74. La Cuestión Jesuita

El 2 de abril de 1767 el Rey Carlos III firmó la Pragmática Sanción que expulsó de la metrópoli, sus territorios y colonias a los padres de la Compañía de Jesús. Gobernaba la Audiencia de Quito don José Diguja, que en la madrugada del 20 de agosto visitó el convento jesuita conminándo la expulsión. El bueno de Diguja estaba muy abatido y seco sus lágrimas en un pañuelo de encajes antes de leer la Real Orden, siendo confortado por el Superior, que muy finamente le dio valor al verdugo, siendo él la víctima. Lágrimas de cocodrilo las del pícaro Diguja, que habiéndose acostado más pobre que una rata amaneció inmensamente rico por los bienes confiscados y aunque el Rey pretendía conservar las propiedades mediante la creación del Tribunal de Temporalidades, estos se vendieron y como quien dice, todo se hizo agua de borrajas, pasando el patrimonio jesuita a enriquecer los bolsillos de unos cuantos privilegiados que no tuvieron ningún rubor en hacerse de las haciendas más lindas y valiosas del país, comprándolas a crédito y en cómodas cuotas. Mientras tanto los padres quiteños habían salido por Guayaquil y luego de mil vicisitudes arribaron a Faenza en territorio Pontificio, donde permanecieron haciendo vida de Comunidad hasta la total extinción de la Orden, decretada por Clemente XIV.

Muerto Carlos III fue sucedido en el trono por Carlos IV que no se percató del notable decaimiento de sus colonias, donde el ramo de la educación había corrido casi enteramente por cuenta de los jesuitas, así como las numerosas casas de misiones en el Marañón.

Con el ascenso de José I Bonaparte algunosex jesuitas creyeron que había llegado la hora de la reivindicación, pero él los ignoró por completo y entonces se fueron a la oposición.

En las Cortes de Cádiz los reverendos padres consiguieron que pasara una solicitud tendiente a obtener nueva vida jurídica, pero fue rechazada por la mayoría liberal que veía con malos ojos el resurgimiento de una Orden religiosa de tanto empuje, de tantas ansias de dominio y de tanta peligrosidad política, en momentos en que se estaba luchando por las libertades civiles y constitucionales; sin embargo, hubo algunos ex jesuitas que desde el más completo anonimato trabajaban para rehabilitarla y al fin lo consiguieron en Italia, donde el Papa Pío VII los reconoció el 21 de agosto de 1814, ante las miradas condescendientes de los demás miembros de la Santa Alianza del Canciller Metternich, que todo lo observaba a través de los prismas conservadores. Entonces se dijo que nada podría detener al desorden francés sino el orden, la disciplina y la cultura jesuita y como del dicho al hecho no hay mucho trecho, volvió a la vida la Compañía bajo las felices esperanzas de que los entuertos se enderezarían, para volver a ser como en los antiguos tiempos de la vieja Europa, cuando la nobleza dominaba sin trabas de ninguna índole.

En España gobernaba Fernando VII, que al enterarse de la Bula «Sollicitudo omnium eccelsiarum» revocó la Pragmática Sanción de su abuelo Carlos III el 29 de julio de 1815 y confesó paladinamente lo siguiente: «He llegado a convencerme de que los verdaderos enemigos de la religión y de los tronos son los que tanto trabajaron y minaron con calumnias, ridiculez y chismes para desacreditar a la Compañía de Jesús, disolverla y perseguir a sus inocentes individuos …» y esto, dicho, cuando estaba en el poder quien había sido libertado de Francia por los diputados de las Cortes de Cádiz, era realmente desconcertante. Si la Orden Jesuita hubiera podido reestructurar sus filas en 1815 no se habría producido la independencia de América con la celeridad que se realizó en los siguientes años, pero, no fue así, pues la Orden requería de dos o tres generaciones para volver a ocupar su puesto de preeminencia en el concierto de las naciones iberoamericanas y ya para 1834 el Comisario de la Cruzada de Loja Rafael Maldonado, pidió al Ministro Benigno. Malo, que gestione la venida de los jesuitas ofreciendo 2.000 pesos para gastos de viaje, 1.000 anuales para manutención de los padres y 4.000 de fondo de reserva, todo lo cual se sacaría de una remisión de dinero que efectuará el Presbítero José Veloz Suárez. Igualmente informaba el Comisario que existía en Lima unos cuantiosos legados a favor de la Orden, que usufructuaban desde su expulsión en 1767 los padres de la Buena Muerte y que de venir los jesuitas al Ecuador pasarían a sus legítimos propietarios.

El asunto progresó con facilidad y hasta entusiasmó a los Obispos de Quito y Guayaquil y habiendo caído el régimen floreano el 6 de marzo de 1845, se perdió la iniciativa, aunque desde meses atrás ya había jesuitas en territorio colombiano (doce sacerdotes y seis hermanos) que gozaban de pensiones estatales que luego se las quitaron los regímenes liberales.

En 1847 la oposición al Presidente Roca tocó el punto para desprestigiar al gobierno por el solo hecho de haber olvidado el proyecto del Ministro Malo. Mientras en Cuenca, el Padre Vicente Solano publicaba un larguísimo discurso defendiendo a la Orden que nadie atacaba, comparando al Ecuador con México, que acababa de ser derrotada por los Estados Unidos y profetizando que nuestro futuro sería igualmente negropor no tener padres jesuitas que evangelicen el oriente, eduquen a los jóvenes, aconsejen a los políticos y confiesen a las damas.

Estas disquisiciones movieron a Pedro Moncayo a burlarse a más no poder. Francisco Montalvo también escribió en Quito y los políticos comenzaron a dividirse en dos bandos, los liberales anti jesuitas y los tradicionales o pro jesuitas.

En Colombia también se escandalizaba y el Presidente López terminó por decretar la expulsión; pero, al día siguiente fue visitado por numerosas y exaltadas matronas, que le pidieron que revoque la orden. Entonces pronunció el siguiente discurso, muy aplaudido por varios estudiantes liberales que también lo habían ido a importunar con la cuestión jesuita. «No soy Coriolano y no me dejaré seducir por mujeres (aplausos) Los jesuitas son la bandera que el partido Conservador ha tomado para hostilizar al gobierno, se irán, aunque sea inocentes» En esos momentos comenzaron las burlas de los estudiantes para las damas, que contestaron con carterazos y sombrillazos y se armó una gran trifulca, dejando al Presidente con la palabra en la boca y saliendo de ambos bandos unos cuantos contusos.

Mientras esto acontecía en Colombia, en el Ecuador había dejado el poder el Presidente Roca y era Jefe Supremo Diego Noboa; quien, más por simpatía y caridad cristiana que por otra causa, cometió la debilidad de recibir a los expulsados, sin calcular que con esta conducta se metía en lío ajeno y enfrentaba a los liberales de Colombia, que hasta quisieron declararle la guerra, situación que por momentos se tornó de tanto peligro, que los propios jesuitas tuvieron que huir de Quito por su cercanía con la frontera y trasladarse con sus nuevos alumnos a Cuenca, pues ya se veía a los Colombianos a un paso de la capital. Todo esto escandalizó al país y motivó la revolución del General José María Urbina en 1851 y una nueva expulsión de los padres de la Compañía, esta vez del territorio ecuatoriano.