Aguilar Nicanor.

Ni alto ni pequeño, llamábanle el gordo Aguilar porque ciertamente lo era. Su rostro trigueño tendiendo a la palidez, tenía una expresión sumamente amable, sonreía frecuentemente con marcada espontaneidad. Sus modales pulcros y de natural aristocracia. Sus ojos grandes, cafés y expresivos tenían la mesurada movilidad de las personas hechas a dominar sus primeros impulsos. Era también, carrilludo y de rostro amplio. Fue el tránsito entre el profesor antiguo y tieso e impositivo, al maestro optimista, constructivo de la pedagogía moderna. Comentario sobre el Canónigo Nicanor Aguilar, de Manuel María Muñoz, cuencano. Escritor. su discípulo.