CORDERO Y LEÓN; Gregorio


Gregorio Cordero y León
Por Eduardo Santos Camposano
Fue un abogado y político a tiempo completo. Sus ideales por la justicia social y el dar a cada uno lo que es suyo, le llevaron al ostracismo y al exilio. Era la época romántica en que por las ideas se sacrificaba todo.
Al referirse la prensa nacional a los sucesos de hace 50 años o sea la dictadura del ingeniero Federico Páez, una de las principales víctimas fue Cordero y León. Confinado en la inhóspita región oriental, preso en las inmundas cárceles de Quito y lanzado al destierro, felizmente a México, donde se vivía un nuevo orden de cosas: reforma agraria avanzada, educación socialista, expropiación petrolera, bajo la presidencia de Lázaro Cárdenas.
Cordero y León pertenecía a una familia muy vinculada a la cultura y con alto sentido de la belleza y la libertad: su hermana, una destacada poetisa (Mary Corilé) y sus hermanos prestantes abogados y maestros universitarios, habiendo sido uno de los fundadores del Partido Socialista Ecuatoriano con esa brillante generación de Luis Maldonado Estrada, Carlos Zambrano Orejuela, Néstor Mogollón, Jorge Reyes y Reyes, Luis F. Chávez, José Octavio Pazmiño y tantos otros destacados luchadores por cambiar las estructuras feudales que habían marginado al Ecuador de la civilización y del progreso. Defendió, juntamente con Juan Genero Jaramillo a los oficiales que se insurreccionaron en Riobamba en favor del político y militar Luis Larrea Alba, especialmente al jefe de movimiento coronel Balseca.
Para Cordero y León, México le devino como la tierra prometida y se encontraba consustanciado con su entorno y siempre repetía con la canción ranchera “Como México no hay dos, no hay dos en el mundo entero» y, como un cruzado contemporáneo participaba activamente en las luchas y avatares del pueblo mexicano, sin preocuparse mucho de sí mismo, pues «si me han de matar mañana que me maten de una vez». En este país, a más de escribir en periódicos y revistas, publicó dos libros: «Seis tragedias rurales» y «El Libro Mínimo», conjunto de poemas y loas a la mujer amada. Conversador ameno e infatigable, llevaba la voz cantante en las reuniones que muy a menudo tenían lugar en casa de esa magnífica pareja de anfitriones constituida por doña Regina Crespo Ordóñez y el ingeniero Luis Felipe Donoso Barba, siendo huéspedes de esta distinguida y tradicional familia: Eduardo Salazar Gómez, César y Enrique Coloma Silva, el cónsul del Ecuador señor Mosquera que gozaban un deleitación de la exquisita comida criolla y de la música nacional.
La Ciudad de México, hace 50 años tenía el cielo más transparente del mundo y con razón Humboldt la llamó la Ciudad de los Palacios, existiendo a la época una renovación cultural con la emigración española al estallar la guerra civil. En Bellas Artes el poeta León Felipe recitaba sus poemas antifascistas y se escuchaba a políticos como don Indalecio Prieto o a oradores como Marcelino Domingo, al maestro de la Filosofía del Derecho Luis Recassen Siches, o al penalista Mariano Ruiz Funes. Se vivió un ambiente intelectual y de profunda preocupación por la cultura.
Cordero y León trabajó en Las Juntas de Conciliación y Arbitraje y en Petróleos Mexicanos, apoyado siempre por su entrañable amigo el licenciado Julio Serrano Castro; pero también tuvo momentos difíciles, especialmente sentimentales y recaló en la casa de don Rafael Ramos Pedrueza, ex-Encargado de Negocios en Quito y en Moscú, quien lo acogía con fraternidad revolucionaria. Además, en forma infatigable trabajó en el Comité de Ayuda a la República Española presidido por don Ramón P. de Negri, pasó muchas noches en vela contribuyendo con su titánico esfuerzo al éxito de su misión.
En el Café París, que era un refugio bohemio, reunirse con Baltazar Dromundo, Luis Cabrera, Bernardino Mena Brito, Vito Alesio Robles, o el escritor César Garizurieta, este último que con su humor vitriólico y su actitud irreverente, encendía los ánimos con afirmaciones rotundas como la de que «no hay mayor imbecilidad que la de vivir fuera del presupuesto…».
Goyo Cordero, como lo llamaban los amigos, desde sus sueños de ultratumba debe recordar la ternura de Maria Colonna, de quien dijera “tus senos son los dos mejores versos del poema triunfal que es tu hermosura”; o la amistad cariñosa de la artista Silvia Derbez, ya que como afirma Octavio Paz «el tiempo no pasa: somos nosotros los que pasamos».