478. Un Escudo Sacado Con Forces

Acababa de llegar de los Estados Unidos en 1964 y mi amigo Vicente Muñoz Elizalde, fotógrafo profesional y considerado un valiente revolucionario que había peleado en las jornadas estudiantiles del 2 y 3 de junio de 1.959, me fue a visitar para contarme que la Municipalidad de Milagro había convocado a un concurso privado para diseñar el escudo cantonal y que el Presidente del Concejo, Dr. Alejandro Zaldúa Vallejo, quería verme. «Mañana te vengo a ver a las 11 para irnos a Milagro, el presidente quiere conocerte porque le he hablado muy bien de ti y no te olvides de hacerle un Escudo. . .» me gritó Vicente en la escalera.

Al otro día estaba frente a los concejales que para aminorar el calor decidieron comerse un cebiche de camarones y tomarse unas cervecitas en un salón pequeñito, limpio y cercano. Allí desplegué mi dibujo que gustó de inmediato por ser una síntesis bien concebida de la historia y del presente de esa región, pero tenía de competidor único a un pintor guayaquileño que también portaba un escudo a todo color, con profusión de frutas y símbolos al cual más raro, colocados en absurda confusión. Más que un escudo era una ensalada de frutas servida en un gran cuerno de la abundancia con gorro frigio y otros adefesios.

Y como el premio único era de cinco mil sucres, suma no despreciable en esa época, mi opositor estaba resuelto a usar todas sus armas en mi contra y viendo que iba a perder, muy ceremonioso me preguntó lo siguiente ¿Desde cuando la heráldica se impone en las repúblicas? ¿Acaso no es una ciencia de reyes? Le contesté: Todo escudo debe respetar las reglas generales de la heráldica, justamente por ser esta ciencia la que regula a los escudos. Luego agregó con sorna: «Antes había escudos heráldicos, los de ahora ya no lo son porque el progreso ha superado a las antiguas figuras y hoy existen actividades humanas que no pueden ser representadas por la heráldica» . . . Aquí casi me destrozó, pero en mi maletín había tenido la precaución de poner un libro de heráldica inglesa con escudos modernos pintados a colores y en uno de ellos había un rayo asido por una mano, símbolo de la fuerza eléctrica controlada por el hombre y que pertenecía a una ciudad industrial con fábricas de aparatos electrodomésticos, que dan vida al comercio y a la industria de esa región inglesa. En realidad, estos ingleses siempre prácticos, había creado un escudo heráldico a base de un simple logotipo propagandístico….

Todo fue que los concejales lo vieron y quedaron convencidos de la bondad de la heráldica, ciencia muy antigua, nacida en la edad media, cuando los caballeros usaban  yelmos que ocultaban sus rostros y debían forzosamente identificarse con algún símbolo pintado en sus escudos, pero que día a día se actualiza en el mundo occidental y así se impuso mi versión  cuya descripción es como sigue: Cuartelado: Una punta de hacha Chirija que simboliza a la antigua parcialidad indígena de ese nombre, primera en habitar la actual zona de Milagro. Una rueda dentada que representa el progreso de las fábricas de la región. Una espiga de arroz, porque en el cantón existen cultivos y piladoras y una caña de azúcar, que es la riqueza del lugar. Cubriendo el escudo una bordura roja con ocho piñas de oro. En los bajos una cinta verde y blanca, colores de la bandera, con la siguiente leyenda: 1.783 y 1.913 San Francisco de Milagro, nombre completo de la ciudad y fechas claves, por haberse sucedido en ellas el milagro de San Francisco de Asís que le dio su nombre y la cantonización.

Sin embargo y como jamás me ha gustado molestar a nadie tuve que acceder a que los cinco mil sucres del premio se los llevara mi amigo el pintor, porque de otra manera el escudo hubiera quedado trunco, sin pasarse a limpio, mientras que así, a los ocho días justos, pudimos admirar mi versión pintada a todo color.

Don Alejandro se palmoteaba de gusto porque comprendía que el asunto más trascendental de su paso por la presidencia del Concejo de Milagro iba a ser ése, el dejar el escudo noble, hermoso y definitivo a la ciudad que lo había acogido en su seno y lo tenía en el principal sitial, así es que para congraciarme y premiar mi esfuerzo, decidió que Vicente y yo hiciéramos una revista de Milagro, que nos salió muy bonita, sobre todo porque en la portada grabamos a todo color el flamante escudo y de esta manera pudo ser conocido en todos los niveles.

Hoy aparece en libros y cuadernos y hasta en los respaldares de los bancos del parque principal de Milagro y la pintura original permanece en el salón de sesiones del Concejo, como homenaje a la pujanza de ese pueblo.

En 1.981 el presidente Centanaro, en representación de esa corporación, tuvo a bien discernirme un honroso acuerdo plasmado en una placa de madera y bronce que luce en mi biblioteca. Así agradecieron mi aporte, justo a los diecisiete años de haber sido concebido de apuro y a toda carrera, como la mayor parte de las cosas de esta nación donde todo parece hecho contra el tiempo.

Se me olvidaba contar que mientras disfrutábamos del ceviche municipal en el saloncito de la esquina, pasó por donde estábamos un sujeto delgadito montado sobre una bicicleta y todo fue que nos vio y se río, situación que yo noté porque estaba ubicado de frente a la calle. A los pocos minutos le vi venir nuevamente y cuando estuvo cerca disminuyó el pedaleo y gritó a pleno pulmón: “A Pavo real de la Mongolia,” instantes en que el señor Presidente del Concejo se levantó bruscamente y comenzó a perseguir al ciclista, que emprendió rápida fuga. Como era un sábado a las dos de la tarde, la calle estaba solitaria, no había tráfico ni gente. Vicente y yo nos quedamos mudos mientras los concejales continuaban tranquilamente comiendo, como si nada hubiera pasado. Vimos al ciclista y al Presidente doblar la esquina y luego regresó el Presidente todo ofuscado y casi sin aliento, se sentó, tomó aire y terminó su ceviche como si nada. Nadie comentó el asunto, la conversación continuó normalmente, pero al despedirnos uno de los Concejales nos dijo muy en chiquito: Es que a Alejandro le dicen así porque es grande, gordo y pretencioso. Un “Ah” fue nuestra única respuesta.

Don Alejandro ciertamente era gordo, no sé si pretencioso porque con nosotros fue de lo más gentil. Pienso que como buen serrano debía ser bastante aseñorado, enemigo de las confiancitas y peor de las chabacanerías que se estilan en las poblaciones pequeñas de la costa. De profesión dentista, tenía amigos serranos como él que estaban en la Junta Militar de Gobierno y a quienes debía la función de presidente del Concejo. Parece que le iba bien pues su casita de cemento, ubicado en el centro, era pulcrísima. En los bajos funcionaba su consultorio dental con amplia clientela. Ya murió, pero dejó buenos recuerdos.