatos, el esmerado dibujo de los personaje, la sabia composición de las escenas, el comienzo y el fin son escrupulosamente escogidos, la manera de hablar de cada personajes es individual y ha sido creada   especialmente   para él conforme a sus personalidades, a sus ambientes sociales, a sus tiempos. Nada es improvisado, no crea apresuradamente, dispone de su tiempo, utiliza su saber, no deja nada en calidad de cabo roto, todo obtiene su justo remate. Solo está lo esencial, nada es superfluo, cada palabra, cada incidencia, cada movimiento tiene su papel, su tarea, su función.

Pronto encontró en la Gran Manzana un puesto adecuado a sus talentos, recomendado por su amigo Miguel Ángel Albornoz pasó a laborar como funcionario del Departamento de Traducciones en las oficinas de la ONU en pleno centro de Manhattan y tuvo la oportunidad de entrar en contacto directo con la cultura mundial a través de museos, bibliotecas, librerías, exposiciones y conferencias y como siempre había sido un hombre de orden, también se dio tiempo para dedicarlo a la escritura pero con un miraje más europeo o cosmopolita que americano, bien es verdad que jamás había sido un escritor indigenista y con el tiempo pasó a dirigir la revista mensual de la ONU.

En los Estados Unidos le nacería su último hijo y casi al final de sus días escribió por contrato dos guiones cinematográficos en inglés: Eight women in my life el 2003 y Blame the wind el 2006, así como dos guiones sobre obras suyas. Del cuento Madrugada salió el guión Dawn y De la última Pausa una película que se filmaría en Cuenca, proyecto que sin embargo aún no se realiza.

Siembre abundoso en cuentos, fue autor de dos libros titulados Del Paisaje Humano y El Color del Cristal en 1981. En cuanto al género novelístico, tan de su agrado, en 1994 apareció “Lejos de la cumbre”.

Jubilado en 1973, como funcionario internacional de la ONU tras veinte y tres años de trabajo, solo entonces presentó con su esposa la solicitud de migración para hacerse ciudadanos norteamericanos, aunque le seguían llamando para trabajos temporales en la ONU, visitó con más asiduidad al Ecuador y viajó mucho por Europa y estando en Viena le obsequiaron las obras completas de Thomas Mann, que decidió leerlas para aprender el idioma alemán que llegó a leer casi de corrido. Siempre le había interesado las obras de Shakespeare por encontrarlo muy moderno en sus concepciones.

Sus años finales pasó en la vecina localidad de Yonkers, Pembrook Drive Street, a solo treinta minutos de Manhattan, había adquirido una cómoda residencia, donde compuso el tema musical para la película Arcilla Indócil de Carlos Pérez Agustí, siempre leyendo, pensando, manejando sus ordenadores, devorando sus materiales de lectura favoritos el New York Time, y las revistas New Yorker y Esquire, en buen estado de salud aunque con la vista algo disminuida, pero suplía esta falta usando lupas de aumento, junto a su esposa y a sus amorosos hijos y sintiendo como siempre la lejanía de su Patria, hasta que afectado del corazón fue internado en un hospital de los alrededores, donde permaneció seis noches hasta que finalmente murió el 23 de Mayo del 2009, de noventa y seis años de edad. Todos sus libros se habían publicado en Ecuador y todos sus hijos llegaron a graduarse de universitarios y vivieron vidas útiles y prósperas pero solamente el crítico Jaime Montesinos Fernández de Córdoba heredó el talento literario.

Agustín Cueva ha dicho que la obra de Montesinos se alimenta de la tensión entre dos fuerzas: el amor en todas sus formas que es un movimiento centrífugo hacia los demás y la singularidad coloreada de amor propio, movimiento centrípeto de ensimismamiento y aislamiento. La concurrencia de estos dos impulsos genera relaciones de cortocircuito entre seres que se atraen, se acercan, se juntan físicamente hasta chocar, pero nunca alcanzan la fusión Así que no se trata de una aprehensión del problema humano a nivel social si no del desarrollo de una metafísica de la soledad y la direlicción. Lo cual no le impide que plasme en situaciones vitales, nada esquemáticas y fáciles de identificar como nuestras, de este país, ahí residen sus dotes de creador.