82. Instrumentos del diablo

Aunque nunca existió el cargo de Maestro de Capilla en la Iglesia Matriz durante la colonia, no por eso nuestros mayores se privaron del placer de escuchar música sacra tocada en órgano de fuelle y en base de la lectura de libros de motetes, como llamaban las partituras musicales. El organista y el fuellero, porque sin ambos era imposible maniobrar tal instrumento, eran parte integrante de la liturgia guayaquileña. El primero casi siempre fue algún eclesiástico de los muchos que había en el puerto. El segundo era moreno liberto al servicio de la Iglesia, o quizá hasta alguno de los esclavos que tenia el Cura de la Matriz.

La música sacra no hacia desdén de la profana y sus instrumentos típicos y para las festividades de los Belenes o Navidades, se oía el sonido de las chirimías y las trompetas, los pífanos, los clarinetes y los atabales, que más servían para convocar ejércitos que para otra clase de resonancias.

Desde el siglo XVIII la chirimía fue reemplazada por la dulzaina y luego por el oboe moderno. La flauta llegó tarde de Europa y solo se impuso con el advenimiento de la República. El clarinete y el bajón o fagot nos vino de la Italia post renacentista. La corneta blanca, porque era de marfil, con sus suaves y tenues sonidos, también fue apreciada y hasta se prestaba para que con ella ofrecieran verdaderos conciertos los «ministriles» o músicos a domicilio, llamados cuando se requería alguna distracción.

El sacabuche, antepasado del trombón, recibía tan raro nombre debido a los esfuerzos que había que realizar para tocarlo. El serpentón era una larga cometa retorcida cuyos más antiguos orígenes venían de la Francia de los Druidas y era pariente de la trompa o Corno, con el que se daban los toques mayores. El Clarín o trompeta servía para dar las dianas en los cuarteles y fue un instrumento militar. El arpa tenía fama de ser un noble instrumento nacido en Grecia, más propio de mujeres que de hombres, fue muy usado en la colonia y principalmente entre los naturales o indígenas. La vihuela era una guitarra pequeña y el violín solo se impuso en el siglo pasado (XIX) cuando fue considerado instrumento digno de dar conciertos.

Violas y violonchelos casi no se conocieron y el canto llano y el gregoriano, el primero popular y el segundo sacro, siempre requirieron de acompañamiento, aunque a veces se llegó a cantar a capella, es decir, a simple voz, pero esto fue la excepción.

En la Iglesia Matriz hubo la costumbre de contratar a seis niños cantores que por eso compusieron un coro agudo llamado de los seises, pero no se tienen noticias sobre ellos. Los seises cantaban normalmente en las iglesias de España y América y no pudieron faltar en nuestra pequeña Matriz, donde quizá hasta cantó alguna vez un tiple capón, como se llamaban los eunucos castrados con fines artísticos para que no les cambiara la voz y pudieran seguir en el oficio hasta los últimos días de sus vidas. Famoso fue el caso del italiano Farinotti, joven que decidió que lo castren, cuando empezó a notar que su voz de tiple se le estaba engrosando y luego de un corto y doloroso receso, pudo reintegrarse a la Cámara de Música de su Majestad Felipe V de España, donde cantaba siempre la misma tonadilla para distracción del melancólico Borbón, que lo tuvo en grande estima y por muchos años más, diciendo que cantaba como los ángeles.

Pero no faltaron obispos maliciosos que definieron a la música como un abrebocas diabólico para que los «cristianos se pierdan en mundanos vericuetos» y sobre todo si con ella se servían para bailes con mujeres y ni cortos ni perezosos prohibieron estas demostraciones y hasta condenaron a quienes practicaban danzas y a los instrumentos musicales, por ser invenciones del diablo.

Durante las Fiestas de Corpus era usual que salieran los cristianos en procesión y que algún maestro de danzas enseñara los pasos a los angelitos. Estos maestros eran españoles llegados de la península, que por su profesión de espaderos (actualmente serían considerados esgrimistas) habían aprendido «pasos ágiles y gimnásticos» y de allí, con habilidoso tino, resultaron maestros de danza ¡Vaya giro profesional!

Desconocemos si por aquí también anduvo algún Maestro cantor, de los que solían componer «Autos sacramentales» para ser representados en los atrios de las iglesias. Chávez Franco menciona este tipo de demostraciones artísticas, pero como nuestra documentación municipal sufrió el embate de los incendios, poco o nada queda de recuerdo y no se puede asegurar ni que si ni que no.

Los «autos sacramentales» eran sainetes litúrgicos donde nunca faltaba el coro de seises o niños tiples, ni el bufón o bobo a cuyo cargo corrían las mojigas y mojigangas, con las que el público se distraía a más no poder. Sinembargo estos autos tenían de todo, eran drama y comedia, poseían coros y canciones y a veces hasta existía el dialogo franco y cordial con el pueblo, que de espectador pasaba a actor, entonando villancicos o canciones populares por todos conocidas. Eran lo sublime mezclado con el ridículo y en no pocas ocasiones terminaron en tumultuosas riñas cuando el mojiga abusaba de sus bromas, chanzas y charadas con algunas mozas espectadoras y los novios o maridos salían en su defensa.

La música existió en la colonia como arte no cultivado. No hubo maestros ni especialistas que enseñaran la técnica ni compositores que crearan piezas o tonadas, pero el sentimiento popular mantuvo ciertos niveles de arte a través de los años y en los conventos se cultivó la Música sacra o noble para deleite de todos y riqueza del ceremonial.