496. La Hamaca Que Se Movía Sola

Alto y moreno, José Morquecho vivía desde hacía más de diez años en el balneario de Ballenita, sitio en que antiguamente fue fundada Santa Elena, dedicado a labores propias de la pesquería. Muy de mañana salía en su canoa a motor con dos o tres compañeros y se alejaban más de dos millas de la costa para pescar los hermosos “dorados” que tan buen precio tienen en Santa Rosa y otros mercados de la península, pero había días que la pesca escaseaba por causa de las corrientes marinas, ya que las aguas frías alejan los cardúmenes y las calientes los atraen. En su casa Morquecho tenía una hamaca grande de paja toquilla para descansar por las noches de las rudas tareas del día, porque vivía solo, pues jamás había querido “tomarse de la mano” con ninguna chola y en el vecindario hasta pasaba por hombre raro, pero nunca por vicioso, dadas sus buenas costumbres y cualidades y por el desprendimiento y generosidad conque agasajaba a los niñitos del vecindario, a los que regalaba dulces y confites cada vez que podía. Una noche, a la hora en que las luces se apagan para que no se consuma mucha corriente, estaba como de costumbre tendido en su hamaca y con los ojos cerrados, cuando sintió que algo estaba parado al pie de la hamaca y que ésta se empezaba a mover de un lado al otro, primero lentamente y luego con gran violencia, al punto que tuvo que agarrarse fuertemente con las dos manos para no volar por los aires o caer al suelo. Este raro fenómeno duró apenas unos diez segundos cuando más, pero la hamaca siguió en movimiento siquiera un cuarto de hora a causa de la fuerza de la inercia. Consultado el asunto al día siguiente con don Eleuterio Carvajal, espiritista de la región, se sacó en conclusión que Pepe Morquecho había sido visitado por un espíritu, posiblemente de aquellos que se llaman burlones y que posiblemente también lo iría a mecer esa noche. Don Eleuterio se prestó muy solícitamente a espantar al espíritu por la módica suma de dos mil sucres, “pero espantarlo para siempre”, subrayó, cuando recibió la suma acordada, como si la frase sirviera de correspondiente recibo. Enseguida ambos hombres se aprestaron a la guerra y tomando sus armas don Eleuterio siguió a Morquecho hasta su solitaria chozita, ubicada en la punta de un barranco o acantilado de la región. Siendo como las ocho encendieron los candiles y a las once los apagaron, para darle entrada al espíritu que se quería combatir. Morquecho se acostó como de costumbre y nada pasó al principio, pero a los pocos minutos empezó el balanceo de la noche anterior y entonces oyó a don Eleuterio, que muy quedito decía: “Espíritu burlón, sal… Espíritu burlón, sal..” la hamaca seguía en movimiento, pero no tan fuertemente y un susurro contesto: “don Eleuterio azúcar, don Eleuterio azúcar.” El brujo, al oír tamañas burlas, se calentó y de un solo brinco agarró una de las manos que en la oscuridad estaba moviendo la hamaca donde el pobre Pepe Morquecho, más muerto que vivo, se acurrucaba, para que no lo coja el espíritu. Don Eleuterio, en triunfo, gritó: “Te agarré espíritu burlón hijo de la grandísima puta.” (el resto es impublicable) pero cual no sería su sorpresa al notar que eran dos cuerpos por falta de uno, distinguiendo a Pepín y a Melquíades Lozada, los dos grumetes que todas las madrugadas acompañaban a Morquecho en la canoa, para ir a pescar. El zipizape que se armó fue grande, los Lozada queriendo escapar y el viejo Eleuterio que no los dejaba, pero aclarado el asunto a la luz de un candil, Morquecho comprendió la broma y se puso más furioso que mandado a hacer, si hasta quería buscar el machetillo rabón que siempre le acompañaba, pero ya los hermanos Lozada rodaban más que corrían cuesta abajo, medios asustados y al mismo tiempo carcajeandose pues no se podían contener. Al día siguiente fue el aclare, pero ellos negaron todo diciendo que a veces los espíritus burlones adoptan las formas de los cuerpos de los seres queridos para hacer sus bromas; de todas maneras Morquecho les avisó que de allí en adelante pondría cerrojo en puertas y ventanas y se compraría una escopeta, lo que fue santo remedio para que nunca más le visitaran los espíritus; claro que los dos mil sucres de don Eleuterio no los volvió a ver, porque el viejo brujo al despedirse le había dicho: “Tenga usted la plena seguridad Pepito, que nunca más tendrá esta clase de visitas” lo que se ha cumplido hasta el presente y esto es, que del caso que relato, han transcurrido más de cuarenta años.