Aguilar Nicanor.

Nicanor Aguilar que escribió poco y que publicó menos, en forma de folletos, y hasta unas breves piezas de teatro escolar, fue él mismo un poeta religioso, tanto como lo fueron, con sentimientos más o menos semejantes, el Hno. Miguel (Francisco Febres Cordero y Muñoz) y Julio M. Matovelle. La folletería de Nicanor Aguilar se concreta a la publicación de sus Oraciones Fúnebres, sacadas de la “Revista Católica” de Cuenca, pronunciadas en la iglesia Catedral de Cuenca en homenaje a Obispos, sacerdotes, gente pública como el jesuíta Melchor Becerra, Jesús Arízaga, Lizardo Abab, Javier Landívar y Juan Cuesta; de Rafael María Arízaga, Antonio Borrero, Octavio Cordero Palacios, Miguel Cordero Dávila, muchos más; género en la cual fue un maestro, y, de algunas páginas de poesía profana, como “De Arte Antigua” y “Trenos de una Madre” (en homenaje a Víctor León Vivar) y de poesía religiosa: “Sagrada Quito”.

Cuadros Poéticos, en las Bodas de Plata de la Dolorosa del Colegio, novenarios en verso; “Pureza, martirio y amor”, en homenaje al Corazón de María, himnos, trisagios, etc. y “Mi Boda”, dedicada a sus amigos que celebraban sus 25 años de vida sacerdotal; versos como los de “Pureza” que andaban en la memoria de la gente, como oraciones. Era Canónigo de la Catedral de Cuenca.

En el Libro de Manuel M. Muñoz Cueva: “Una Vida Morlaca: Nicanor Aguilar”, su autor cuenta muy interesantes episodios de esta actividad literaria: Aguilar creó el Centro “Fraternidad”, el “Círculo Católico” y la “Academia Preparatoria del Azuay”, Manuel Muñoz Cueva: Una Vida Morlaca/Nicanor Aguilar. Cuenca, 1951. Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Azuay, pág. 27.

(G7).

El 22 de Noviembre de 1905 aparece “La Alianza Obrera”, nombre de una Sociedad de hombres que se dicen independientes, y acababan de agruparse al claror de una morlaca luna de Mayo. Este humilde semanario fue el carbón y el cuarzo, con el diamante y el oro de los editoriales de su Director, el ilustre mecenas de Letras, Dr. Nicanor Aguilar. Los nuevos prosadores y citaredas seguían frecuentando la casa de Nicanor Aguilar, franca y solariega casona, a la que todos entrábamos sin golpear la puerta. Allí, en su pieza, siempre abierta, atendía al uno y al otro; dictaba a cuatro amanuenses; escribía panegíricos, poemas, sus Bossuéticas Oraciones Fúnebres.. y aquellas Necrologías, tan suyas, tan antológicas tan clásicas, presidía exquisitamente una Academia de muchachos; “daba haciendo” escritos, cartas, versos y noviazgos. ¡El curita Aguilar era un oráculo de la juventud!

De entre ella emergía con verticalidades machas.

(H5).