LA CRISIS FISCAL Y MONETARIA EN 1925

En 1913 la situación fiscal del país reflejaba – multiplicada por la ineficiencia administrativa – menos ingresos y más egresos.
Para contener en algo los reclamos de la gente y mantener los sueldos de la burocracia, el gobierno recurría a un endeudamiento interno cada vez más agresivo. En 1914 el estado debía a los bancos, especialmente al Comercial y Agrícola, un total de 15.229.000 de sucres. I la deuda fue aumentando a 17.100.000 en 1915. A 20.700.000 en 1918. Se convirtieron en 25.400.000 para 1920. A 28.200.000 al año entrante. 32.200.000 en 1922. Subió a 35.600.000 en 1.923 y cerró 1924 con un total de 39.839.541.70.
I al triunfar la revolución Juliana la condición financiera del país era terrible. Luis Napoleón Dillon las ha descrito con matices dramáticos. “Intereses que subieron del 6 al 10%; capitalización semestral de éstos al interés compuesto; acaparamiento de las entradas nacionales so pretexto de servicios acumulados en años y años; depósito de estas rentas sin ganar interés alguno, de forma que los bancos han prestado al fisco su propio dinero; esclavitud del gobierno ante sus acreedores poderosos y absorción por parte del Estado de sumas muchas veces mayores que el propio capital del banco prestamista”.
Pero no era sólo el Estado quien se hallaba en quiebra. La otrora omnipotente Asociación de Agricultores, la reunión de los gran – cacao de antaño, le debía al Comercial y Agrícola 3.500.000 en 1913, que se convirtieron en 6.100.000 en 1917. Un alza del 74%. Entonces Urbina Jado llegó al acuerdo final con la Asociación para que los exportadores entregaran el oro del exterior que producía el cacao, al banco Comercial y Agrícola.
Dillon calificó gráficamente a este acuerdo diciendo que “la Asociación del cacao se entregó así al banco de los billetes falsos con la efusión de una virgen enamorada en brazos de su primer amante.”
Lo de virgen y amante era una metáfora. Aquello de los billetes falsos era trágicamente cierto. Por aquel entonces, cuando no existía todavía el Banco Central del Ecuador, algunas casas bancarias estaban autorizadas a emitir sus propios billetes. Según la ley podían imprimir papel moneda hasta por el doble de sus reservas en oro. Nunca se cumplió esta norma, en gran medida porque el Estado ecuatoriano solicitaba préstamo tras préstamo para financiar a su propia operación y esas cantidades se multiplicaron al principio con la excusa de financiar la guerra contra Carlos Concha en la provincia de Esmeraldas, que se había levantado en armas en 1913 intentando revivir el alfarismo.
Cuando el 31 de agosto de 1914 se dictó la Ley de Moratoria (que impidió la convertibilidad del papel moneda en oro físico) se salvó al Comercial y Agrícola que en ese momento tenía emitidos 9’650.820 sucres en billetes, pero sólo poseía 154.990 sucres en oro físico en sus caja, de manera que estaba quebrado, porque a duras penas el 3.21% de su emisión tenía respaldo legal en oro. El restante 96.79% era inorgánico. Bien es verdad que el verdadero culpable era el gobierno del General Leonidas Plaza Gutiérrez que ejercía medidas coercitivas contra el Banco para que le entregara los billetes que se requerían para cubrir los gastos de la administración.
Poco antes de la revolución Juliana la situación era muy similar. Para el 31 de diciembre de 1923 existían en el Ecuador 30.439.807 sucres circulantes en papel moneda. De ellos 21.481.452 (el 70.5% del total habían sido emitidos por el Comercial y Agrícola) Sumados los restantes cinco bancos con derecho a emisión solo llegaban al 29,5% del total de los billetes circulantes.
Pero las políticas bancarias eran muy distintas de uno a otro. El Banco del Ecuador, por ejemplo, hubiese tenido derecho legal a emitir hasta 4’063,000 sucres en billetes pero sólo había puesto en circulación 1’381.000. Los más meticulosos habían sido el Pichincha (derecho a emisión real de 5’445.000) y el Azuay (derecho a 1’324.000) mientras el Comercial y Agrícola, seguro de su gigantesco peso político por la deuda del gobierno y social por su vínculo con los gran – cacao, había rebasado todos los límites posibles.
A fines de 1923 disponía de 3’590.930 sucres de oro en bóvedas (lo que le hubiese permitido una emisión orgánica de 7’181.860 sucres) pero había lanzado al mercado 14’299.592 sucres falsos. Como además tenía depósitos sujetos a cheques por algo más de dos millones y medio de sucres, sus obligaciones totales en oro hubiesen sido superiores a los 24 millones de sucres y sólo tenía el 14.62% de esa cifra en oro físico.
Si los tenedores de billetes se hubieran presentado a canjear sus papeles en el Comercial y Agrícola, Urbina Jado hubiese tenido que cerrar las ventanillas en menos de una hora”.
La animosidad de Luís Napoleón Dillon contra Urbina y el banco que gerenciaba se había originado en la oposición de éste último para que el estado le permita a Dillon fundar su propio banco y emitir billetes igualmente propios y sin respaldo, razón por la cual al triunfar la revolución Juliana en 1925 Dillon quebró al Banco Comercial y Agrícola, obligándole a cerrar sus puertas y entrar a liquidación, de la siguiente bonita manera: a) Impuso al Banco una multa de más de tres millones de sucres que se aplicó a la deuda del estado, 2) Esta deuda fue pagada por el gobierno al banco mediante dos certificados, uno de 18.390.000 sucres y otro de 3.298.000 y el saldo mediante otros arreglos. Aparte se obligó al Banco a pagar al estado el uno por ciento de interés anual sobre el primer Certificado sujeto a una escala descendente de dos millones de sucres anuales y por espacio de diez años, lo que equivalía a un millón de sucres anuales. Estas medidas fueron tomadas como retaliación, afectaron la vida económica de Guayaquil y la costa en general y finalmente derivaron en la crisis económica y política nacional de los años 30 y 40. Pero lo peor de todo fue que se obligó al acreedor a pagar intereses al deudor, cosa jamás vista en ningún país del mundo.
El Banco Comercial y Agrícola, obligado a pagar multas superiores a los tres millones de sucres, intereses, etc. liquidó en 1926 bajo el Primer Gerente Aurelio Carrera y el Segundo Gerente Guillermo Higgins Carbo. En 1934 se terminaron de pagar los activos y pasivos en medio de la crisis económica gravísima que vivía el país.
Al antrar el Comercial y Agrícola en liquidación apareció que el General Leonidas Plaza le era deudor de $650.000 desde hacia varios años. Muerto Plaza el 31 su hijo Galo debió vender una valiosa hacienda propiedad de su madre para cancelar dicho crédito de honor.