524. La Guía Histórica de Guayaquil

Desde 1.942, al tratar de escribir la Historia Económica del Ecuador, Julio Estrada Icaza (1.917 – 1.993) había comenzado a interesarse en monedas, billetes, bonos del Ferrocarril y de la Deuda Inglesa, etc., que fue comprando y consiguiendo merced al asesoramiento de su amigo Víctor Iza Rodríguez, experto en esas materias. Después pasó a coleccionar monedas y billetes de otros países y en el curso de sus investigaciones históricas recopiló documentos de diversas clases, incluyendo estampillas, monedas, billetes y papeles fiduciarios. Su colección de monedas ecuatorianas fue adquirida por el Banco del Azuay, también se deshizo de su pequeña colección filatélica cuando decidió dedicarse a los billetes ecuatorianos hasta formar la que llegó a ser la más completa colección nacional, pero también se desprendió de ella vendiéndosela a un particular, que luego la cedió al Banco Central del Ecuador.Sus colecciones se habían originado en las de su padre que eran muy buenas y Julio había heredado a su muerte. 

Inmerso en estas labores fue postergando la Historia Económica, como punto de partida para un conocimiento más profundo de nuestra esencia de ser; diferentes circunstancias obraron en contra del proyecto. En cambio, las numerosísimas fichas que poseía sobre diversidad de temas relacionados con la ciudad de Guayaquil y su provincia le proporcionó suficiente material para una Guía de Guayaquil desde los tiempos más remotos de su fundación el 15 de Agosto de 1.534 con opiniones propias, de cronistas  y de viajeros extranjeros.

Este proyecto, madurado en ciento veinte fascículos, tampoco pudo cristalizarse por su enfermedad final, que fue larga y destructiva, de manera que a su deceso quedó el Plan casi acabado de una obra única y a todas luces monumental desde cualquier punto de vista que fuere examinada, entonces los personeros del Banco del Progreso tomaron la iniciativa y  lograron la edición de los dos primeros volúmenes que aparecieron desde 1.996 con el nombre de Guía Histórica de Guayaquil. 

El primero trae las Notas de un viaje de cuatro siglos, con la historia de nuestra ciudad desde la llegada de los conquistadores hasta mil novecientos veinte, incluyendo mapas, planos, datos estadísticos, cuadros sinópticos, fotos raras, datos curiosos, etc. sobre la vida citadina su historia económica, política, social, lo cotidiano, que vuelve la lectura animada y llena de evocaciones. El segundo comienza con la letra A y concluye con la C. Desde entonces han salido tres nuevos volúmenes que abarcan hasta la letra I inclusive, ordenados y editados por su hija Cecilia Estrada Solá de Icaza con la ayuda de la Arq. María Antonieta Palacios formando más que una Guía, un Diccionario Enciclopédico, que es como debe llamarse, pues su naturaleza y contenido honraría a cualquier gran ciudad del mundo. Esta obra solo puede ser comparada en nuestro país con las “Casas, calles y gentes del centro histórico de Quito” de la autoría del Dr. Fernando Jurado Noboa, publicado por el Fonsal por ahora en ocho grandes volúmenes.

La Guía de Estrada, como se la conoce, está dividida por materia, sigue el método cronológico y contiene la erudita opinión del autor cuantas veces éste lo estima conveniente. En caso contrario, el dato lo dice todo. Numerosas fotografías del Guayaquil antiguo que pertenecieron a la colección Peñaherrera, ahora del Banco Central, adornan sus páginas.

Julio Estrada dedicó su vida a estudiar todo lo relacionado con su ciudad, recogiendo grandezas y menudencias como buen anticuario y organizando información, pues sintió una verdadera pasión – benedictina y abrumadora – por el pasado, y todo ello sin ánimo de lucro, solo para difundir la verdad pues siempre se ha conocido que en el Ecuador las bellas letras jamás han producido réditos. Por eso leyó las Actas de Cabildo, a los Cronistas de Indias, estudió la documentación de las escribanías coloniales y de comienzos de la República, consultó los diarios y revistas de las hemerotecas Municipal y de Autores Nacionales de Guayaquil, revisó libros de historia del país y numerosísimos del exterior, lo que no tuvo para él ningún problema pues como buen políglota hablaba y escribía en inglés, francés e italiano. De manera que su versación era propia de un erudito, el mayor de su tiempo en materia guayaquileña.

Entre Julio y yo existió siempre la competividad propia de quienes se dedican a lo mismo, sin embargo la vida nos dividió naturalmente el trabajo, a él le dio lo más difícil, lo relacionado con sucesos, asuntos, cosas por su mente abstracta y a mí me deparó todo aquello que dice relación  con las personas, de allí que al mismo tiempo mientras él hacía lo suyo – y lo hizo magistralmente bien –  yo escribía y publicaba en entregas de prensa el Diccionario Biográfico del Ecuador por ahora en veinte y tres volúmenes. Al final de sus días amistamos respetando nuestras esferas y tengo que agradecerle que en varias ocasiones que se lo solicité, me suministró con desprendimiento y generosidad datos, informes y papeles de su familia, que me sirvieron de invalorable ayuda para elaborar determinadas biografías.

En síntesis, bien se puede afirmar que fue un trabajador incansable que, habiéndose iniciado con una vocación tardía, su mentalidad poderosa y abstracta de cientista matemático unida a su infinito amor a su ciudad, le permitió acortar distancias. Por eso se ha dicho que a Guayaquil entregó su vida, porque aparte de la Guía nos ha dejado el precioso tesoro de otros muchos libros, eruditos, profundos, intensos, que le acreditan como el mejor historiador nacional de la segunda mitad del siglo XX.