LAMAR Y CORTAZAR JOSE DOMINGO

PROCER DE LA INDEPENDENCIA.- Nadó en los altos de la casa que ocupaba la tesorería de Hacienda en Cuenca el 12 de mayo de 1776. Hijo legítimo de Marco de Lamar y Migura, Tesorero de las Reales Cajas de Guayaquil el 72 y de Cuenca el 73, ascendido a Contador Mayor del Tribunal de Cuentas de Santa Fe, decano de dicho Tribunal, y de Josefa de Cortázar y Labayen, guayaquileña casada en 1766, hermana de los doctores: 1) Ignacio Cortázar y Labayen, sacerdote vecino de Guayaquil y considerado el sujeto de mayor importancia a principios del siglo XIX en la ciudad, designado Obispo de Cuenca en 1816, fallecido tres años después y 2) Francisco Cortázar y Labayen, Abogado, quien había sido Gobernador de la provincia de Jaén de Bracamoros y uno de los hombres más notables de la Audiencia de Quito donde fue Regente, domiciliado en Cuenca se desempeñó como abogado, casó y dejó descendencia.

Muy joven pasó a Madrid con su tío Francisco, quien le llevó a estudiar en el Colegio de Nobles de esa capital. Para 1793 tenía diez y siete años, formaba parte del Regimiento de Saboya con la clase de teniente, y habiendo declarado España la guerra a la Convención revolucionaria que gobernaba Francia, cruzó los Pirineos y asistió a varias acciones militares en el Rosellón a las órdenes de los Generales Antonio Ricardos y Luís de Carvajal Conde de la Unión, contra las tropas francesas de Dugonmier, Moncey y Perignon, hasta que un año después – tras la pérdida de la plaza de Figueras – cesaron las hostilidades y se firmó el Tratado de Paz de Basilea el 22 de Julio de 1795, prosiguiendo como Capitán en el mismo Regimiento.

En noveimbre de 1798 Napoleón Bonaparte era designado Primer Cónsul y en 1804 Emperador. Desde entonces la política española empezó a girar en la órbita de Francia en su lucha contra Inglaterra mientras en la Corte se suscitaban serias desavenencias entre el Príncipe de Asturias Fernando y el todopoderoso Ministro General Manuel

Godoy, recién designado Principe de la Paz, lo cual terminó con el arresto domiciliario del primero, lo que al saberse dio origen en Marzo de 1808 al llamado motín de Aranjuez, a la prisión de Godoy y a la renuncia del Rey Carlos IV.

Para poner orden Napoleón convocó en la ciudad fronteriza de Bayona a los reyes Carlos IV y María Luisa así como a Fernando Principe de Ásturia y logró la abdicación de Carlos IV y la de su hijo el Principe de Asturias y la renuncia a todos los derechos, designando nuevo monarca a su hermano José Bonaparte, quien se trasladó a Madrid con el título de José I, pero a los pocos días, el 2 de mayo, se produjo el alzamiento general del pueblo de Madrid contra los franceses. Lamar se hallaba de Teniente Coronel y estuvo en Zaragoza bajo las órdenes del General José de Palafox, siendo herido de mucho cuidado en la defensa del fuerte de San José. Poco después los franceses abandonaron el asedio y tras largas semanas de forzosa inactividad logró recuperarse y pasó a Valencia a servir al General Joaquín Blacke, que le confirió el mando de una columna de cuatro mil hombres llamada “Columna Lamar,” que pronto se acreditó por su disciplina y moralidad entre los pueblos aragoneses de las orillas del río Turia.

En 1811 las fuerzas del Mariscal Souchet abrieron campaña en Aragón y cercaron a las de Black que el 9 de enero de 1812 se rindió en Tudela, al sur de Navarra, conviniéndose que los jefes españoles serían remitidos a Francia en calidad de prisioneros. Lamar pasó a Dijon población situada al sur oriente de París y luego a Saumur y permaneció prisionero en ese castillo por no haber querido dar su palabra de honor de que no fugaría si le daban por cárcel la ciudad, pero merced a la ayuda de un legitimista pudo fugar a Suiza en 1813 y de allí pasó por el Tyrol a Trieste, encontrándose en Nápoles con su antiguo compañero de armas el Príncipe de Castelfranco, que le proporcionó los medios necesarios para adquirir un pasaje a Cádiz.

En junio de 1814, tras dicha odisea, pudo arribar finalmente a Madrid cuando ya había terminado la guerra y reinaba Fernando VII como monarca absoluto, a quien fue introducido por sus amigos los Generales Eguía, Madia, Freire, O’ Donnell y Abadía y premiado con el cargo de Subinspector General del Virreinato del Perú y Gobernador de la plaza amurallada del Callao, además se le confirió el grado de

que hubiera ahorrado a Sudamérica muchos años de estériles guerras y una gran mortandad. Otros han opinado que Lamar simplemente no quiso traicionar la amistad y la confianza de su superior jerárquico el Virrey de la Pezuela, de quien tantas muestras de caballerosidad y amistad tenía recibidas. Finalmente cabe pensar que Lamar no tenía ideas políticas en la cabeza, en otras palabras, era un militar cumplidor de sus obligaciones y nada más y en este momento histórico de tanta trascendencia para la libertad de sudamérica, no se porto a la altura de las circunstancias.

Al siguiente año, el 8 de septiembre de 1820, San Martín desembarcó en la bahía de Paracas al sur de Pisco y amenazó Lima. El 4 de Octubre entró en conversaciones con el Virrey de la Pezuela quien había ordenado al General Canterac que baje de las sierras a proteger el fuerte del Real Felipe del Callao donde Lamar permanecía con solo dos mil hombres. El 29 de enero de 1821 la plana mayor de la oficialidad realista depuso finalmente al Virrey y lo reemplazó con el General José de la Serna, que el 2 de junio celebró una conferencia con San Martín en Punchauca, a la que también asistió Lamar, que de haber aceptado la anterior propuesta de 1819 habría ascendido a Virrey.

Posteriormente el nuevo Virrey la Serna ordenó a Canterac que se dirija nuevamente a las sierras y el 6 de julio abandonó él mismo la capital que no podía defender para los realistas, dada la superioridad numérica de los insurgentes.

Lima fue ocupada por San Martín y en tal situación Lamar se encerró en la fortaleza del Callao en espera de refuerzos rechazando varios ataques por tierra y por mar. En Septiembre recibió provisiones y refuerzo que le dejó Canterac, pero como este General tras aproximarse a Lima optó por abandonar su campamento enseguida para volver a las sierras, Lamar – sin provisiones para resistir mucho tiempo y sin las armas para sostenerse – tuvo que aceptar la honrosa misiva que le envió San Martín y suscribir una benévola Capitulación el 19 de septiembre de 1821, tras lo cual entregó el fuerte el día 21 , bien es verdad que con San Martín mantenía una buena relación de amistad desde los años en que ambos habían realizado el servicio militar en España.

Hasta ese momento se había mostrado dubitativo entre su gratitud a una España monárquica, absolutista y lejana – patria de su padre y de cuyas autoridades había recibido tantos honores – y sus simpatías hacia las nuevas naciones republicanas que se estaban formando en esta parte de Sudamérica y a las que se debía por nacimiento y vínculos afectivos dada la numerosa familia de su madre.

San Martín, comprendiendo sus razones personales y sabiendo que Lamar era un soldado competente, experimentado y de honor, incapaz de una traición o de cometer una felonía, quiso retenerle entre los suyos y el 26 de octubre le confirmó su grado de General de División y este, renunciando a los honores y grados militares que le había conferido España, pasó a formar parte de las filas insurgentes.

A finales de Diciembre llegó al puerto principal el General Francisco Salazar, designado Ministro Plenipotenciario del Perú ante la Junta de Gobierno guayaquileña. En su comitiva arribó Lamar. La presencia de Salazar inquietó al General Sucre, quien tenía la secreta consigna de anexar la Provincia de Guayaquil a Colombia, de suerte que apresuró sus planes y el jueves 2 de Enero de 1822 durante un convite ofrecido por Olmedo en su casa, tras los brindis y la cena, Sucre acompañó a Lamar y a Salazar a sus alojamientos dejando guardias en la puerta de la casa de Olmedo, de manera que los demás invitados no pudieran salir.

Mientras tanto había hecho sublevar al único batallón de infantería de línea que pertenecía al gobierno, cuyos miembros trataron de tomarse el cuartel de la artillería que opuso resistencia, sacando a las calles aledañas sus cañones con el ánimo de hacer fuego si insistían los sublevados. Sucre comprendió que su plan había fallado, dio pie atrás, dispuso que se permita la salida de los invitados a sus casas y que el batallón sublevado pase a las afueras. Al día siguiente presentó sus excusas a la Junta protestando no conocer nada de lo ocurrido. Como la reunión había tenido el carácter de celebración política, los invitados solo eran varones, de suerte que las damas escaparon de pasar del borrorno y la verguenza de sentirse sitiadas.

Entonces Olmedo fue a visitar a Lamar y le manifestó el deseo de los miembros de la Junta de Gobierno para que asuma la conducción de las fuerzas guayaquileñas. Aceptada la oferta el sábado 4 de enero de 1822 le designó Comandante General de las

ocupaban las sierras, la mayor parte de las poblaciones y los territorios del Perú y del Alto Perú hoy Bolivia.

El día 21 de Septiembre se nombró una Junta Gubernativa de tres miembros presidida por Lamar y conformada por el General Felipe Antonio Alvarado y por Manuel de Salazar y Baquíjano, Conde de Vista Florida. Al conocer estas designaciones Bolívar escribió a Santander: “Lamar es el mejor hombre del mundo porque es tan buen militar como hombre civil. Es lo mejor que conozco.”

El 6 de noviembre, a los cuarenta y cinco años de edad, contrajo matrimonio por poder con su deuda Josefa Rocafuerte y Bejarano, de cuarenta y uno, quien acababa de enviudar de su tío el Coronel Jacinto de Bejarano y Labayen. Ella viajó inmediatamente a Lima y arribó en enero de 1823, ingresando con el boato propio de una primera dama de la nación y efectivamente lo era.

El 27 de febrero ocurrió el motín militar de Balconcillo y la Junta se disolvió siendo reemplazada por la Jefatura del Mariscal José de la Riva Agüero, quien compartió poderes con el General Antonio José de Sucre, que acababa de entrar en Lima con las primeras fuerzas militares colombianas. Este motín dejó ver que los partidarios de la independencia en el Perú requerían de un jefe militar más activo que Lamar. El 18 de junio Canterac bajó de las sierras y ocupó Lima, abandonada por los patriotas, y se mantuvo por espacio de veinte y ocho días.

El 1 de septiembre del 23 Bolívar hizo su entrada triunfal en Lima, proclamó la dictadura, reorganizó el ejército con Sucre, Lamar, Necochea, Miller, Lara y Córdoba y emprendió la campaña de las sierras, derrotando a los realistas en toda la línea el 6 de agosto de 1824 en la llanura de Junín, donde correspondió a Lamar comandar el centro con la “División peruana” compuesta de tres batallones de línea, la Legión de Honor, uno de caballería, dos escuadrones y seis piezas de artillería.

Enseguida Bolívar regresó a Lima a atender el gobierno y designó a Lamar nuevo Jefe de operaciones militares pero se opuso Sucre y en septiembre, al reemprenderse la campaña llamada de las sierras, Bolívar designó titular a Sucre, que el 9 de diciembre se posicionó a la vista de los españoles. Entonces Lamarconvenció a la Junta de Guerra, contra las órdenes expresas de Bolívar, de dar el combate, que al principio estuvo indeciso pero luego, merced a la valentía de la División peruana Lamar, que resistió la embestida principal del General realista Valdés y estabilizó la situación, se definió a favor de las armas patriotas.

Lamar fue el único General nacido en territorio ecuatoriano que actuó en dicha memorable jornada en la que participaron numerosos oficiales y tropa guayaquileña. La Municipalidad de Lima quiso premiar su arrojo y valentía entregando en propiedad las famosas haciendas de Ocucaje y la Venta en la jurisdicción de Ica al sur del Perú, más seis mil pesos que su administrador tenía en su poder pero Lamar no aceptó por desprendimiento y delicadeza extremos. Estas haciendas eran de propiedad del Marqués de San Juan Nepomuceno, tío del General realista Manuel de Arredondo y Mioño, casado con la guayaquileña Tomasa Noboa Arteta, quien años más tarde litigó y obtuvo su devolución pasando de la pobreza a la riqueza inmediatamente.

Se ha dicho que Ayacucho es el momento cumbre de la vida de Lamar pues de allí en adelante se instaló a vivir en Lima como miembro del Consejo de Gobierno y en varias ocasiones durante 1825 lo presidió en ausencia de Bolívar, siendo condecorado por el Congreso peruano con la Medalla del Busto del Libertador.

En uno de los tantos banquetes ofrecidos a Bolívar, éste se levantó y tomando el brazo de Lamar exclamó: “Este es, señores, el hombre digno de mandar al Perú”, sin embargo, la oposición de los Generales

Santander y Páez en Colombia y Venezuela respectivamente, las luchas intestinas de los bandos de Monteagudo y Sánchez Carrión en Lima y los asesinatos de ambos (el primero de una puñalada que recibió en una calle de Lima y el otro envenenado con una sopa de papas, alimento emponzoñado) debilitaron la posición política de Bolívar, pues vio disminuir ostensiblemente su popularidad y terminó el glorioso gobierno vitalicio del Libertador transformado en una verdadera dictadura personal.

A fines de ese año 25 Lamar renunció al Consejo de Estado por no coincidir con la dictadura y se retiró a la hacienda Buijo cercana a Samborondón con su esposa enferma (que murió meses más tarde el 22 de abril de 1826) a consecuencia de un cáncer al útero; entonces, en gesto de total desprendimiento entregó los bienes conyugales a dos sobrinas muy queridas de ella.

Por su parte el 3 de septiembre Bolívar se alejó definitivamente del Perú que estaba totalmente pacificado tras la capitulación en Enero del 25 del General Rodil en el fuerte del Callao, último bastión español en Sudamérica. Al poco tiempo, las fuerzas colombianas del General Jacinto Lara, que ocupaban militarmente Lima, se amotinaron bajo las órdenes del Teniente Coronel José Bustamante y salieron con destino a Colombia pues añoraban volver a su Patria.

El 26 de enero del 27 el cabildo de esa capital llamó al Mariscal Andrés de Santa Cruz, quien derogó la Constitución bolivariana y la presidencia Vitalicia, restauró la Carta Constitucional del año 23 y convocó al Congreso, que se instaló el 4 de junio bajo la presidencia del Diputado Dr. Francisco Javier de Luna Pizarro, uno de los mayores detractores de la política bolivariana.

Mientras esto sucedía en el Perú el General Antonio de Elizalde y Lamar avecindado en Guayaquil, ocupaba militarmente la provincia de Manabí desconociendo al gobierno de Colombia. Las autoridades del Cabildo guayaquileño solicitaron la intervención de Lamar, pero éste se negó alegando su condición de ciudadano peruano; insistió el Cabildo y lo designó Jefe Político y Militar de la Provincia. Lamar comprendió que su posición de mediador era necesaria, llamando a su sobrino Antonio de Elizalde Lamar, quien entró pacíficamente en el puerto, de suerte que la costa ecuatoriana quedó segregada de hecho del departamento sur de Colombia sin que ocurrieran enfrentamientos ni se vertiera sangre. Esta revolución de 1827 fue eminentemente patriótica pues solo aspiró a obtener un sistema de gobierno federalista, diferente al centralismo imperante en Colombia y Perú.

A pesar de ello el Intendente del Departamento de Quito, General Juan José Flores, bajó a la costa en plan de guerra y Lamar trasladó su cuartel militar a Daule, en cuyas inmediaciones se produjo un ligero roce armado; luego, las partes, designaron emisarios y se pactó una tregua en la hacienda “La Florida” pues Flores había comprendido que la gran mayoría de guayaquileños apoyaban a la reciente revolución.

En el interim la Convención Nacional del Perú eligió a Lamar en ausencia para ocupar la presidencia constitucional de esa república por cincuenta y ocho votos contra veinte y nueve que obtuvo el Mariscal Andrés de Santa Cruz.

Lamar abandonó Guayaquil para viajar a Lima, se posesionó ante el Congreso el 27 de agosto de 1827 y dijo: “Soy más peruano que el que más blasone de serlo” pero su ausencia del puerto principal selló el fracaso de la revolución guayaquileña y atrajo un cúmulo de fatales desgracias.

En lo personal era muy popular. “De elevado cuerpo y bellas facciones, elegante y militar apostura. Su mirada era seria, viva, bondadosa; su hablar dulce, elocuente y persuasivo. La gran capacidad de que estaba dotado y la esmerada educación que recibiera hacía su trato afable y subyugante; y las nobles cualidades de su alma se rebelaban en todas las acciones y todos los momentos de su vida”; además, “siempre fue adorado por las damas”, pero carecía de concepciones políticas y filosóficas y como le disgustaba el poder no luchaba por detentarlo.

Durante su mandato como presidente del Perú fue astutamente manejado por Luna Pizarro quien consiguió tres objetivos: 1) Levantó una reacción anti bolivariana que dio por resultado el embarque de las últimas tropas colombianas por el Callao, 2) El desconocimiento del pago de la deuda de la independencia que ascendía a 7.595.747 pesos y que en estricta justicia debía ser asumida por las naciones liberadas por el Libertador y 3) A través de bajas maquinaciones logró la terminación del gobierno de Sucre en la nueva república de Bolivia.

En 1828 y a consecuencia de todos estas acciones y sucesos la situación se volvió en extremo tensa con Colombia, sobre todo por el asunto de la deuda, que fue tomado más que como una injusticia, como una palmaria ingratitud, casi aberrante, y en efecto lo fue. Los Generales José María Obando e Hilario López desde el valle del Cauca en Colombia, contrarios a la dictadura de Bolívar, atizaron los fuegos e invitaron a Lamar a invadir a Colombia, pero éste no aceptó.

Bolívar, en cambio, se dejó llevar por uno de los arrebatos propios de su genio y en una violenta proclama del 3 de Julio declaró formalmente la guerra al Perú: La perfidia del gobierno del Perú ha pasado todos los limites y hollado todos los derechos de su vecino de Bolivia y de Colombia. Después de mil ultrajes, sufridos con una paciencia heroica, nos hemos visto al fin obligados a repeler la injusticia con la fuerza. Las tropas peruanas se han introducido en el corazón de Bolivia sin previa declaración de guerra y sin causa para ello Tan abominable conducta nos dice lo que debemos esperar de un gobierno que no conoce ni las leyes de las naciones, ni de la gratitud, ni siquiera el miramiento que debe a los pueblos, amigos y hermanos. Referiros el catálogo de los crímenes del gobierno del Perú seria demasiado, y vuestro sufrimiento no podría escucharlo sin un horrible grito de venganza; pero yo no quiero exitar vuestra indignación ni avivar vuestras dolorosas heridas. Os convido solamente a alarmaros contra esos miserables que ya han violado el suelo de vuestra hija y que intentan aún profanar el seno de la madre de los héroes. Armaos, colombianos del sur, volad a la frontera del sur y esperad allí la honra de la vindicta. Mi presencia entre vosotros será la señal del combate.

La contestación peruana no se hizo esperar ocupando la provincia de Loja y buena parte del Azuay; y con el bloqueo de Guayaquil por el Almirante Martín Guisse se inició una serie de levantamiento de tropas, sobre todo la de Daule, plaza que por su cercanía a Guayaquil, era de vital importancia estratégica, de manera que el 18 de enero de 1829 el ejército peruano consiguió la desocupación y entrega pacífica del puerto el 1 de Febrero siguiente dispuesta por el Almirante Juan lllingworth para evitar el bombardeo e incendio de la ciudad.

Mientras esto sucedía en el litoral La Mar cruzaba el río Macará el 28 de Noviembre de 1828, ocupaba Loja con cuatro mil seiscientos hombres a los que se unieron otros tres mil doscientos al mando del Mariscal Gamarra. El 27 de Enero Sucre arribó al teatro de operaciones militares en la sierra y ofreció una paz honrosa a Lamar bajo las siguientes condiciones: Que se fijen los límites entre ambas naciones (Colombia y Perú) conforme con los de los virreinatos en 1809, la satisfacción de la deuda de la emancipación, satisfacciones mutuas por las medidas diplomáticas inamistosas, no intervención en las formas de gobierno ni en los negocios domésticos, especialmente de Bolivia. Lamar respondió en forma triunfalista y pidió que las contribuciones de guerra

del Perú y ordenó al Coronel Francisco Xavier Prieto y Pimentel que continúe con la ocupación de Guayaquil. Esta disposición obligó a Bolívar, que se hallaba muy enfermo de tuberculosis y con fiebres intermitentes, a trasladarse a Samborondón, que fue ocupada por el Coronel Tomás Carlos Wright. Entonces Bolívar pudo establecer su cuartel general sin peligro alguno en la hacienda Buijo y abrir operaciones, mientras el General Gamarra nuevamente traicionaba el 6 de junio al inocente Lamar, a quien apresó mientras dormía y lo envió en forma inhumana el día 9 desde Piura a Costa Rica, firmando Gamarra el Armisticio de Piura del día 10 con los delegados colombianos, que recibieron a cambio Guayaquil, ciudad que fue desocupada voluntariamente por las tropas del Perú.

“El destierro de Lamar fue un crimen reprobado en la época y constituyó el fin de la esperanza guayaquileña para librarse de Colombia, así como de las restantes regiones que componían el Departamento Sur, sometidas a los continuos abusos de los jefes militares colombianos.”

El 23 de junio de 1829 arribó Lamar en la goleta “Mercedes” a Punta Arenas “pobre, solo y proscrito,” siguió a San José de Costa Rica donde fue agasajado por los diputados centroamericanos y escribió una extensa Carta de Protesta a los diputados del Perú por la infame conducta de Gamarra indicando que para desaparecer las pruebas que tenía en su contra, éste había dispuesto que fuera destruido su archivo particular. Esta Carta se publicó en el periódico El Mercurio, de Valparaíso, el 12 de Abril de 1830 y consta reproducida en el semanario La Verdad, de Guayaquil, el 21 de Enero de 1840.

Radicado en la ciudad de Cartago y enfermo del hígado, posiblemente con una apostema amebiana, envió poderes a Guayaquil y contrajo segundas nupcias con su sobrina María de los Ángeles Elizalde y Lamar, de estado civil soltera, pero esta unión no se consumó debido al repentino fallecimiento del General, ocurrido el 11 de diciembre de 1830, de solo cincuenta y dos años de edad y a causa del susodicho tumor, que fue confundido con una apendicitis o cólico miserere.

“El ataúd fue trasladado al cementerio en hombros de sus seis esclavos. El soberbio caballo ricamente enjaezado, iba delante del féretro llevado de las riendas por palafreneros, con los

brillantes arreos e insignias militares del finado y formando parte del acompañamiento un camello traído del Perú al que llamaban el Chivo del Cusco – debió ser una llama – y que salía con su amo porque estaba domesticado, regalado por su amiga Francisca González – Otoya y Navarrete,” a quien se la ha reputado su amante, mientras que sus segundas nupcias con la guayaquileña Angelita Elizalde y Lamar nunca llegaron a consumarse y por eso ella murió como una virginal doncella, fue enterrada en Guayaquil vestida de blanco y con las palmas de la virtud sobre el pecho.

En 1834 la Convención Nacional del Perú autorizó al ejecutivo el traslado de los restos mortales del General Lamar. Diez años después la Sra. Otoya, que al conocer su gravedad lo había acompañado durante sus últimas semanas en Centroamérica, los llevó a Piura y finalmente fueron conducidos a la iglesia de San Judas Tadeo del Callao, y de allí Lima y enterrados en la capilla de San Bartolomé de esa Catedral, “con todos los honores de Presidente de la República y con la pompa, solemnidad y magnificencia debida al Libertador y Padre del Perú”. Dña. Francisca tenía veinte y tres años en 1830 y era separada de su esposo el Capitán de navio Jorge Hippe, de nacionalidad alemana.

Existe un óleo de grandes dimensiones donde se aprecia en destalle el desfile fúnebre y final de los restos. El Canónigo Dr. Pedro José Tordoya en la homilía pronunciada en la Catedral de Lima el 27 de Noviembre de 1839 dijo: Cuenca – una de las ciudades más entusiastas por la independencia – tiene el honor de ser su Patria. Ella produce un genio. Nombrad una sola virtud que no haya sido suya, él era todo para todos y a toda hora y en toda circunstancia. Sí, era hombre de bien en todo sentido y ¿Tantas virtudes y tantos sacrificios quedarán sin premio?

Ricardo Palma escribió años más tarde: Fue el adalid sin miedo y sin mancilla, derrotado por la más injusta revolución. Finalmente cabe indicar que Gamarra, tras subir al poder, viajó a Piura a firmar un Armisticio con el General Juan José

Flores, representante del gobierno colombiano, que restableció la paz entre Perú y Ecuador, conviniendo en la devolución de Guayaquil, que se realizó el día 20 de Julio de 1829 como preámbulo al Tratado de Guayaquil del 24 de Septiembre siguiente, suscrito entre los Cancilleres peruano José de Larrea y Loredo y el colombiano Pedro Gual, por el que se mantuvo el status previo anterior a la Guerra y estableció una Comisión binacional de límites . El Tratado fue ratificado por ambas partes y entró en vigencia.

En 1844 Olmedo dedicó a Lamar el siguiente soneto: //No fue tu gloria el combatir valiente / al derrotar las huestes castellanas. / Otros también con lanzas inhumanas / anegaron en sangre el continente. //Gloria fue tuya el levantar la frente / en el solio sin crimen; las peruanas / leyes santificar y en las playas lejanas / morir proscrito e inocente …// Surjan del sucio polvo héroes de un día / y tiemble el mundo … a sus feroces hechos, / pasará al fin la horrenda nombradía. //A la tuya los siglos son eternos, / La Mar, porque el poder que te dio el cielo / solo sirvió a la tierra de consuelo. //

Lamar es gloria de España y Sudamérica y por supuesto también de su Patria el Ecuador.