517. El Gran Amor Del Poeta César Dávila Andrade

Viviendo en Quito en 1.946 y trabajando en la Casa de la Cultura conservaba el alma de un niño y una delicadeza propia de los seres que tienen extrema sensibilidad. Amaba a los animales, a los desposeídos de la fortuna y a los enfermos. Una tarde llegó a su oficina tan conmovido que tuvieron que ayudarlo porque había observado un árbol derribado, al que temblaban sus hojas, aún agonizantes.

Ese año envió a su madre una Carta – refiriendose a su prima hermana María Luisa Machado Dávila, recientemente fallecida el 6 de enero a causa de tuberculosis. // Yo la amaba / Mi timidez de entonces, me quebró las palabras…// amor platónico suyo – nunca hubo declaración –  En dicho extenso poema interroga a su madre con triste curiosidad // Dime sinceramente ¿Qué piensas de este hijo? / te salió tan extraño. // 

En tan crucial momento de desánimo editó esta composición antológica en honor a esta prima. Se ha dicho que es una de las más tiernas y delicadas poesías escritas en el país, que en emoción y en levedad solo puede ser comparada al «Dance D’Anitra» de Medardo Ángel Silva. El gran crítico Arturo Montesinos Malo ha descubierto que la «Canción a Teresita» es poesía hermética pues jugando con ciertas iniciales del verso con el que termina cada estrofa se puede componer palabras y frases. 

Fragmento. Apasionadamente. // Pálida Teresita del Infante Jesús, / quién pudiera encontrarte en el trunco paisaje de las estalactitas. / o en esa nube que baja, de tarde, a los dinteles, / entre manzanas blancas, en una esfera azul, / Caperucita parda. / quién pudiera mirarte las palmas de las manos, / la raíz de la voz, / I hallar sobre tus sienes mínimos crucifijos, / bajando en la corriente de alguna vena azul. / Colegiala descalza, aceite del silencio, violeta de la luz…// Cómo siento en la noche tu frente de muchacha / encristalada en luna bajar hasta mi sien. / Cómo escucho el silencio de tu paseo en niebla / bajando en la escalera de notas de laúd. // Cuando amanece enero, con su frio de nácar / sé que tu pecho quema su materia estelar; / y que la doble nube de tus desnudos hombros / se ampara en la esquina delgada de la cruz. / Cómo escucho en la noche de caídos termómetros, / Volar, rotas las aves, el ala de tu tos / y llorar en las islas de una desierta estrella / a jóvenes arcángeles enfermos como tú. // Teresita: / esa hierba menuda que viene de puntillas / desde el cielo a las torres; / ese borde de guzla que nace en los tejados; / esa noción de beso que comienza en los párpados / la trémula angostura del abrazo en los senos: / todo lo que aún no irisa la sal de los sentidos / y es solo aurora de agua y antecede a la gota, / y tiene únicamente matriz en lo invisible; / lo mínimo del límite, lo que aún no hace línea, / eres tú, Teresita, castidad del espectro, / la comunión primera de la carne y el cielo. // Cuando el olvido orea su balanza de nidos, / cuando el agua humedece la niñez del oxígeno, / cuando la risa entreabre en las manos del joven / la blancura de un lirio que expiró en la botánica, / Allí estás tú, Teresita, víspera del rocío, /  en la hornacina pura de un elevado corpiño / con tu fantasía tenue, concebida en la línea / ligera y sensitiva con que nacen las sílfides. // Suave, sombra, celeste, soledad silenciosa. // ¿Quíén te entreabrió ese hoyo de dalia en la sonrisa / ¿Quién te vistió de clara camelia carmelita / como a una mariposa? / ¿Quién colocó en tus plantas / los descalzos patines de celuloide y ámbar?  / ¿Quién te ungió las manos de divina tardanza / para que no pudieras / jamás herir las cosa? // Tenue, tímida tibia, / traslúcida, turgente. //

Entonces fue aquejado de una inflamación de la pleura que venía tratándose desde hacía algunas semanas con quemados de aguardiente. Uno de los enfermeros del hospital al ingresarle preguntó su profesión. Poeta, dijo naturalmente, orgullosamente, porque esa fue su única ocupación en la tierra. No es eso lo que le pregunto, dijo el empleado, si no ¿En qué trabaja? En la poesía… Otro empleado, más inteligente, intervino: Ponle periodista nomás. Lo peor, hermanito, diría después, fue cuando el domingo de mañana pregunté si podían darme comprando el periódico. Por qué no lee más bien el de ayer que tenemos, me dijo el interno. Porque hoy me iban a publicar un poema, respondí… Por lo menos el Llerenita – un amigo que le visitaba – me ofreció. Ya era conocido con el sobrenombre de El Fakir porque según se comentaba, nadie le había visto comiendo, jamás, nunca, nada de nada, amén.

En su poema “La pequeña oración” en el que persigue a Dios por todos los rincones: Fragmento // Abre las ciegas yemas de mis dedos / para que puedan sentir la callada amistad de la materia // da a entender, anticipadamente que pensaba en el suicidio como única forma de escapar de la realidad cotidiana. Fragmento: // I que cualquier tarde pueda irme de mi mismo // a través de mis poros, / en mi aliento, / con la huida de música descalza del deshielo. //