80. Libros perseguidos o quemados

En el «Indice de los registros de los denunciados desde 1780 hasta 1820» ante la Santa Inquisición de Lima, publicado a fines del siglo pasado como rareza de otros tiempos más que como documento importante para la historia, aparecen los nombres de algunos personajes ecuatorianos que vale la pena recordar. Van sin comentario alguno. – ALVARADO, Agustín.- En 1792 fue denunciado desde la villa de Riobamba por cantar una tonadilla malsonante, ser irreverente en el baile y leer en público ciertos versos de tinte heterodoxo.- LORENZANA, Agustín.- En 1799 se le denunció desde Guayaquil por libertino y expresar que no había infierno, amén de leer todo cuanto se le antojaba en gana, prohibido o no. Posiblemente este caballero debió ser pariente de don Fernando de Lorenzana, designado en 1848 por el gobierno ecuatoriano para Ministro ante la Santa Sede; fue recibido por el Papa Pío IX el 28 de Julio de ese año y hasta llegó a ser amiguísimo del Pontífice y uno de los que estuvieron presentes durante su agonía y muerte. POZO, Antonio. Denunciado en 1806 por romper un crucifijo en la cabeza de su mujer, llevado por las iras, pues no le tenía la comida caliente. Era de profesión herrero. GUILLON, Andrés. Natural de Génova en Italia y comerciante en Guayaquil hacia 1806, fue denunciado por tener en su poder una artística tabaquera adornada con una Venus desnuda. Fue apresado y enviado a Lima, de donde no regresó, ignorándose cual habrá sido su triste destino. MEDICHE, Blas. Quiteño y denunciado en 1820 por masón y leer toda clase de libros franceses, pues hablaba esa lengua a la perfección y había viajado mucho.

CALVO, Diego. Denunciado en Quito en 1801 por escandaloso, impío y lector de novelas francesas, además por estar amancebado con una india muy jovencita para la edad del goloso de don Dieguito. MEJIA LEQUERICA, José. Ilustre orador quiteño en las Cortes de Cádiz, pero antes de su viaje fue denunciado en Quito por leer libros prohibidos, posiblemente tomados de la biblioteca de su maestro y cuñado el Dr. Eugenio Espejo, ya fallecido. Mejía era casado con Manuela Espejo, hermana del Precursor. GAINZA, Gabino de. Denunciado en el Cusco en 1796 por tener en su casa libros como «Pan y Toros» de Jovellanos.

Gaínza fue elevado a la Presidencia de la Audiencia de Guatemala, había casado en Guayaquil con Gertrudis, una hermana de Vicente Rocafuerte, de quien dejó nutrida descendencia. OLMEDO, José Joaquín de. Guayaquileño, poeta y prócer de nuestra independencia. Fue denunciado dos veces, la primera en 1802 por leer la novela «Zaira» de Voltaire y la segunda en 1803 por prestar la «Henriada» del mismo autor a un compañero en el Colegio de San Carlos de Lima, donde estudiaba el bachillerato. Por lo visto ese tipo de lecturas eran muy populares en el Perú pre independentista. SÁNCHEZ DE ORELLANA, José. Quiteño, hijo del Marqués de Villa Orellana, fue denunciado en 1817 en Quito por tener en su biblioteca «El Arte de Amar» de Ovidio traducido al español y «Las Cartas de Abelardo y Eloísa» en la versión francesa original, así es que debemos aceptar que este paisano dominaba el francés, era culto y conocedor de buenas obras literarias.

ESPANTOSO Y AVELLAN, Vicente. Guayaquileño y prócer del 9 de octubre de 1820, fue denunciado cuando sólo contaba dieciseis años en 1804, por leer y tener en su poder algunos libres franceses, sin decirse cuáles. CARCELEN, Rosa. Quiteña de vasta cultura y perteneciente a las primeras familias de la capital, denunciada, por romántica y leer «las Cartas de Abelardo y Eloísa» y CAMPUSANO, Rosa. Heroína revolucionaria guayaquileña, célebre por sus amores con el Protector del Perú, General José de San Martín. Mujer de gran belleza e inteligencia, de conversación agradabilísima y fino trato; se la denunció en Limaen 1820, meses antes de sus amores, por leer a D’Alambert y a Saint Simón y tuvo que abandonar dichas obras filosóficas para escapar de mayores problemas.

Pero no crea el lector que solamente en la colonia se prohibía u obligaba a las gentes a leer lo que las autoridades a bien tuvieren en gana, que también en la República se ha cometido tan feo vicio; pues, en 1869 1a constitución garciana llamada Carta Negra, decretó la obligatoriedad de lectura de ciertos textos en las escuelas y colegios y Juan Montalvo denunció tan absurdo abuso en «La Dictadura Perpetua».

Posteriormente en 1935, en Cuenca, el entonces Rector de la Universidad mandó a los porteros a que retiraran los pliegos de «Chorro Cañamazo», libro de versos, en 405 ejemplares, que había impreso G. Humberto Mata, diciendo que se los entregaran dizque para dárselos a su autor, cuando en realidad lo que hizo fue arrojarlos al fuego en la plazoleta de Santo Domingo, por ser lectura contraria al buen gusto y a los intereses de los pudientes sombrereros de la zona austral del país.

Así es que tan hermosos romances, réclame contra la explotación de los tejedores por mano de los exportadores, fueron a dar a las llamas y se necesitó de más de treinta años para que saliera la segunda edición; que felizmente pudo G. humberto salvar dos ejemplares que tenía en su casa corrigiendo, que si no se hubiera perdido la obra para siempre.

Otro curioso caso de persecución se dio en el Guayaquil del siglo pasado, hacia 1870 aproximadamente, cuando un joven colombiano y poeta, de apellido Gómez, propietario del almacén La Maravilla, descontento por no haber sido invitado a un baile de sociedad, se puso detrás de un estante a apuntar a todos los invitados, que zarandeó después en versos urtipicantes, ridiculizando sus torpezas y fatuidades y tal fue el escándalo provocado por «La Ensaladilla», que así llamaba la poesía, que el autor tuvo que tomar el primer buque que se hacia a la mar para burlar a sus peligrosos perseguidores, que hasta querían lincharlo. Nunca más se le vio la cara a Gómez por estos contornos. Don Guillermo Wright Icaza contaría muchos años después que Gómez escribió su famosa Ensaladilla rodeado de algunos amigotes en uno de los salones del club de la Unión y terminado el trabajo, amarraron con una piedra las hojas de papel donde estaba escrito y lo lanzaron por la ventana para que cayera en una vereda. Quien primero pasó recogió la piedra y por supuesto el poema y admirado de su gracia, lo hizo público enseguida, popularizándose velozmente al punto que no faltaron damas que desde sus hamacas recitaban “La Ensaladilla” entre risas y salados comentarios, lo propio que caballeros que criticaban el poema en los bares más importantes de la ciudad. A esta primera “Ensaladilla” se sumarían otras muchas con el paso de los años. Conocí algunas en poder de Enrique Guzmán Sánchez, quien llegó a coleccionar sus textos.